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domingo, 12 de junio de 2022

Gobierno premium y gobierno trash

La estrategia de comunicación post pandemia del gobierno.





En marzo de este año, el gobierno de la coalición multicolor cumplió dos años y se acerca a la mitad de su recorrido. Con la pandemia (por ahora) en el retrovisor y la vuelta a la normalidad, la estrategia de comunicación de la Torre Ejecutiva cambió y ya puso su mirada en las elecciones de 2024.


En la comunicación del gobierno, las definiciones del presidente y su partido, el Nacional, parecen marcar la cancha, y poco queda de espacio para integrar a los dos principales partidos que le aportaron votos e integran su gabinete: el Partido Colorado, que nunca pudo recuperarse de la temprana tirada de toalla de Ernesto Talvi, y Cabildo Abierto, cada vez más alejado de las definiciones del presidente. 


En la Torre Ejecutiva se definen dos líneas más o menos claras de comunicación: el gobierno trash y el premium. Dos manos que trabajan al mismo tiempo y bien coordinadas, pero con tareas bien diferentes, mientras una pega y busca llamar la atención permanentemente marcando agenda, la otra acaricia, se llama a silencio en los conflictos y se muestra simpática, hasta afable. 


En el gobierno trash están quienes no tienen más que esperar por un cargo concedido a partir de 2024: la senadora Graciela Bianchi, los ministros Luis Alberto Heber, Javier García y Pablo Mieres, y algunos otros senadores de menor monta como Sebastián Da Silva o Gustavo Penades.


El gobierno trash tiene como objetivo marcar agenda y correr el debate de los temas que más deberían importarnos: la deteriorada situación económica, los campos en donde las promesas ya se sabe que no se cumplirán (no habrá cientos de nuevos liceos, mucho menos cientos de miles de viviendas). Cuando el sol es demasiado grande como para taparlo con un dedo, como en el tema seguridad, entonces el gobierno trash está orientado a crear barro y, con suerte, hacer que la oposición se revuelque en él también.


El gobierno premium en cambio, recorre el país con sonrisas y cortes de cintas innecesarios, da charlas y participa de festivales, intenta mantenerse alejado de todo tipo de polémica y no se hace cargo de absolutamente nada. Son los cuidados, los premium, los que pueden llegar a competir en 2024: Álvaro Delgado, Laura Raffo, Sergio Botana, Martín Lema y hasta hace unos días al menos, también Beatriz Argimón. 


¿Es extraño que Raffo no haya dicho prácticamente nada sobre el proyecto fantasma de isla en las costas de Montevideo y si lo haya hecho Bianchi? ¿Es raro que Delgado ya casi no hable de seguridad o de empleo o de violencia o de pobreza? La estrategia parece clara, guarden sus fichas para las elecciones, que el trabajo sucio lo hace el gobierno trash. 


Aún en estos momentos, desde el gobierno se está evaluando el impacto que tuvo la semana pasada, el exabrupto de la vicepresidenta durante la interpelación al Ministro del Interior, que podría convertirla en parte del gobierno trash y obligarla a abandonar el sector premium. Al parecer su suerte no está echada, y el favor enorme que le hizo el Frente Amplio en senadores con su tibia respuesta, pueda haber terminado de salvarla. ¿Por cuánto tiempo? No lo sabremos. 


Desde el arco opositor, en todos los niveles, desde la dirigencia política, el campo social y la militancia en general, parece aún no haberse entendido del todo esta estrategia que lleva adelante el gobierno en su comunicación y eso, más que nada, es lo que hace que la estrategia funcione.

martes, 18 de diciembre de 2018

Decir no para decir sí


Quince años atrás, los uruguayos y las uruguayas dijeron no va más a una serie de políticas y formas de conducir el país compartidas por los partidos tradicionales en el gobierno desde la salida de la dictadura militar.


La corrupción estaba metida en el sistema político de coalición que gobernó entre 1985 y 2004 y la pobreza y la exclusión crecieron alcanzando niveles insospechados en el comienzo del nuevo milenio, cuando los países vecinos, Brasil y Argentina, entraron en grandes crisis provocadas en gran parte por los gobiernos neoliberales que los gobernaban.

A veces hablar de aquel entonces se torna repetitivo y aburrido, pero cuando pienso que el año que viene votarán por primera vez personas que tenían apenas dos años cuando la crisis estalló y su memoria sólo les devuelve presidentes del Frente Amplio, lo repetitivo se torna un poco necesario.

En aquel entonces, hablar de aumento de salario era un delirio, pensar en conseguir trabajo de lo que habías estudiado era una pretensión sin lugar, pensar en conocer otro país era casi utópico.

Casi 20 años tardamos en decir no va más, nublados por los medios de comunicación que no nos contaban lo que realmente pasaba, aterrorizados con el regreso de una feroz dictadura si osábamos mirar siquiera para la izquierda, mal convencidos de que nuestro destino estaba invariablemente atado a las locuras que se hacían del otro lado del Río de la Plata.

Finalmente, como cuando el pueblo fue a las urnas en 1980 para decirle no va más a la dictadura militar, en 2004, luego de la más feroz crisis que haya vivido nuestro pequeño país, el pueblo fue a las urnas y dijo no va más.

A partir de ahí, vinieron 15 años de gobiernos frenteamplistas. En este proceso cayeron un montón de ilusiones acumuladas por personas de izquierda que venían luchando por este cambio de gobierno desde hacía mucho tiempo. Las expectativas chocaron con la realidad y no han sido pocos los que se han sentido defraudados por los gobiernos progresistas. No hubo reforma agraria, no se tocó profundamente la estructura productiva del país, no se hizo justicia con militares y civiles que torturaron, desaparecieron, robaron y asesinaron durante la dictadura y muchas otras cosas no pasaron.

Sin embargo, el trabajo que hicimos todos y todas y el que desempeñaron los tres gobiernos del Frente Amplio nos presentan hoy una realidad innegable que nos cuesta asumir como tal, como cuando llegamos a semifinales en Sudáfrica 2010 y no nos lo terminábamos de creer ¿se acuerdan?.

Uruguay es hoy un país cuya economía crece mientras sus vecinos se derrumban (una vez más) en políticas neoliberales y represivas que generan caída de la economía, más pobreza y exclusión. Sí, por primera vez nos dimos cuenta que si hacemos las cosas más o menos bien, los resultados serán diferentes.

Uruguay es también uno de los países menos corruptos del mundo, según Transparencia Internacional, ubicado en el puesto 23, empatado con Francia y superando a países como España, Italia, Portugal, Chile o Corea del Sur.

Uruguay es el único país del hemisferio, junto con Canadá, que tiene una democracia plena según el índice de democracia de The Economist, superando a países como Estados Unidos, Francia, Japón o Bélgica.

Uruguay es el noveno país del mundo en cuanto a libertades, según Freedom House, superando a países desarrollados como Estados Unidos, Alemania, Suiza o Dinamarca.

Puedo seguir: Uruguay es el país con mejores trabajos en América Latina según el BID, y en el que más han aumentado los salarios en el continente según la OIT. Nuestro país tiene la mayor velocidad de conexión a Internet de la región y es el país con más población conectada de América Latina superando a países como España, Portugal o Irlanda. Además, Uruguay es el único país de América Latina entre los gobiernos digitales más avanzados del mundo, según Naciones Unidas. También somos uno de los países con menor emisión de CO2 per cápita y con mayor porcentaje de uso de energías renovables en el mundo, según el Banco Mundial.

Todos estos indicadores son reales y sin embargo, no significan ni cerca que tengamos todo resuelto. Uruguay adolece de problemas clave, como cualquier otro país, que todavía debe enfrentar. Pero para hacerlo, se necesita un país en las mejores condiciones posibles, por esto, en 2009 y 2014 la mayoría del pueblo volvió a decir no a los avances neoliberales de los partidos tradicionales.

Tres elecciones consecutivas con las mismas propuestas y las mismas ideas por parte de una oposición que no ha dado nunca la talla, se traducen en tres derrotas incuestionables de las que parecen no haber aprendido nada (bueno). Hoy y en 2019, la estrategia es otra: si no puedes convencerlos de tu verdad, entonces miente.

A Macri le salió bien, cualquier promesa de su campaña ha sido incumplida. A Bolsonaro le salió bien, toda su campaña se basó en la más absoluta mentira. Parece que la realidad no debe ser un factor a tomar en cuenta, y así, no la derecha neoliberal, sino una más rancia, autoritaria y nacionalista parece levantarse de nuevo.

Ahora a los uruguayos y a las uruguayas nos toca algo que siempre nos costó hacer: cambiar el no, por el sí, y apostar a dar un salto de calidad que no solo nos termine de despegar de la región, sino que sirva como faro para todos aquellos en nuestros países vecinos que están sumidos en el desconcierto.

Este no puede ser un a más de lo mismo, es un a un cambio cualitativo, a un nuevo liderazgo dentro de la izquierda que tenga energía, que no tenga miedo a innovar y a probar nuevas y originales ideas. Ya no podemos subirnos a la locomotora de Brasil, porque se estrelló contra un muro de corrupción y autoritarismo. Ya no podemos esperar que los turistas argentinos nos salven en cada verano, porque sus vacaciones se han visto seriamente comprometidas por el largo invierno que han votado. Es tiempo de creer, como empezamos a creer en aquel mundial del 2010, que las respuestas están más que en nadie, en nosotros.



PD: Abandonen el hashtag #4FA, que esto no es un partido de fútbol. El triunfalismo es mediocridad y el 4 sólo recuerda que ya hubo 3 que no han podido con algunos temas espinosos de verdad. La alegría de vivir en un país como el Uruguay de 2018 tienen que ser de todas y todos, sino no vale la pena.

martes, 27 de noviembre de 2018

Los miedos y la primavera

La primavera es la mejor época para notar diferencias y salir de la caja del mal humor y el pesimismo. Porque sí, mucho tiene que ver cómo uno elige ver las cosas, como uno elige leer las realidades que nos cuentan.




Hoy, a poco menos de un año de las elecciones, se nos plantean dos relatos principales. Podemos ver el país que camina al precipicio, acorralado por la inseguridad, con una economía estancada y que mantiene vagos. Podemos reclamar que bajen el costo del Estado con un pegotín en nuestro auto y pedir que se vayan todos en grupos de Whatsapp o en comentarios de Facebook al tiempo que exigimos cosas tan extrañas como un sólo Uruguay, o vivir sin miedo.

Podemos entender, como dice un precandidato de la oposición, que este gobierno es “un fracaso rotundo”, podemos pedir que salgan los militares a las calles como pide otro precandidato, podemos intentar convencernos de que la corrupción ha tapado al país como quiere hacernos creer la única precandidata condenada por la justicia por querer quedarse con dinero que no era suyo o podemos proponer innovadoras medidas como eliminar la tolerancia cero al alcohol cuando se conduce un vehículo. Las opciones son muchas, pero todas coinciden en querer mostrar un país que no funciona y que va hacia el abismo.

Podemos también dar una vuelta por la rambla, el parque, la costanera o la plaza este fin de semana o el que viene y mirar a la gente. La memoria no es lo nuestro y no existía Facebook en el 2002 o en 1978 como para que nos recuerde lo que estábamos haciendo, sintiendo o pensando en aquellos momentos. Pero hacer el esfuerzo de pensarnos 10 años atrás, tal vez más, y sentir si estamos o no mejor, preguntarnos cómo nos sentíamos y cómo nos sentimos, puede ayudarnos a ver lo mismo de otra manera.

Hay un montón de circunstancias personales que pueden hacerte inclinar la balanza para el lado del pasado o para el lado del hoy. En estos años hubo amores, corazones rotos, hijos nuevos, carreras que despegaron y carreras que nunca pudimos terminar, hubo amigos que se fueron y antiguos pelotudos que siguen dando vueltas, robos, asesinatos, goles, mundiales, casamientos, celebraciones, y bares, cada vez hay más bares. Pero a parte de todo eso, hay un todo, el nosotros, el Uruguay, el resto, la política, las nuevas leyes, los nuevos hábitos. Los miedos cambiaron también. Entender los nuevos miedos es clave, porque son los que muchas veces nos llevan a actuar de tal o cual manera, los que nos hacen votar a tal o cual candidato.

El año que viene, mal que nos pese, hay elecciones. Digo mal que nos pese no por no ser fan de la democracia, sino porque tenemos que soportar que un montón de gente nos diga lo bien y sobre todo lo supuestamente mal que estamos.

Aunque parezca contradictorio, leer y escuchar medios de prensa y políticos y militantes llenos de eslóganes y frases vacías no nos va a ayudar a ver de qué lado estamos, qué miedo nos mueve, cómo nos sentimos hoy, como leemos todo lo que pasó en estos últimos años y qué queremos que pase en los próximos. No es ahí. No es navegando entre comentarios de odio en redes sociales, no es en el templo ni en el comité. Allí se juegan otros partidos. Allí te van a hablar de corrupción como si fuera un tema central, te van a intentar dar manija para que te violentes aún más, te van a llenar de promesas de humo.

El consejo es humilde y hasta puede ser caprichoso: aprovechá la primavera y salí a caminar por ahí el fin de semana. Mirá, sentí y pensá un poco. Tal vez encuentres la claridad que toda la campaña política que está por comenzar no te va a aportar.

martes, 31 de julio de 2018

La prensa y la empresa



Una prensa fuerte, independiente de los grandes poderes y formada, es un pilar fundamental para una democracia saludable. No parece haber nadie que discuta esto. Hace pocas semanas, el periodista y director del Semanario Voces, Alfredo García explicaba por qué su empresa se sumaba a “un comunicado de la mayoría de los medios de prensa de alcance nacional planteando la crisis que los diarios y semanarios uruguayos están viviendo” y proponiendo “que el Estado y los principales actores de la prensa desarrollen en conjunto un esquema de medidas que sirvan para apoyar a este sector…”.

Según García, “el papel de la prensa no es sólo informar, es formar ciudadanía y desarrollar lectores críticos que no se conforman con una sola versión de los hechos ni una opinión político-ideológica. Soy de los que cree en que una república sin partidos políticos y sin prensa escrita es renga. Soy de los que sostengo que una sociedad sin una enorme diversidad de medios es tuerta. Soy de los que reafirma la vigencia de la prensa escrita como generador insoslayable de contenidos, aunque después se vean, lean o escuchen en cualquier otro soporte mediático. Por todo eso es que VOCES se integró a ese llamado de alerta de la semana pasada, porque estamos a tiempo que Uruguay cuide nuestra prensa y no se vuelva una democracia muda”.

En otra columna, esta vez del diario El País, Antonio Mercader sentencia que “el gobierno debería reflexionar sobre este tema dado que un país sin una prensa sustentable, libre y plural tiene su futuro amenazado”.

Está claro que ninguno de los medios firmantes del comunicado (Brecha, Búsqueda, El Observador, La República, El País, Caras y Caretas, Crónicas y Voces) ha descubierto una buena manera de transitar el camino del mundo de papel al digital y que tampoco han podido desarrollar modelos de negocio realmente sostenibles (someter su existencia a una suscripción, como hace la diaria por ejemplo, sería la muerte para muchos de estos medios por su poca cantidad de lectores).

Pero este artículo no busca abordar la coyuntura del negocio y la situación de las empresas, aquí lo que me interesa es cuestionar es el verdadero aporte de éstos medios a la vida democrática del país y a la formación de ciudadanía.

Miremos a los costados. Un ejercicio que nos ha servido (al menos hasta ahora) para zafar relativamente del nuevo embate neoliberal en la región que ya genera más pobreza, más exclusión y más desigualdad. Miremos a nuestros vecinos: Argentina y Brasil. Es muy difícil que alguien pueda poner en cuestión que las grandes empresas detrás de sus grandes (en relación a su alcance y su tiraje, no a su calidad, por supuesto) diarios, Clarín y La Nación en Argentina y Folha y O Globo en Brasil han realizado un muy pobre trabajo formando ciudadanía y fortaleciendo democracia desde que finalizaron las dictaduras en ambos países. Por el contrario, uno podría decir que han aportado mucho a generar sociedades desinformadas, favoreciendo intereses particulares y promoviendo el debilitamiento democrático que desembocó en un quiebre institucional en Brasil y en un (nuevo) brote de desigualdad y exclusión en Argentina.

Analicemos detenidamente las portadas de estos diarios, sus sitios web, sus satélites en televisión y radio cualquier día y podremos verificar que su aporte a la generación de una ciudadanía con más herramientas para decidir, más informada y más democrática es nulo, o más aún, negativo.

¿Y qué pasa en Uruguay? Qué podemos decir de los medios que firman esta carta. Bueno, me cuesta mucho creer que por el sólo hecho de que tu empresa sea un diario, un medio de comunicación, ya estés contribuyendo a los fines máximos de la prensa: informar, revelar, construir ciudadanía, velar por la democracia. No, hace falta mucho más que eso.

Me tiento a discriminar entre el trabajo de unos y otros, a determinar por qué algunos de estos medios son considerados (por mí) fundamentales en el aporte periodístico al país y a la sociedad y otros no. Entiendo también que aquí cada uno tendrá su opinión y que no debe ser el Estado y mucho menos el gobierno quien diferencie a unos de los otros. Empiezo a imaginar cómo desde la ciudadanía podríamos promover el apoyo a unos y negar el apoyo a otros. No encuentro una solución que me parezca adecuada.

Si el gobierno de turno o el Estado se definen a apoyar con medidas, con subsidios o con lo que sea a este sector empresarial, sería bueno que lo haga con el fin de auxiliar a empresas que no están logrando hacerlo bien con sus cuentas, con el fin de cuidar puestos de trabajo. Pero el verso de que cualquiera de las empresas firmantes (tal vez a excepción de Brecha y Búsqueda) es indispensable para la construcción de ciudadanía y para la buena salud de la democracia es algo que deberíamos dejar de repetir. Ni uno, ni todos. La pluralidad de voces en la prensa es fundamental, pero para autollamarse “prensa” hay que hacer mucho más que imprimir un diario.






martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

miércoles, 12 de julio de 2017

Mientras dormías la siesta



Hacía calor y se prestaba para la siesta de febrero. No lo olvido más, porque fue uno de los sustos más grandes de mi vida. Justo en ese momento extraño entre el mundo de los despiertos y el mundo de los sueños, en ese segundo nunca determinable en el que uno levanta la última barrera que lo mantiene despierto, a través de la cortina de la ventana de mi cuarto, justo encima de la cama en la que me disponía a babear la siesta de verano, aparece el rostro de un intruso. Sucio, alerta, silencioso. Pego un salto y un par de gritos abandonando en un segundo el tren de los sueños en el que me dirigía a disfrutar de la siesta y el ladrón, hábil trepador de muros y azoteas, retrocede y desaparece por los techos del centro de la manzana.

La solución, absoluta y fuera de discusiones en la discutida mesa familiar, fue instalar una reja en aquella ventana. No recuerdo ni siquiera haber intentado hacer cambiar de idea a mis padres, porque con la siesta de verano no se jode y el sentirse seguro es fundamental para vulnerarse al sueño. Pero sí recuerdo que, mientras instalaban esa reja, yo no paraba de preguntarme qué tenía que pasar en el mundo (y en el Uruguay sobre todo) para que algún día, en la mesa familiar, definiéramos que aquella reja ya no era necesaria. Había tanto de camino sin retorno en esa definición en pos de la seguridad, que yo, adolescente, no podía entender con la naturaleza que se estaba tomando.

Más de 10 años después, en una línea de Twitter, me encuentro con un mensaje del Ministerio del Interior que, orgulloso, anuncia que la zona metropolitana pasará de tener  1.855 cámaras de videovigilancia a contar con 5.980 cámaras en apenas un año. Y otra vez, me pregunto si algún futuro nos espera en el que esas cámaras, por acuerdo ciudadano, ya no se sientan más como una necesidad. Lógicamente no. Las cámaras, como las rejas, llegaron para quedarse.

No voy a entrar en el tema de con qué autoridad se llenan las calles de cámaras, ni qué procesos administrativos (y tal vez legislativos) se deberían dar antes de que esto suceda. No voy a ahondar en las garantías legales, tecnológicas y operativas que tenemos como ciudadanos sobre el uso que se les dará a las cámaras. Es un tema interesante, por no decir terrorífico, pero no central en esta reflexión puntual.

En lo que me detengo hoy es en ese supuesto sentimiento de seguridad, que hace que la privacidad poco nos importe. Ya le dimos nuestra información a Facebook y a Google, a Antel y cualquier partido político que tenga las ganas y el dinero para comprar un software y (con suerte) contratar a algún que otro especialista en análisis de datos. ¿Qué importa si también se los damos al Ministerio del Interior y al resto del Estado? Al parecer, para nosotros, nuestros datos valen menos que lo que valen para cualquiera de los actores antes mencionados y muchos otros más.

Las vulnerabilidades a las que nos estamos exponiendo son imposibles de imaginar. Los beneficios que podemos obtener al ceder nuestra información tampoco parecen tener límites. En esa tensión en la que estamos, generalmente sin siquiera ser conscientes, entre nuestra vida personal y el disfrute de lo más cómodo, más fácil o más “seguro”, parece que la privacidad siempre pierde la partida.

Nuestros Me Gusta en Facebook, nuestras conversaciones de Whatsapp y nuestras fotos de Instagram son propiedad de una misma empresa que usa esa información para vendernos más y mejor. Google sabe mejor que cualquier persona que esté en nuestra vida, por dónde anduvimos hoy a cada instante. El Ministerio del Interior sabe cuando estoy en casa y cuando salgo de ella, Antel sabe con quién hablo. En mayor o menor medida todas estas organizaciones tienen algún tipo de regulación sobre el uso que pueden hacer de nuestros datos personales. Pero a nosotros, los ciudadanos/usuarios/consumidores no nos importa.

Es más, publicamos información sin ningún filtro en las redes sociales, llenamos formularios voluntariamente para ganarnos una licuadora sin siquiera preguntarnos para qué quieren nuestros datos y pedimos a gritos más cámaras que nos filmen paso a paso. Estamos dispuestos a todo con tal de llevar una vida más cómoda y no podemos ver ni imaginar, por un segundo, qué puede salir mal. 


Nuestra vida va siendo registrada mientras dormimos aquella siesta de verano y esta vez una reja no va a poder evitar que nada malo suceda.   

miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas. 

jueves, 21 de abril de 2016

Golpes



Una de las diez mayores economías del mundo con más de 200 millones de habitantes. Uno de los países (sino no es él país) con mayores riquezas en recursos naturales: una selva, un reservorio de agua, tierra fértil y venas llenas de petróleo y minerales.

Cuando asumió Lula, en 2003, uno de cada cuatro brasileños era pobre. La pobreza en Brasil, bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cayó de más de 25% a casi 7%. Esto es: más de 25 millones de personas dejaron la pobreza atrás.

Pero todo el crecimiento económico y el combate a la pobreza no alcanzaron, nunca alcanzan. No se reformó la Constitución, no se reformó el Poder Judicial y no se reformó la realidad del poder mediático. Tampoco se combatió de forma eficaz la corrupción, que aprovechó las inmensas ganancias del Estado registradas en los últimos años. Vale aclarar que se trata de una corrupción sin partido político, o mejor dicho, con todos los partidos políticos, especialmente los que hoy claman para destituir a la presidenta, Dilma Rousseff, ella sí, al menos hasta ahora, libre de toda sospecha de corrupción.

No es nuevo esto. Ya pasó en 2009 en Honduras, ya pasó en 2012 en Paraguay. Se intentó en Ecuador, en Bolivia y en Venezuela. América Latina ha hecho historia en estos últimos 15 años con golpes e intentos de golpes “blandos”. ¿Pensamos que sacar a más de 50 millones de personas de la pobreza no le iba a molestar a nadie? Ahora, lo que sucede, es que el golpe se le da al mayor país de la región.

Ya no son tanques en la calle ni militares en el poder. Por ahora ya no son necesarios, o mejor dicho, efectivos. Ahora son llamadas de algunos poderosos empresarios a diputados corruptos, es un operativo mediático que lleve gente descontenta a la calle, son unos jueces comprados que sigan el juego y ya está casi todo pronto. La infamia de juicio político ya está casi en movimiento.

Tomar nota: Meterse con algunos intereses de las clases dominantes puede ser complicado, no hacerlo puede resultar fatal, para la democracia y para los gobiernos que buscan combatir la pobreza y sobre todo la desigualdad.

Claro que los partidos políticos que defienden los intereses de las clases dominantes, los siempre borrosos intereses empresariales y transnacionales, los medios casi monopólicos que pertenecen a esos intereses, los jueces cómplices, pueden hacer mucho ruido. Pueden hablar de grietas en la sociedad con la liviandad de alguien que nunca vivió o tuvo que ver con la crisis de 2002, pueden tildar de radical (y ojo con tener ideas radicales en un mundo que aplaude la moderación inmovilizadora) cualquier intento por reformar una constitución, aprobar una ley de medios o revisar el funcionamiento del Poder Judicial. Pueden voltear un gobierno, sin que casi te enteres.

En Brasil lo que sucede es claro. Hay un golpe de Estado en marcha. En una década en el gobierno, el PT no ha logrado (ni siquiera intentado) modificar la constitución, crear un marco normativo más justo en materia de medios, reformar o revisar el Poder Judicial o atacar a la corrupción en el ámbito público y en el privado. Sin eso, todas las victorias en el terreno de los derechos penden de un hilo.

Nosotros, aquí, en Uruguay, vemos lo que pasa casi como si estuviéramos viendo una más de las telenovelas de Globo. Lamentablemente, no estamos pensando en que lo que pasó allá, con otros colores y otros actores, puede pasar aquí mañana. Actuar en consecuencia, a esta altura, parece un sueño inalcanzable.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Los amargos



Qué buen año este año. Lo digo al recorrer las redes sociales amigas. Este año lloramos porque las mamparas de los taxis son un peligro, porque las baldosas rotas de la Ciudad Vieja se cambiaron por un piso gris, porque los estudiantes no prestan atención y miran todo el día su celular, porque subió una vez más el boleto, porque penal para Nacional, porque no hay salvavidas en Rocha y porque los chilenos se robaron una Copa América.

Lloramos por todo eso y por mucho más. Lloramos por unos perros en la Colonia Etchepare, que resultó que estaba en San José y no en Montevideo como algunos creían. Lloramos por “lo caro que está todo” y por lo ineficiente que es todo. La verdad es que lloramos bastante este 2015. No sé si más o menos de lo que lloramos otros años, pero nos pegamos unos buenos llantos en tweets, estados de Facebook, comentarios de noticias en portales y cadenas de Whatsapp.

Uno supondría que después de tanta catarsis, y de unas merecidas vacaciones en la costa, vamos a volver un poco más relajados, optimistas y proactivos. Pero lo cierto es que año a año, y especialmente en este 2015, la mala onda nos va ganando la pulseada. Está bien, no somos la alegría brasilera ni somos cancheros como los argentinos, pero creo que nos estamos pasando de amargos.

¿Qué es lo que nos está poniendo así? ¿Qué nos está robando el optimismo que habíamos cultivado en los últimos años? ¿Dónde está nuestra calma alegría que tanto nos acompañó una vez que dejamos atrás la crisis?

Tengo varias teorías. Una depresión post dos mundiales intensos (el del 2010 y el del año pasado). Una especie de resaca después de un año electoral con candidatos que no convencen ni emocionan. Un bombo de los medios de siempre que lloran crisis y conflictos todo el día todos los días. La impresión de que las cuentas de las tarjetas de crédito son cada vez más difíciles de remar. El cambio horario que no fue y nos amarga un tanto el verano. Y mi teoría preferida: una mezcla de todas las anteriores sumada a nuestra tendencia al negativismo como nación.

Más allá de todo eso, mi deseo para el 2016 (y ahora me siento una Miss Universo en pleno discurso) es que dejemos de meternos el palo en la rueda a nosotros mismos, al menos un poco.

Si pudiéramos evaluar nuestra calidad como ciudadanos/consumidores/usuarios, estaríamos entre los últimos del ranking. Porque para mirarnos el ombligo con autocrítica somos bastante malos. El gobierno, la educación, la oposición, la clase política, los medios oligarcas, los sindicatos, los corporativismos, los empresarios, los villanos de turno, los dirigentes de la FIFA, los otros, siempre los otros, nunca somos nosotros.

En tiempos dónde la gestión y la eficiencia parecen ser claves para el desarrollo (sea lo que sea que quiera decir desarrollo), nosotros, los dueños de la queja, la estamos gestionando para el culo y por lo tanto, la queja está siendo sobre todo, ineficiente.

Si los partidos políticos de siempre ya no nos representan, tendríamos que empezar a pensar en unos nuevos. Si los empresarios mafiosos nos molestan, tendríamos que hacerles entender que viven de nuestro boleto. Si el precio de las cosas está por las nubes, tendríamos que molestarnos en entender cómo se forman esos precios y a quién hay que ir a golpearle la puerta para que se deje de hacer el vivo. Si el fútbol es un negocio, tenemos que dejar de ser consumidores y empezar a ser más hinchas. Si los trabajadores organizados se hacen los vivos, nosotros, que somos sus pares, deberíamos señalárselo. Si los medios no dejan de venderte las mismas mentiras habrá que cambiar de canal o apagar la tele. Es tanto lo que hay para hacer.

Hay que juntarse más. Organizarse mejor. Elegir las peleas. Buscar los equilibrios. Hacernos cargo de lo que nos toca: somos los ciudadanos/consumidores/usuarios. No somos un objeto. Somos mucho más que una masa gris que se queja en las esquinas virtuales y en las reales. Para los poderosos, nada más peligroso que una sociedad organizada, con buena autoestima y dueña de la calle.


sábado, 4 de julio de 2015

Cambio de hora

Hace unos días la Cámara de Turismo anunció que el Poder Ejecutivo no realizará el habitual cambio de hora entre octubre y marzo, que se realiza desde 2006.
Lo anunció a los medios un empresario, presidente de la Cámara de Turismo, y luego lo confirmaron las autoridades del Ministerio de Turismo.

El horario de verano no se definió para favorecer o afectar al sector turístico, pero, sin embargo, la decisión del gobierno de Vázquez se basa en las presiones que desde hace años ese sector empresarial está realizando. Hasta ahora no escuchamos a la ministra de Industria ni a las autoridades de UTE hablar de esta decisión de Vázquez (ver actualización al pie).

La decisión, que explicó muy vagamente tanto el empresario del turismo devenido vocero del Consejo de Ministros como las autoridades de la cartera de Turismo, se basaría en que es mucho más lo que pierde el sector gastronómico en temporada (aseguran que debido a las pocas horas de oscuridad, sólo pueden hacer un turno de cocina en los restaurantes, y no dos, como solían hacer) que lo que gana el país en ahorro energético.

La argumentación, asumo, es tan escueta para evitar revelar la total falta de fundamentos. Al final uno hubiera preferido que le digan: “la verdad es que queremos hacerles un favor más a los amigos empresarios del sector gastronómico”. Mucho más claro y, sobre todo, honesto.


Comparando incomparables



El razonamiento de que se gana menos con el horario de verano que sin él hace agua por todos lados.

El ahorro de UTE es un ahorro de todos los uruguayos, impacta en los resultados financieros de una empresa de todos los uruguayos, en la eficiencia energética de todo el país y en el medio ambiente.

La ganancia que puede llegar a generar un regreso al horario de invierno será para algunos empresarios. Sí, de manera indirecta, y si queremos ser optimistas, esos ingresos traerán más pago de impuestos y, por ende, una retribución mayor. Si somos ilusos también podemos creer que los sueldos de los trabajadores de los restaurantes de la costa se duplicarán o aumentarán sustancialmente y que las propinas serán mayores.

Sería interesante que la DGI y el BPS nos cuenten, pasada la temporada, cómo aumentaron sus arcas por el aumento de ingresos por impuestos y aportes en el sector gastronómico. Lamentablemente, esto no va a pasar. También sería interesante que los empresarios gastronómicos nos cuenten exactamente cuánto ganaron en las temporadas pasadas y cuánto ganarán en la próxima, con números bien transparentes. Pero, lamentablemente, eso tampoco va a pasar.

Así que, básicamente, lo que nos piden estos empresarios y el gobierno que los apoya es que creamos en ellos ciegamente. Un golazo. Al mismo tiempo, comparan lo incomparable: la plata que van a hacer algunos con el impacto ambiental y la eficiencia energética de todo el país.


Con pala



En 2006 se realizó el cambio de hora de verano por primera vez y en 2007 (primera temporada en la que rigió el horario de verano) el turismo alcanzó la cifra récord (hasta ese momento) por ingresos de cerca de 800 millones de dólares.

Un año después, en 2008, las cifras del turismo volvieron a alcanzar un récord y el gasto de cada turista por día alcanzó los 71 dólares promedio. El año pasado el gasto de los turistas en promedio por día, según el propio Ministerio de Turismo, fue de 104 dólares.  

En pocas palabras, los ingresos del sector turístico han mejorado sustancialmente (con años mejores y peores, pero siempre por encima de lo que ganaban antes del cambio de horario) desde que se aprobó el cambio de horario de verano. Entonces, ¿a dónde va a parar ese aumento del consumo?

Basta ver los precios en los restaurantes de la costa los primeros días de enero para dilucidar a dónde fue a parar gran parte de esos ingresos: a los mismos “empresarios gastronómicos” que lloran para levantar más dinero en verano. Las otras partes de ese aumento de los ingresos son difíciles de rastrear y también de cuantificar. ¿Supermercados? ¿Locales y vendedores en las playas? ¿Los mismos restaurantes pero en horas del almuerzo? Tal vez esté divagando. Pero estoy usando las mismas herramientas de razonamiento que usa la Cámara de Turismo y ahora también el Ministerio.


Decisiones Políticas



La medida de suspender el cambio de hora de verano, propuesta hace años por el senador Pedro Bordaberry, hoy parece encontrar eco en la ministra de Turismo, Liliam Kechichián, y en el presidente Vázquez. Además, a diferencia de lo sucedido en años anteriores cuando Ramón Méndez estaba al frente de la Dirección Nacional de Energía del Ministerio de Industria, las voces de ese ministerio y de la UTE parecen no pesar tanto en el gabinete.

Años nos estuvieron hablando de los millones ahorrados en energía, de la importancia de reducir los impactos negativos en el medio ambiente y de la eficiencia energética en un mundo en el que los recursos naturales son realmente variables año a año, y ahora unos cuantos intereses empresariales tienen más peso.

Europeos, chilenos, australianos, brasileños, estadounidenses, la gran mayoría de los países que tienen aproximadamente las mismas horas de sol que nosotros recurren al cambio de hora en verano. Estamos hablando de los lugares que reciben más turismo a nivel mundial y sacan de este el mayor provecho.

Las excusas que puedan darnos desde el Poder Ejecutivo, si es que se molestan en darlas, no sirven para nada, son contradictorias con el relato construido en los últimos 10 años (a nivel nacional e internacional) y sólo ocultan una clara intención de favorecer a unos pocos en detrimento de muchos.

Cuando en tus dos semanas de licencia tengas que subir de la playa más temprano porque el sol ya se fue, no te enojes, pensá que vas a poder elegir entre dos turnos de un restaurante atestado de gente para comer un chivito y una coca a 700 pesos. Uruguay Natural le dicen.

Actualización:
Las autoridades de UTE explicaron, que, como el ahorro del verano pasado no fue tan grande (casi un millón de dólares), debido a que la mayor parte de la energía se generó en base a energía hidráulica no vale la pena cambiar el horario para asegurar ese ahorro en la próxima temporada.

Al parecer, inteligencia de UTE sabe con certeza que este verano vamos a tener las mismas reservas hidráulicas que en la temporada pasada. Esperemos que no se equivoquen.

sábado, 13 de junio de 2015

¿A qué le tenés miedo?



Hace un tiempo que vengo medio obsesionado con un pensamiento: alguien tiene casa nueva, se muda, se hace una casita afuera, se compra con esfuerzo y años de cuota un apartamento y decide, dada la situación, poner una reja en la ventana. Hasta ahí todo parece razonable. La sensación de inseguridad nos lleva a poner una reja entre el exterior y lo mío para evitar disgustos. Ahora, la pregunta que no me respondo: ¿tiene vuelta atrás esa decisión?

No me imagino a alguien pensando que la situación es lo suficientemente segura nuevamente, por lo que es mejor retirar la reja antes instalada y volver a ver la calle sin rayas de hierro. Le doy vueltas al asunto. ¿Qué tendría que pasar para que alguien tomara esa decisión? ¿Cuánto deberían bajar los índices de criminalidad? ¿Cuánto debería disminuir el espacio de la crónica roja en los medios de comunicación? ¿Cuántos policías debería haber en las calles para sentirnos más seguros? ¿Cuántos vecinos deberían retirar sus rejas para que vos también te animes a hacerlo?

Solo preguntas. Y esa sensación de que una vez que se pone una reja, difícil que algún día se saque.
Todo este asunto, que puede parecer algo liviano (¿no tenés algo más importante que pensar?), tiene sus derivaciones. A mí me puso a buscar a mi alrededor los miedos que acechan a la gente que me rodea.

Miedo a perder el trabajo. Miedo a dejar el trabajo. Miedo a cambiar de trabajo. Miedo a pasar inadvertido o a llamar mucho la atención. Miedo a amar y miedo a no ser amado. Miedo a quedarse solo. Miedo a estar solo. Miedo al compromiso. Miedo al ladrón y miedo al milico. Miedo al hombre. Miedo a la mujer. Miedo a lo diferente. Miedo a que seamos todos igualitos. Miedo a pasar vergüenza. Miedo a ser pobre. Miedo a quedar en la calle. Miedo a no tener plata para comprar cosas para darles a los que quiero más. Miedo a no tener plata para comprar cosas para darme a mí. Miedo a tener un hijo. Miedo a no poder tener uno. Miedo a perderlo. Miedo a la calle. Miedo a la noche. Miedo a la oscuridad. Miedo a subirse al gusano loco. Miedo al mar. Miedo a quedarse electrocutado. Miedo a algún insecto o animal. Miedo al cáncer. Miedo a quedar loco. Miedo al Alzheimer. Miedo a envejecer. Miedo a envejecer mal y hacerme en los pantalones y que alguien me tenga que cuidar. Miedo a la muerte.

Pila de miedos. Y solo algunos. Hay muchísimos más. El miedo sobra. No nos gusta mucho reconocerlo al miedo, pero sobra. Ahora, en mi para nada humilde opinión, la gran mayoría de los miedos son entendibles y al mismo tiempo infundados. O porque nada podemos hacer para evitar a lo que le tenemos miedo o porque le tenemos miedo a algo que solo existe en nuestra cabecita.

Vivir sin miedos. Suena lindo. Un poco tiro al aire, un poco sui generis, pero suena lindo. Es imposible creo. Si no tenés miedo, no estás vivo. El tema es: ¿no será que tenemos mucho miedo? No, no estoy intentando sacarles trabajo a los psicólogos. Pero me da la sensación de que nos estamos contagiando mucho el miedo los unos a los otros, estamos tomando demasiadas precauciones y, peor aun, estamos haciendo que los demás también lo hagan.

El miedo vende, de eso estamos seguros. ¿Y cuándo fue el último día que no te intentaron vender algo en esta vida? Pero de una manera u otra hay que ver cómo rompemos ese circuito. Cada uno a su manera, obvio.

Esto lo escribo, debo confesar, porque en los últimos tres años se me colaron algunos bebés en la vida y, aunque suene contradictorio, me da miedo que crezcan con miedo. Me da miedo que no sepan lo que es caminar por las calles, por lo público, por el mundo de todos. Me da miedo que chupen complejos, que copien miedos, que aprendan mucho más lo seguro de estar encerrados a lo hermoso que es ser libres. Porque son pequeñas esponjas. De eso no hay duda. Y tenemos que tener mucho más cuidado con lo que les ponemos alrededor. Que vivir con miedo apesta, eso lo sabemos. Y quién te dice, tal vez evitando que ellos tengan miedo nosotros nos sacudimos los miedos propios.

miércoles, 22 de abril de 2015

30 años de nosotros




No es por achacarle una más a la educación, pero en el liceo nadie te explicaba bien qué era la democracia. Muchos de mis compañeros, estoy seguro, seguirán pensando que es la simple posibilidad de votar cada tanto. Otros (espero que la mayoría) sabemos que es mucho más que eso.

Cuento 29 años de vida y ya son 30 de democracia en este país. Un número redondo que nos deja en bandeja la posibilidad de reflexionar, o mejor dicho, de pensar un poco. ¿Qué calidad tiene nuestra democracia? ¿Qué tan democráticos somos? ¿Qué tan buena es la democracia? ¿Qué tan malos fueron los años sin ella?

Nos encanta cuestionar la democracia en los vecinos, decir que somos los expertos de la democracia en la región, pero a veces dudo si entendemos bien ese concepto tan amplio. No importa, no me voy a poner a hacer grandes declaraciones sobre un sistema y un concepto que me genera mis grandes dudas. La idea es otra.

Los mismos tres grandes partidos que vieron (y cabe preguntar si también en parte hicieron) caer la democracia en 1973 se reencontraron con ella años más tarde y, desde entonces, los tres han gobernado este país. No hay muchas novedades en ese frente. Recuperada la democracia, el sistema político no tardó tanto en recuperarse, se volvieron a celebrar elecciones, se volvieron a enfrentar intereses dentro de los partidos, se sustituyeron insustituibles líderes y el sistema político avanzó sin grandes sobresaltos. Las opciones no cambiaron demasiado: apenas algunos partidos extremadamente minoritarios. Pero de política que sigan hablando los politólogos.

Lo que me preocupa y me llama a la reflexión cuando pienso en estos 30 años es que he llegado a la conclusión de que no hay democracia real sin una sociedad civil sana y movilizada. Y cuando miro a la sociedad civil, no la veo sana.

Las dos principales organizaciones sociales de la salida de la dictadura transitaron en estos 30 años caminos bien distintos que, sin embargo, las han llevado a destinos bastante similares. Tanto el movimiento de trabajadores organizados como el de estudiantes organizados gozan hoy de una legitimación social mucho menor a la que tenían 30 años atrás, en aquella primavera.

El PIT-CNT puede presumir hoy del mayor número de afiliados en la historia, de conquistas importantísimas para los intereses de un sector, pero no de una clase, y mucho menos de una sociedad-pueblo.

La llegada del Frente Amplio al poder no ha hecho más que complicar las cosas para la central obrera. Salvo las marchas masivas del SUNCA (que defendieron intereses específicos de cierto sector), me cuesta pensar un nivel de convocatoria alto en cualquier manifestación del PIT-CNT desde 2005 hasta hoy. Además, la imagen de muchos gremios que conforman la central está duramente cuestionada por el grueso de la sociedad.

La otra organización social de gran relevancia en aquella salida de la dictadura, el movimiento estudiantil devenido FEUU, recorrió un camino de desinfle en los últimos 30 años.

Hoy, flaca y sin mayor poder de convocatoria, la FEUU se muestra difusa, borrosa, dividida y muy lejana a la sociedad que la vio nacer y crecer. ¿Se imaginan una FEUU que represente y defienda el pensar y sentir de los jóvenes uruguayos? Una vez existió algo así; ahora está lejos.

No se trata de criticar a las organizaciones sociales que fueron protagonistas de aquella salida de la dictadura. Simplemente intento observar a la democracia sin ellas fuertes, como lo eran hace 30 años. Parece una democracia más débil. La culpa no es del PIT-CNT o de la FEUU, ni siquiera creo que sea la culpa de los partidos políticos. Para mí la culpa es tuya. Y mía un poco también.

No nos movemos, no nos importa, no nos sentimos parte ni de la solución ni del problema. La plata que entró al país en estos últimos diez años no hizo más que distraernos todavía más.


Ser pesimista no está entre mis intenciones. Yo tengo 29 años, voy para 30. Viví toda mi vida en democracia. Estoy contento por eso y orgulloso de los que hicieron algo para que yo pudiera hacerlo.

El año pasado la Comisión No a La Baja movilizó muchísima gente en todo el país para lograr algo. No fue el PIT-CNT, ni la FEUU, ni el Frente Amplio. Fue la sociedad civil desorganizada y organizada para algo en particular. Dio frutos ese rejunte. No solo logró su objetivo sino que prendió una lucecita de esperanza.

Yo a esa luz ya la vi cuando nos juntamos para despenalizar el aborto atrás de algunas organizaciones de mujeres, cuando nos reunimos en torno a Ovejas Negras para aprobar el matrimonio igualitario y cuando salimos a caminar por la regularización del mercado de marihuana con Proderechos. Lo de No a la Baja fue como una frutilla para la torta de cinco años que estoy seguro que vamos a recordar vitales para la democracia uruguaya.

Las pruebas están sobre la mesa. Cuando algo nos mueve (o más bien nos sacude) de enfrente del televisor-smartphone-tablet-computadora, la sociedad civil está. No está detrás de organizaciones que parecen hasta un poco anacrónicas, pero está. Se organiza para enfrentar ese algo que la sacude y rápidamente se vuelve a desorganizar.

Vos, yo y todos. La sociedad civil presente y movilizada es clave para que exista democracia real. Y no estoy tan seguro de que estemos haciendo bien los deberes.