domingo, 12 de enero de 2014

Dulces dieciséis


Está bueno tener 16 años. Está bueno ejercitar la memoria y tener presente lo que uno era cuando tenía esa edad.


Yo era un muchachito bastante sano, como dicen las mamás y las abuelas. Iba al liceo, me iba muy bien, alguna changa ya hacía para ir ganándome unos pesos, salía mucho con mis amigos, que eran lo mejor del mundo, y con mis padres me llevaba bien. Discutíamos, porque yo empezaba a tener razón en algunas cosas y necesitaba desmarcarme, pero nada demasiado raro.

Crecí con una buena educación en la escuela y en el liceo, pero sobre todo en casa, y luego me fui forjando como persona. Creo que toda esa buena educación provocó algunas cosas en mí. Por ejemplo, me hizo evitar meterme en problemas graves, me hizo madurar a tiempo y, sobre todo, me dio una perspectiva de la vida, de las demás personas y del mundo que me rodea.

Este último punto es de los que más valoro hoy en día y que no lo garantiza, claro está, el liceo francés o el alemán o el británico, sino que más bien llega por casa y por las experiencias que en casa me dejaron y me hicieron vivir.

Crecí viendo a mi alrededor. Viendo en serio. Vi que había gente de mi edad realmente hundida, mientras yo me iba a Las Toscas de vacaciones con mis amigos, a los 17 años y con los pesos contados. Vi gente empujada a la pobreza. Gurises de mi edad que no podían entrar a un liceo, otros que no querían hacerlo porque estaban preocupados por conseguir algo para comer.

El tiempo pasó. Crecí, y también crecieron esos gurises. Muchos de ellos tienen ya varios hijos. No les dimos casi nada. Como ya no se tienen que preocupar por conseguir algo para comer, entonces ahora pueden preocuparse por conseguir esos championes, esos celulares, esas ropitas que vos y yo tenemos.

Nos olvidamos de nosotros a los 16 años. Nos olvidamos de lo esencial. Lo vulnerable que éramos, lo perdidos que nos sentíamos un día sí y el otro también. Olvidamos lo poco que sabíamos medir las consecuencias de nuestros actos, de lo mucho que nos dejábamos influenciar. No nos atrevemos a imaginarnos qué hubiera sido de nosotros, tan frágiles, en condiciones mucho más adversas de las que nos tocaron vivir.

Luego, nos cuesta explicarnos el pibe chorro, el que le da a la pasta base, la gurisa que “se deja” coger por unos pesos. Esos pibes de 16 años no son pibes como lo fuimos nosotros. Nos cuesta vernos reflejados en ellos.

Hace pocos días un periodista hacía tristes malabares para intentar explicar cómo no está tan mal pagarle a una adolescente de 17 años para echarle un polvo. A mi gusto, son los mismos malabares que hace Pedro Bordaberry o Analía Piñeyrúa para explicar por qué a los 16 te tienen que tratar como a un adulto si te mandás una cagada (desde un accidente de auto a una rapiña). Nos están queriendo decir que a los 16 o 17 ya son grandes y tienen que responder como grandes. No grandes para votar, no grandes para tomar alcohol o para comprar cigarros en el almacén, pero sí grandes para medir las consecuencias de cada una de sus decisiones. Ahí va parte de la discusión que tendremos que darnos este año.

Me pueden sentar frente a una gurisa de 17 años que jure y perjure que nadie la obliga a prostituirse, que lo hace por vocación (soñar no cuesta nada, Nacho), igual yo tengo la memoria y la educación suficiente para darme cuenta de que de nada vale eso.

Lo mismo corre para vos, Pedro. Sentame delante de un pibe de 16 años que me dice que no se arrepiente ni un poco de haberle disparado a aquel almacenero (soñar no cuesta nada, Pedro) y yo, que tuve educación y tengo memoria, voy a seguir pensando que la cárcel no es el lugar para él.

Creo que el punto es ese. Ver a los gurises de 16 y 17 años. Acercarse un poco a ellos y a nosotros a esa edad. Y luego tomar decisiones. Capaz que lo pensás y no está tan mal que vayan presos. Capaz que no está tan mal tirarle 200 pesos para que te hagan un pete. Capaz que no está tan mal que voten. Luego vemos en que vereda queda parado Nacho, Pedro y cada uno de nosotros.