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jueves, 23 de noviembre de 2023

La Argentina de Milei

Argentina dio un fuerte giro a la derecha este año con la elección de Javier Milei como presidente. ¿Cómo lo podemos entender desde Uruguay? ¿Qué podemos esperar?


Hace ocho años, en 2015, Cristina Fernández de Kirchner dejaba la presidencia de Argentina con una inflación anual algo por debajo del 30%. La gente, cansada de los aumentos de precios, el aumento de la inseguridad y la erosión de la imagen del kirchnerismo fogoneada desde los medios y el sector empresarial, decidió cambiar.

Quién ganó las elecciones, el derechista Mauricio Macri dejó el sillón presidencial cuatro años después, perdiendo la reelección con una inflación anual promedio de más del 40% y un país brutalmente endeudado con el FMI. La gente, cansada del aumento de precios, el aumento de la inseguridad y la corrupción, decidió volver a darle una oportunidad a un peronismo que prometía ser más moderado y dialoguista.

Quién ganó las elecciones, Alberto Fernández deja el sillón presidencial cuatro años después, sin siquiera presentarse a la reelección con una inflación anual promedio de más del 70%. La gente, cansada del aumento de precios, el aumento de la inseguridad, el aumento de la pobreza, el encierro impuesto durante la pandemia y la tibieza de un gobierno sin rumbo decidió volver a darle una oportunidad a la derecha, esta vez aparentemente aún más radical.

El arco político todo se corrió tanto a la derecha que el candidato peronista venía de apoyar a Macri en las elecciones de 2015. Si él era el “progresismo” imaginen lo que es Javier Milei (ahora también apoyado por Macri).

Mientras la gente parece estar pidiendo elección tras elección un cambio más radical que rompa con una vida cotidiana dura, cara y donde crece la pobreza, tanto el peronismo como la derecha ensayaron en los últimos ocho años cambios mínimos y políticas tibias, fuertemente limitados por una falta de apoyo en las calles y una de las oligarquías más brutas que existen en el continente americano. 

El peronismo, motor de las grandes transformaciones en la Argentina de los últimos 100 años parece estar hace un tiempo carente de ideas y liderazgos (llevaron al ministro de economía de un país en ruinas como candidato a la presidencia). Desde la derecha, las ideas son las mismas de siempre: privatizar, ajustar y flexibilizar. 

¿Qué podemos esperar? Nada bueno. Pero afortunadamente Argentina siempre nos sorprende. 

Además de un aumento en la pobreza y la exclusión y una arremetida (mediática primero y si dan los votos, política después) contra los derechos individuales y humanos, todo indica que veremos un crecimiento del conflicto social. El peronismo, sin pasar por una etapa de reflexión o autocrítica, ya está en modo resistencia desde aún antes de entregar el gobierno. En el círculo del nuevo presidente, crece la influencia de Macri.

En este laberinto, el pueblo argentino parece haberse dado por vencido con la clase política y jugará en la calle, día a día, su partido por la subsistencia. En ese caldo de cultivo, no suelen nacer cosas buenas. 


lunes, 15 de marzo de 2021

La salud y el sistema

Ya pasó un año desde que se confirmaron los primeros casos de COVID-19 en Uruguay, pero este no es un artículo sobre Coronavirus.

El país transitó por la pandemia con mejor o peor suerte mes a mes, sin llegar a confinar obligatoriamente a la población. Sin embargo, aislamiento y distanciamiento fueron dos términos que marcaron nuestra vida en este año eterno.


La pregunta que sigue sonando en el fondo de mi cabeza y que aún no he logrado contestar es si las medidas que tomó el gobierno y las que tomamos cada uno de nosotros en este paradigma de “libertad responsable” apuntaban más a cuidar nuestra salud o a cuidar nuestro Sistema de Salud.


Antes que nada, vale decir que tenemos en Uruguay un Sistema de Salud mucho mejor que el de casi la totalidad de los países de América y porqué no, del mundo. Una razón más para sentirnos orgullosos. Cualquier estudio más o menos serio confirma este enunciado. Sin embargo, no creo que tengamos un gran Sistema de Salud, y este año, eso ha quedado más claro que nunca.


Vuelvo a mi pregunta: ¿hicimos lo que hicimos (y dejamos de hacer lo que dejamos de hacer) para cuidar nuestra salud? ¿O para cuidar a nuestro Sistema de Salud? Las medidas de aislamiento y distanciamiento que adoptamos estaban dirigidas a cuidar a las personas más frágiles ante la nueva enfermedad, pero sobre todo, cuidar a un Sistema de Salud que puede colapsar mucho más fácilmente de lo que imaginamos, si el número de casos (sospechosos y confirmados) se disparaba.


Quienes trabajan en ese Sistema se transformaron en héroes y heroínas (aquí y en gran parte del mundo) y sufrieron de forma directa las repercusiones de cada medida tomada o no tomada por cada gobierno.


En Uruguay, hasta el momento el Sistema de Salud no colapsó (vean las noticias que llegaron y llegan desde España, Italia, Estados Unidos o Brasil). ¿Pero cuánto cuesta evitar eso? ¿Cuidamos la salud de los uruguayos y las uruguayas?


Aquí la cosa se pone oscura: no hay información real sobre el impacto de esas medidas que nos impusieron a veces y nos auto impusimos muchas otras. Tenemos un monitor casi en tiempo real que nos dice cuántas personas se enferman de COVID-19, cuántas se recuperan y cuántas mueren. Sabemos cuántas camas de cuidados intermedios e intensivos hay, también cuántos ventiladores. Cada día actualizamos las cifras de tests realizados y el personal del Sistema de Salud afectado. Ahora también, seguimos en tiempo real las etapas de vacunación. Pero estamos completamente en las sombras cuando de los efectos que tienen el distanciamiento y el aislamiento en las personas se trata.


¿Cómo es posible discutir sobre las medidas a tomar si no sabemos los efectos que estas generan? Voy con algunas consecuencias de estas medidas que son claramente visibles pero sobre las que aún no tenemos datos certeros:   


Diagnósticos médicos que llegan tarde, enfermedades que no se descubren o tratan a tiempo, generando enormes problemas de salud y en casos, muertes evitables.


Afectación en la salud mental de las personas. Afortunadamente cada vez escucho más a los tomadores de decisiones preocupados por la salud mental, pero aún con un tono de salud de segunda clase. La soledad de las personas mayores, las muertes y los duelos en aislamiento, las afectaciones a nivel cognitivo o de sociabilidad en los niños, niñas y adolescentes, los graves problemas relacionados al uso intensivo y desmedido de la tecnología. El suicido, la depresión y la ansiedad. El miedo disparado.


La violencia de género e intrafamiliar exacerbada en un contexto de encierro y aislamiento.


Aumento en la medicación de la población sin controles y regulación, que puede desembocar en accidentes, nuevas adicciones y otros problemas de salud.


El aumento de la pobreza y la exclusión, que llevan a personas que apenas subsistían, de un día al otro a quedarse sin nada. 


La destrucción y el retiro del ocio, el encuentro y sobre todo de la cultura, nunca suficientemente valorados pero ahora totalmente denigrados. 


Podría seguir. Seguro que si leíste hasta acá ya se te ocurrieron algunos otros. Pero creo que el punto ya está abordado. El concepto de salud hegemónico dentro de la medicina occidental está cambiando de forma demasiado lenta. Las medidas que nos impusieron y las que nos impusimos en este año tan triste, más que orientadas a salvar vidas, están orientadas a salvar a un sistema, que vive imperfecto dentro de otro sistema (aún más injusto e imperfecto). 


Ahora, parece que se avecina el tiempo de comenzar a recorrer los escombros que dejó esta guerra. Lamentablemente, creo que vamos a encontrar mucha más destrucción de la que creíamos y el aire triunfalista de un país cuyo Sistema de Salud no colapsó, se deberá esfumar entre corazones rotos, panzas con hambre y mentes dañadas. 


El optimismo lo dejo para los próximos posts.


sábado, 17 de agosto de 2019

Venezuela en el espejo


La democracia en Venezuela es un sueño que nadie sueña. El país que soñaron millones y millones de venezolanos es hoy un Estado fallido.

Hay un gobierno que ya no puede decirse democráticamente elegido. Hay una oposición dispuesta a cualquier cosa por llegar al poder. Hay intereses externos que juegan fuerte. La situación de Venezuela, como la de ningún otro país de este hemisferio, se ha metido en el debate electoral de cuanta elección haya habido en la última década. Desde España hasta Argentina, de Estados Unidos a nuestro pequeño país.

¿Por qué es tan importante este país? ¿Por qué nos deben importar las definiciones sobre el mismo de los dirigentes frenteamplistas? ¿Por qué interesa más saber si Venezuela es o no una dictadura para tal o cual candidato? Las respuestas están ahí para quien quiera hacerse las preguntas. Hay políticos que quieren y sienten que pueden sacar algún rédito político a partir de la miserable situación del país caribeño.

¿Esto significa que debemos dejar de preocuparnos tanto por Venezuela y mirar para otros lados? No. La Venezuela Chavista, líder en procesos (y victorias) democráticos, que disminuyó la pobreza y reactivó los procesos de cooperación en el continente a base de su petróleo fue degradando su naturaleza hasta ser hoy un país donde el Estado ejecuta y asina, donde comer es muchas veces un privilegio y vivir una suerte. La injerencia norteamericana y el odio de una clase dominante acumulado en derrota tras derrota electoral fueron empujando al país cada vez un poco más hacia el caos. Falta de alimentos, cortes de energía, circos de ayuda para nada humanitaria y violencia en las calles, siempre violencia en las calles, que mueran los pobres peleando por los ricos.

Ese espiral de violencias que nadie sabe en qué momento exacto comenzó pero que todos parecen querer que termine está hoy profundamente alimentado por países del arco neoliberal latinoamericano, fuertemente apoyados por Washington. También, vale decirlo, está alimentado por un gobierno inepto y que acorralado sólo sabe dañar más y más a su pueblo.

En Uruguay, ningún dirigente político ha osado siquiera insinuar que las medidas económicas o políticas de Venezuela pueden replicarse en el país. Lejos de eso, la orientación de la economía uruguaya y la venezolana han tomado caminos bien distintos. En ese crisol de desigualdades que es Latinoamérica, Uruguay y Venezuela se han despegado para ocupar ambos extremos de todas las listas y rankings. Uno líder en calidad democrática, transparencia, crecimiento, distribución y derechos. Otro convertido en el país más violento, con instituciones más dañadas, con una caída eterna del crecimiento demasiado atado al precio del petróleo.

El gobierno uruguayo, casi en solitario en esta región temporalmente plagada de gobiernos subordinados a Trump, ha logrado, con mucha flexibilidad y mucho equilibrio, insistir en la vía del diálogo para buscar una salida negociada, y sobre todo no violenta, a la situación de Venezuela. A contrapelo de lo que reclaman desde el Grupo de Lima (un club de países americanos alineados detrás o debajo de Estados Unidos), desde Washington o desde las gargantas afónicas de algunos dirigentes de la oposición local en plena campaña electoral, el gobierno, aliado con México, Noruega y un pequeño puñado de países sensatos, insiste con el diálogo, en el entendido de que la violencia sólo traerá más sangre, mucha más sangre para el pueblo venezolano.

El espejo de Venezuela no nos muestra un país como Venezuela. Han pasado 15 años de gobiernos frenteamplistas y ese cuco ya no tiene sentido. Ese espejo, tan oscuro hoy, sólo sirve para conseguir un pequeñísimo rédito a nivel local, un rédito bañado en sangre.

***



Más

El informe de la Oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos apunta a que en Venezuela el Estado es responsable de una enorme cantidad de ejecuciones, omisiones gravísimas en la garantía de los derechos a la vida, la salud o la seguridad personal, habla de cárceles similares al infierno, donde como siempre, las mujeres aún sufren más, habla de hambre en algunos puntos del país y de la dificultad para obtener alimentos prácticamente generalizada. Es un informe brutal por su claridad e impacto y está plenamente enfocado en la labor del Estado/gobierno.

Del otro lado, tenemos un gobierno paralelo y autoproclamado por el líder opositor Juan Guaidó, que responde directamente a Estados Unidos y de dudosa intención pacífica. Tenemos bandas armadas que han causado violencia y muerte en el país desde hace al menos dos décadas y un sector históricamente de clase muy alta que ha hecho lo legal y lo ilegal para tumbar a un gobierno que nunca quiso.

Todo esto, por si fuera poco, sobre un país llenito de petróleo. Mejor dicho: el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. La injerencia extranjera, quieran o no los venezolanos, está y estará a la orden del día.

martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Estamos durmiendo


Y no pasó nada. No al parecer. Me levanté, llegando al mediodía me conecté a Internet y vi tal vez el último discurso como presidenta. Por la calle nadie llevaba ninguna señal de haberlo notado siquiera. Las bolsas de compras en la principal avenida, el tráfico fluido, la gente quejándose del frío y de la acumulación de días grises. En el trabajo tampoco, ni la más mínima palabra. De noche revisé los principales medios locales para confirmar que no era un sueño. Entre detalles de un importante partido de fútbol por la Copa Libertadores, envueltos en frialdad y sin arriesgarse a ser claros, los medios me confirmaron la noticia.

Pensé en los que estaban en la calle esperando gritar goles. Pensé en la oficina. Pensé en una madre que vi por la mañana arrastrando a su niña a la escuela. A ninguno le importaba nada. No había signos de tristeza, de batalla perdida, de injusticia. A lo sumo se preocuparon por el empate de locatario, por las cuentas que se acumulan y cada vez cuesta más pagarlas, por el frío que no da tregua.

Entré en las redes sociales para saber si alguien había acusado recibo. Era como un diálogo de sordos. Mientras unos sufrían por el mayor golpe a la democracia latinoamericana de los últimos 30 años, otros eufóricos hablaban de fútbol y los de siempre, publicaban fotos de gatitos o frases inspiracionales.

La batalla la perdimos todos. En Brasilia, en Buenos Aires y en Montevideo. Hay que revisar todo lo que se hizo mal en estos años, pero las responsabilidades no son de Lula o de Dilma, son de todos. Sí, tuyas y mías también. Por eso me duele.

Perdimos una democracia y yo no tenía nadie con quién abrazarme a llorar, porque nadie acusaba recibo del golpe.

La perdimos porque seguimos escuchando siempre las mismas voces prefabricadas de los poderosos, desde la radio y la TV, repitiendo una y otra vez boludeces para que no nos pongamos loquitos. La perdimos porque tenemos un canciller que tiene miedo de decir golpe de Estado, porque es más de ellos que nuestro.

Y mientras estamos mareados discutiendo si fue o no fue un Golpe, buscando botas de militares dónde en realidad hay solamente diputados corruptos, ellos ya nos están desarmando la alegría, ya nos están pegando en la dignidad, devolviendonos a la miseria.

En pocas horas volaron ministerios, programas sociales, herramientas para contener los embates de una economía que no le tiene piedad a los más pobres. Voló todo. A lo Macri diría yo.

Porque lo que pasó en Brasil no es indiferente a lo que pasó en Argentina. Y lo que va a pasar tampoco.

En Argentina ya no tienen tiempo de ver la telenovela de Lázaro Báez para comentarla al otro día con los vecinos. No tienen tiempo, porque están muy ocupados intentando sobrevivir en una economía que se hunde para bien de unos pocos. No tienen tiempo porque están una vez más buscando trabajo desesperados como hace 15 años. No tienen tiempo porque tienen que ir a hacer la fila para recibir un plato de comida en una olla popular.

Fueron 15 años de correr a los ricos. No los corrimos lo suficiente. Y los ricos volvieron. Volvieron y quieren recuperar el tiempo perdido, lo que les negamos en todos estos años, lo que dejaron de ganar, lo que no les dimos.

El problema es que estamos dormidos. La mujer que iba con la niña por la avenida, el compañero de oficina, el pibe que fue a ver el partido a la tribuna más barata, estamos todos del mismo lado. Del lado de los que pierden. Como ya están perdiendo los argentinos, como perdieron los brasileros.

No se cayó Internet. No cancelaron Showmatch. No levantaron la última novela de Globo. Nos dieron un golpe. Y ni siquiera nos dimos cuenta.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Next: Venezuela

Ya pasaron las elecciones presidenciales en Argentina. Pero antes de que termine el año tenemos dos paradas más importantes para Iberoamérica: el 6 de diciembre se realizarán las elecciones legislativas en Venezuela y para casi Navidad llegarán las presidenciales españolas.


El foco mediático y también político se posa ahora en la Venezuela de Maduro y en unas elecciones que hacen mucho más ruido que de costumbre. Podrían ser las primeras en casi 20 años que pierda el chavismo, justo cuando poco queda de él.

No se trata de analizar la política interna de un país del que poco sabemos, a pesar de toparnos casi a diario con un título maltrecho. Más bien se trata de no analizarla, no al menos con las herramientas que nos dan en bandeja.

Opinar sobre lo loco que está Maduro o lo violento que puede ser el “régimen” chavista no vale la pena cuando lo único que leés son titulares de medios asquerosamente opositores al gobierno democráticamente electo en Venezuela. Nada que vaya desde El País de Madrid hasta Infobae, pasando por la cada vez más dolorosa CNN o cualquier medio de derecha uruguayo puede darte a ti o a mí la más mínima idea de objetividad o al menos imparcialidad. Por eso, antes de opinar, es mejor leer.

Con esto no estoy diciendo que el gobierno de Maduro haga las cosas bien, no estoy diciendo que Venezuela esté en un buen momento y mucho menos estoy sugiriendo que lo que queda del chavismo debe mantenerse en el poder a como dé lugar. Estoy más cerca de pensar lo opuesto, pero no a cualquier precio y no guiado por unos cuantos titulares que dan vergüenza a cualquiera que haya querido un poco a la profesión de periodista.

No podemos permitir que una fuerte movida mediática impulsada por la derecha (con mucho olor a golpista) venezolana, las nuevas derechas latinoamericanas y un Washington disfrazado de OEA (besito para Almagro) que nunca le tuvo mucha simpatía al chavismo nos convenzan de que:

1). Si las elecciones legislativas no las gana la derecha, entonces hay fraude.
Venezuela tuvo decenas de procesos electorales desde que Chávez llegó al poder. Todos ellos contaron con observadores internacionales y fueron catalogados siempre como de los procesos electorales más transparentes del mundo entero.

2). Si  hay muertes, son las manos de Maduro las que estarán manchadas de sangre.
Muchas veces la derecha venezolana ha intentado imputar al gobierno democrático de muertes que, con el tiempo, hemos podido comprobar que eran total responsabilidad de grupos de ultraderecha.

3). Si las elecciones legislativas son ganadas por la derecha, entonces cae el gobierno de Maduro.
Dilma Rousseff gobierna en minoría parlamentaria, Cristina Fernández lo supo hacer, Macri lo hará y en España el dinosaurio Rajoy también. Maduro fue elegido democráticamente para gobernar hasta 2019 y una salida anterior sólo supondría una ruptura de la democracia venezolana.

4). Y por último, que la victoria o derrota del partido de Maduro en las elecciones venezolanas significa un triunfo o derrota de los partidos conservadores o el progresismo en el resto de la región.

Cada derecha tiene la izquierda que se merece y viceversa. No me preocupa un presidente que dice hablar con los pajaritos. Yo tuve uno que se pasó años hablando con hormigas y ahora es un rockstar de la política mundial. Lo que preocupa es Venezuela.

martes, 5 de mayo de 2015

Salto: crónica de una muerte anunciada


Hubo una vez un departamento que tenía el potencial para ser uno de los más ricos del paisito.


Ese departamento fue históricamente gobernado por el Partido Colorado, como el resto del país, pero en 2005, siguiendo lo que pasaba en Uruguay, optó por el proyecto político encarnado en el Frente Amplio.

En 2010, a contramano del resto, optó por volver al redil del Partido Colorado, que esta vez llevaba como candidato a una figura joven, que se autopromovía como “la nueva opción”, como “la nueva forma de hacer política”. Esta figura era Germán Coutinho, persona vinculada a los medios locales como periodista deportivo, que había creado una fuerza nueva a partir de la derrota de 2005, de riñón bordaberrista, denominada Vamos Salto.

Coutinho era la mano derecha de Pedro Bordaberry, era su caudillo en el norte del país y ya se iba configurando como el heredero natural del líder de Vamos Uruguay.

Y así arrancó su gestión, con el viento en la camiseta de haberle arrebatado Salto al Frente Amplio, presentando ese logro como algo épico. Además, contaba con la complicidad de los medios masivos salteños, amplificando al por mayor sus “virtudes” como político y gestor. Es así que armó un “gobierno multipartidario”, integrado por figuras del Partido Nacional y Partido Independiente, y figuras medias del propio Frente Amplio, éstos sin el más mínimo respaldo partidario; fueron apareciendo encuestas que lo mostraban con 75% de aprobación, “premios” que nombraban a la Intendencia de Salto como la mejor del país. Y fue tal el viento en la camiseta que agarró viaje como acompañante de Bordaberry en la fórmula colorada a la Presidencia de la República para las elecciones de octubre de 2014, más allá de las denuncias realizadas por la oposición frenteamplista sobre graves irregularidades en el manejo financiero y laboral de la intendencia, además de la carencia total de políticas de juventud, cultura, vivienda (la única política de vivienda fue repartir cortes de rancho), clientelismo político a ultranza, la “compra” de periodistas para que hablaran loas de su gobierno, persecución política a los funcionarios municipales, entre muchas otras cosas.

Más allá de todo esto, “el líder” (tal como lo denominan en filas de Vamos Salto) se embarcó en una aventura que tuvo un final trágico, con la peor votación del Partido Colorado en la historia después de la debacle de 2004 y con graves consecuencias para la interna del partido, además de observar su contrapartida en el propio departamento de origen de Coutinho, cuando se empezaron a atrasar los pagos de los sueldos y cuando empezó a verse que las cuotas de los préstamos del Banco República y de las cooperativas sociales no eran depositadas donde correspondían, que la maquinaria no tenía ni siquiera repuestos, que existían atrasos de varios meses con los proveedores, que los publicitados ómnibus nuevos no tenían mantenimiento por falta de pago, sumiendo a su principal bandera, el boleto a 6 pesos, en el centro de la polémica.

Y así se fueron sucediendo los meses, con graves problemas internos en Vamos Salto, con la profundización de los problemas en la administración municipal, pero con las encuestadoras posicionando a Coutinho con grandes posibilidades de retener el sillón municipal.

Estábamos en todo esto cuando arrancó la campaña hacia las elecciones departamentales, y Germán volvió a hacer gala de su demagogia: ahora promete 5.000 terrenos con todos los servicios, solucionar definitivamente el problema de pozos en 100 días (cuando Salto parece un paisaje lunar) y bajar el boleto a 5 pesos. Mientras que proclamaba estas promesas, empezó mayo, y en mayo no se le pagó el sueldo al 50% de los funcionarios, no se pagaron las pensiones ni las retenciones judiciales a los niños y no se pagaron los premios a los artistas de Carnaval, sumándose esto a los distintos atrasos con diferentes entidades bancarias y financieras. En medio de todo esto, el director de Hacienda municipal presentó su renuncia a la Intendencia de Salto, debido a diferencias con Coutinho respecto de la forma de pago de los sueldos.

Es así como se llega al 10 de mayo, con una intendencia en plena descomposición, con Vamos Salto en pleno proceso de retirada con todo lo que eso implica (en la edición de Búsqueda de la semana pasada salieron pruebas de la persecución política a funcionarios municipales).

¿Y la oposición? El Frente Amplio es el principal contendiente, con grandes chances de recuperar la intendencia. Se supo reacomodar y mostrar unidad hacia las elecciones de octubre, logrando en Salto una de las mayores votaciones del país, después de mostrar muchas contradicciones internas, principalmente entre el ala Fonticiellista y el sector de Andrés Lima. Después de las elecciones nacionales, emerge con tres candidatos, los propios Fonticiella y Lima, y el doctor Ramón Soto, proveniente del Movimiento de Participación Popular, que viene con gran impulso debido a la muy buena elección del año pasado, en la que su candidata a diputada, la profesora Manuela Mutti, logró la segunda banca departamental para el Frente. Más allá de la unidad partidaria, hay diferencias políticas e ideológicas importantes entre los candidatos, y más allá de que se puede vislumbrar al doctor Lima como favorito, aún no se tiene claro quién va a ser el triunfador de la interna.

El Partido Nacional pretende resurgir después de la debacle de 2010 y de haber aparecido como el principal socio de Coutinho en el gobierno departamental, mostrándose como algo diferente a Vamos Salto y, principalmente, apoyándose en el significado que tiene el apellido de la candidata, Lucía Minutti, en el inconsciente colectivo salteño (su tío y su padre fueron intendentes, y se los relaciona con una buena administración).

El Partido Independiente y Unidad Popular presentan candidaturas puramente testimoniales, y hay que tener en cuenta que una de las candidatas del primero, Marisel Calfani, sigue siendo una de las directoras de la intendencia.

De esta forma, llegamos al 10 de mayo. Mientras tanto, Coutinho, hasta el último momento, va a seguir vendiendo espejitos de colores.

Yamandú Olivera
Artículo de Obtuso

domingo, 28 de abril de 2013

La crisis en el retrovisor.


Hace menos de una semana estaba mirando ¡Gracias Petrov!, un muy lindo programa del Canal Vasco que recorre los principales hechos locales y mundiales de los últimos 30 años. En éste capítulo, se aborda entre muchos otros temas la crisis de 2008 que tanto afectó y afecta a Europa.


Fue escuchando ese informe, con bancos que cerraban, suicidios, manifestaciones y recortes, con críticas al capitalismo salvaje, con indignados, con ferias de trueques, renacer de cooperativas y reclamos para establecer sistemas económicos más justos, que me acordé de mis años mozos, durante la crisis del 2002.


La pasamos tan mal. Padecimos tantas lecciones. Sufrimos tantos desgarros. Y vimos surgir una serie de gobiernos nuevos en nuestro continente. Gobiernos que han sacado a los distintos países de las crisis, los han puesto en la famosa senda del desarrollo, y los hacen crecer en cifras (si, ya sé, son solo cifras) impresionantes.




¿Pero qué pasa 10 años después? ¿Qué tanto nos acordamos de lo que nos pasó? ¿Por qué hasta parece que nos causa gracia lo que está pasando en Europa? ¿Cómo estamos por casa? Veamos.


En Argentina, el gobierno que sacó al país de la mayor crisis económica de su historia, suma día tras día, nuevos enemigos, en el interior y en el exterior. Nunca desde el regreso a la democracia, un gobierno tuvo tanta oposición (pésima en su calidad) y tan virulenta. La radicalización de posiciones podría chocar contra un fuerte muro cuando llegue a su fin el mandato de Cristina Fernández y haya que llenar un inmenso vacío de poder.


Un poco más al norte, en Bolivia, Evo Morales volverá a presentarse a las elecciones nacionales de diciembre de 2014. Su tiempo en el poder le ha hecho perder algunos apoyos importantes en las bases sociales, pero continúa siendo el candidato con mayor perfil presidencial en el país.

También junto a Bolivia, está el gigante del continente, Brasil. Apenas dejando atrás el escándalo del mensalao que llevó a la cárcel a decenas de políticos (algunos de ellos demasiado cercanos al ex presidente Lula) por corrupción. Por la misma corrupción que llevó a nuestros países a la crisis hace poco más de una década.

Pero también pasan otras cosas en Brasil. En la frontera con Bolivia el estado de Acre declaró a dos ciudades en estado de emergencia por la llegada masiva de inmigrantes ilegales haitianos. ¿Se acuerdan de los latinos ilegales que huían a Europa en pos de una vida digna? ¿Se acuerdan de cómo los trataban allí?


En las favelas de Río (se vienen Mundial y Juegos Olímpicos y hay que limpiar) y en la amazonia (pogreso nao tem fim) se repiten las acusaciones de violaciones a los derechos humanos por parte del mismo Estado.

En el terreno político, aunque parece que no hay nada nuevo bajo el sol, Marina Silva (ex líder ecologista, ex ministra de Lula) encabeza la Red Sustentable, un movimiento muy vanguardista y con potencialidades aún difusas pero que pisa fuerte en el mundo virtual.
También en Brasil, pero bien al sur, casi en Uruguay, la justicia juzga a empresarios, funcionarios públicos y autoridades por el incendio en la discoteca Kiss. ¿No es un dejavú de Cromañón?

Si cruzamos los Andes, en Chile nos encontramos con que está todo pronto para el regreso de Michelle Bachelet a la presidencia del país en noviembre de 2013. La “sorpresa” de las elecciones pasadas, el independiente Marco Enriquez Ominami parece fuera de forma para competir de nuevo en las contiendas electorales.

Por su parte, Piñera ostenta una popularidad de cerca del 38%, a pesar de que Chile es el país que muestra mejores cifras en lo económico. Clave: un movimiento estudiantil activo, fuerte y que logra convencer al resto de la sociedad sobre el rol central que juega la educación.

Bien al norte del subcontinente, en Colombia, ya se preparan las elecciones presidenciales de marzo del 2014. El presidente,Juan Manuel Santos aspira a la reelección y no parece tener contrincantes fuertes, a pesar de contar con la constante oposición del ex mandatario Álvaro Uribe, que lo llevó a la presidencia y luego no paró de ponerle palos en la rueda.

Al mismo tiempo, este extraño bicho político que es Santos, deberá avanzar en sus pretensiones electorales al tiempo que continúa el diálogo con la guerrilla de las FARC en La Habana. La paz parece estar colgando de un hilo demasiado fino.

Junto al país cafetero, está Ecuador, dónde Rafael Correa ganó las elecciones a principios de año con el 57% de los votos, reafirmando así su apoyo popular. La constitución permite solamente la reelección y además Correa ya aseguró varias veces que “estos son los últimos cuatro años en el gobierno”. Por lo tanto su mayor desafío está en encontrar un sucesor que continúe las profundas reformas que el actual presidente ha puesto en marcha.

Paraguay, en el corazón del continente, parece ser de los países con una situación más difícil de definir. Un nuevo presidente del histórico Partido Colorado, con un perfil empresarial y sospechas de vínculos con el narcotráfico, deberá alinearse con presidentes de otro signo político tanto en el Mercosur como en la Unasur.

Contra el Pacífico, en Perú, el presidente Humala enfrenta fuertes resistencias conservadoras y ha cedido más poder del que se podría esperar, defraudando a amplios sectores sociales que lo han llevado a la presidencia. Sin embargo, es muy pronto para definir su suerte.

Por último, allá en el norte, junto al mar Caribe, la Venezuela de Hugo Chávez que debe pensarse sin él. El presidente Nicolás Maduro ganó las elecciones por menos de 300 mil votos seis meses después de que Chávez ganara por 1.600.000 votos. Pero ganó. Y hoy todos, de más de izquierda, más de derecha, más venezolanos, más extranjeros, están nerviosos y atentos.

Y acá, en Uruguay, estoy yo, preguntándome ¿qué tanto aprendimos los latinoamericanos de nuestro (no tan) pasado?