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jueves, 23 de noviembre de 2023

La Argentina de Milei

Argentina dio un fuerte giro a la derecha este año con la elección de Javier Milei como presidente. ¿Cómo lo podemos entender desde Uruguay? ¿Qué podemos esperar?


Hace ocho años, en 2015, Cristina Fernández de Kirchner dejaba la presidencia de Argentina con una inflación anual algo por debajo del 30%. La gente, cansada de los aumentos de precios, el aumento de la inseguridad y la erosión de la imagen del kirchnerismo fogoneada desde los medios y el sector empresarial, decidió cambiar.

Quién ganó las elecciones, el derechista Mauricio Macri dejó el sillón presidencial cuatro años después, perdiendo la reelección con una inflación anual promedio de más del 40% y un país brutalmente endeudado con el FMI. La gente, cansada del aumento de precios, el aumento de la inseguridad y la corrupción, decidió volver a darle una oportunidad a un peronismo que prometía ser más moderado y dialoguista.

Quién ganó las elecciones, Alberto Fernández deja el sillón presidencial cuatro años después, sin siquiera presentarse a la reelección con una inflación anual promedio de más del 70%. La gente, cansada del aumento de precios, el aumento de la inseguridad, el aumento de la pobreza, el encierro impuesto durante la pandemia y la tibieza de un gobierno sin rumbo decidió volver a darle una oportunidad a la derecha, esta vez aparentemente aún más radical.

El arco político todo se corrió tanto a la derecha que el candidato peronista venía de apoyar a Macri en las elecciones de 2015. Si él era el “progresismo” imaginen lo que es Javier Milei (ahora también apoyado por Macri).

Mientras la gente parece estar pidiendo elección tras elección un cambio más radical que rompa con una vida cotidiana dura, cara y donde crece la pobreza, tanto el peronismo como la derecha ensayaron en los últimos ocho años cambios mínimos y políticas tibias, fuertemente limitados por una falta de apoyo en las calles y una de las oligarquías más brutas que existen en el continente americano. 

El peronismo, motor de las grandes transformaciones en la Argentina de los últimos 100 años parece estar hace un tiempo carente de ideas y liderazgos (llevaron al ministro de economía de un país en ruinas como candidato a la presidencia). Desde la derecha, las ideas son las mismas de siempre: privatizar, ajustar y flexibilizar. 

¿Qué podemos esperar? Nada bueno. Pero afortunadamente Argentina siempre nos sorprende. 

Además de un aumento en la pobreza y la exclusión y una arremetida (mediática primero y si dan los votos, política después) contra los derechos individuales y humanos, todo indica que veremos un crecimiento del conflicto social. El peronismo, sin pasar por una etapa de reflexión o autocrítica, ya está en modo resistencia desde aún antes de entregar el gobierno. En el círculo del nuevo presidente, crece la influencia de Macri.

En este laberinto, el pueblo argentino parece haberse dado por vencido con la clase política y jugará en la calle, día a día, su partido por la subsistencia. En ese caldo de cultivo, no suelen nacer cosas buenas. 


martes, 12 de noviembre de 2019

América del Sur sangra

América del Sur está pasando en estos días por una situación de cambio y tensiones que creíamos haber dejado atrás. Son tan vertiginosos los cambios que seguramente cuando logre publicar este artículo algunas cosas pueden haber variado bastante. 




Un brevísimo repaso: Argentina espera con esperanza un cambio de gobierno que venga a transformar la terrible situación económica y social en la que el país se ha sumergido, con más de 15 millones de personas en la pobreza, una deuda asumida ante el FMI que es imposible de pagar en los términos en que fue acordada, el desempleo y la inflación disparados y un gobierno cómplice de la fuga de miles de millones de dólares asumidos por todos los argentinos como deuda. El nuevo gobierno, a menos de un mes de asumir, se plantea desafíos aún mayores a los que tuvo Néstor Kirchner cuando llegó a la presidencia en 2003.

Brasil está dirigido por la ultraderecha encarnada en Jair Bolsonaro, ahora sospechado junto a su familia de estar involucrado en la muerte de la militante social Marielle Franco. Diversas filtraciones también señalan lo que ya todos sabíamos: su ministro de Justicia, el juez Sergio Moro está detrás de una trama judicial de corrupción para alejar a Lula de la carrera por la presidencia en 2018 y encerrarlo sin pruebas. Sin algunos de sus iniciales aliados (la red de medios O Globo, algunos sectores empresariales) y con Lula libre por decisión judicial, sólo podemos esperar la polarización, el aumento en la vulneración de derechos por parte del Estado y un Bolsonaro cada vez más fuera de control.

Bolivia atraviesa un golpe de Estado desde el domingo pasado. Un proceso electoral dudoso desembocó en una toma violenta del poder por parte de las fuerzas policiales y milicias armadas de la oposición que hasta hoy reprimen y aterrorizan a las poblaciones más sumergidas que apoyan al presidente Evo Morales. Hemos visto renuncias a punta de pistola, torturas, ataques armados y un ejército cómplice de los golpistas. No bastó con que el presidente haya convocado a nuevas elecciones y anunciado una transformación total del Tribunal Electoral con observación de la OEA (enemiga de Morales). Los golpistas ya habían anunciado que querían deshacerse del líder indígena que gobierna el país y eso es lo que están haciendo. Más allá de que la vida del líder político no corra riesgo en su asilo mexicano, podemos esperar noticias terribles en las próximas horas, especialmente en lo que refiere a la suerte a la que han sido echados los más humildes.

Chile vive una manifestación popular desde hace semanas en reclamo por la renuncia del actual gobierno y el inicio de una reforma constitucional que siente las bases para terminar con una desigualdad de las más terribles de todo el continente (que es a su vez el continente con mayores desigualdades). Decenas de muertos, una represión feroz de los militares y apenas un amague del presidente Piñera de comenzar un proceso de reforma constitucional que parece más un espejismo que otra cosa. De renunciar, ni hablamos.
Colombia sigue sumida en la violencia interna, con un gobierno que ha puesto en jaque la paz alcanzada con las FARC y su inclusión en la vida política del país. Además, la derecha militarista que dirige el país continúa en una guerra sucia con el narco y con otros grupos paramilitares menores, al tiempo que mantiene su injerencia desestabilizadora sobre su vecina Venezuela. Hace días nomás se conoció la muerte de 8 niños a manos de un bombardeo del Ejército, pero todo sigue como si nada. Daños colaterales le dicen.
Ecuador cuenta con un presidente electo que traicionó el pacto social que incluye el programa de gobierno y la plataforma que lo llevó al poder y que giró a un modelo neoliberal que, al igual que en Argentina, estuvo acompañado de un aumento exponencial en el costo de vida y un intento (aquí aún sin éxito) de recurrir al FMI. Esto provocó un fuerte estallido social que hizo al gobierno dar marcha atrás por el momento e intentar una vía de diálogo que aún no ha dado fruto. Los sectores sociales que promovieron la protesta ya anuncian nuevas medidas de fracasar el diálogo con el gobierno. Perú cuenta con un Parlamento suspendido en funciones por un presidente que asumió tras la renuncia del presidente electo por acusaciones de corrupción. O sea, una crisis disparada por el alto grado de corrupción del sistema político de Perú, que llevó a una crisis política y a otra institucional. Un presidente en funciones que no fue elegido por la población (aunque cuenta con un fuerte respaldo popular por el momento) y un país aquejado por la desigualdad social terminan de conformar un cuadro de mucha incertidumbre y alta volatilidad. Venezuela sigue inmersa entre un gobierno de corte dictatorial y una oposición profundamente antidemocrática. El enfrentamiento directo entre ambos ya ha provocado una crisis migratoria, un vuelco del país hacia el caos y la pobreza y constantes violaciones a los derechos humanos tanto por parte del Estado como por milicias opositoras. Un caos que generó que una minoría de países y organizaciones que buscan la paz para ese país sudamericano encaren negociaciones a nivel internacional que permitan una salida relativamente pacífica a la crisis multidimensional que atraviesa el país. Y aquí estamos en Uruguay ante el mayor cruce de caminos de la historia reciente: o somos ese recinto de paz que siempre apoya la paz y que crece en medio del caos, ese pequeño y humilde milagro en el que nos hemos convertido silenciosamente en la última década trabajando fuerte para solucionar todo lo que nos queda por solucionar y haciendo frente, sin soluciones mágicas, a los nuevos desafíos que todos los días aparecen, o nos damos de frente con el resto del continente, nos sumamos al caos, primero económico, luego político y finalmente siempre social que tanto nos ha costado a todos (a todos) dejar un poco atrás. La sabiduría de los pueblos hace la diferencia en momentos claves como el que estamos atravesando en estos días. Por eso espero que seamos lo suficientemente sabios y que estemos a la altura de las circunstancias. 

jueves, 22 de agosto de 2019

Amazonas: es la política, idiota



En las últimas horas hemos sido testigos, fundamentalmente a través de las redes sociales, de una explosión de incendios que afectan la selva del Amazonas y zonas aledañas. Posteo tras posteo, tuit tras tuit, historia tras historia, he visto como muchos de mis amigos virtuales -especialmente aquellos con una sensibilidad "verde"-  comparten  el horror que se vive hoy en este pulmón del mundo.

Lamentablemente, no muchos de ellos saben algo sobre el proceso que terminó abruptamente con el gobierno de Dilma Rousseff en 2016, no tienen idea clara de cómo Lula llegó a la cárcel ni qué signo ideológico o que sistema de ideas defendía el actual presidente de Brasil durante su campaña.

Este ataque al centro ecológico del planeta, no tiene nada que ver ni nada para comparar con el incendio de una hermosa iglesia parisina. Aquí lo que sucede no es una desgracia, aquí lo que sucede es una política y esa política sustentada en votos (más o menos engañados), en armas, en poder y en ideas es la que está generado una catástrofe de éstas proporciones.

Entiendo que uno no puede saber de todo ni estar al tanto de todo. En la vida cotidiana, la información de calidad es un bien cada vez más preciado. Pero sorprende ver a tantas amigas y amigos que día sí y día también se preocupan por militar no usar plásticos, no comer determinados alimentos, reducir el consumo individual y evitar las bolsas del supermercado (todas cosas muy loables) pero cuando le hablás de un político o un proceso electoral, bostezan y cierran rápido la conversación con un "son todos lo mismo". Pues no, no lo son, y no debería hacer falta que se prenda fuego el Amazonas para que lo vean.

Y esto me lleva a un segundo nivel de reflexión y es el que tiene que ver con cómo los movimientos verdes deben y pueden acercarse a la política y al sistema político (y viceversa). En Uruguay, esos caminos son aún muy antagónicos. Desde los conservacionistas de décadas pasadas a quienes se niegan a cualquier desarrollo productivo que afecte el ambiente, los movimientos ambientales y el sistema político han permanecido (casi) siempre en veredas diferentes. Como resultado, el impacto de los movimientos ambientalistas ha sido mínimo y la inclusión del tema ambiental de forma seria en los programas políticos también. Todos perdemos aparentemente, menos claro, el gran capital que hoy celebra la nueva tierra para ganadería en donde antes había selva tropical y que al mismo tiempo ahora te vende un monopatín eléctrico con la excusa de que tu estilo de vida ya está contaminando mucho.

El ejemplo de hoy es algo tan claro, que nos puede servir para comprender de manera cabal qué es retroceder en materia de derechos y cómo la falta de trabajo conjunto entre movimientos sociales y políticas de Estado puede provocar estas catástrofes.
El fuego que destruye hoy al Amazonas es producto de una política y esa política es producto de un gobierno. Por más cuestionables que hayan sido las políticas ambientales de la izquierda brasileña cuando estuvo a cargo del gobierno, nunca alcanzaron los niveles de depredación que hoy vemos horrorizados.

Al final, la corrupción, el impeachement, las definiciones políticas y las movilizaciones sociales a favor y en contra de un gobierno, sí tenían mucho que ver con el futuro sostenible de la humanidad, mucho más que el tipo de bolsa que elijas para hacer tus compras.

sábado, 17 de agosto de 2019

Brasil en el espejo



Está defendiendo el pulmón del mundo de la depredación: Muerto. Está defendiendo los derechos de los más excluidos: Muerta. Está defendiendo el derecho a la libertad de prensa y expresión: Muerto. Está reclamando respeto por la diversidad sexual o cultural: Muerta. Ese, es el Brasil de hoy.

Cuatro años atrás, en medio de una feroz crisis económica, las cosas eran de otra manera en el gigante sudamericano. Bajo los gobiernos de Lula y Dilma, Brasil supo ser la sexta economía del mundo y sacar a millones de personas de la pobreza. Había exclusión, había ataques a la libertad de expresión, había discriminación y había un avance más lento, pero sin pausa, de la destrucción de ecosistemas. Sin embargo, ahora es todo mucho más oscuro. La vida en Brasil ya no vale y quien la defienda, corre serio riesgo de perderla.

Es oscuro el Brasil de hoy. Nadie parece entender cómo llegó a eso tan rápido, cómo cayó tan bajo. Las noticias que llegan a los noticieros de Uruguay son pocas y en general tienen que ver con fríos datos económicos que nos hablan de millones de nuevos pobres, caídas de exportaciones y producción industrial, profunda recesión económica. El problema es lo que no vemos, la degradación social que acompaña esa degradación económica: muertes de cientos (CIENTOS) de activistas ambientales y de derechos humanos, sin justicia, sin culpables, sin nombre; niños y niñas literalmente con hambre-nivel-África; violencia exacerbada hacia minorías y sobre todo impunidad, aquí y allá.

¿Cómo llegó Brasil a esto? ¿Cuánto hay de democracia en el país vecino? Es imposible saberlo, las crónicas que llegan desde cualquier rincón -desde la frontera con Rivera hasta el nordeste olvidado, son aterradora- están ahí para quien quiera leerlas o escucharlas. Hasta la Globo, el mayor monopolio mediático opositor a Lula y Dilma, que impulsó su caída más allá de cualquier legalidad, hoy reconoce que lo de este gobierno es “demasiado”.

Mirarse en el espejo de Brasil es reconocer un claro camino que no queremos transitar. Si para algo puede servir la terrible situación del gigante norteño es para alertarnos: los tiempos oscuros, esos que pensamos que nunca volverían, pueden estar aquí mucho más rápido de lo que pensamos. ¿Asustando viejas? Googleá Marielle Franco, Cristian Javá Ríos, Jean Wyllys o leete el informe de Human Rights Watch

“Uruguay no es, nunca fue y no será como Brasil” me pueden decir, y razón no les falta. Pero en nuestra pequeñez y nuestra idiosincrasia calma, hemos sabido cultivar:

  • un candidato a la presidencia profundamente militarista, que ha recibido 47.000 votos en una elección interna (más que Mario Bergara, José Amorín Batlle o Enrique Antía, sin siquiera competencia interna).
  • un Partido Nacional que abrazó la publicidad falsa de la mano de Juan Sartori, que propone el recorte de derechos de la mano de Verónica Alonso, que impulsa la militarización de la seguridad de la mano de Jorge Larrañaga. Todo exactamente igual que Jair Bolsonaro. 
  • una idea creciente de que el sistema político no da respuestas a las necesidades de “la gente”, sin discriminar dentro del sistema político y sin aclarar nunca cuáles son las necesidades y quienes son (somos?) la gente.


No es necesario caer tan bajo. No es necesario entrar en esa larga noche que hoy atraviesa Brasil. Tenemos un espejo gigante bien cerca al norte, que nos muestra un futuro posible. Sólo tenemos que mirarlo.  

***



Más >> ¿Cómo llegó Brasil a Bolsonaro?

El juicio político que destituyó a Dilma Rousseff nada tuvo que ver con acusaciones de corrupción. Sin embargo, Eduardo Cunha, líder en el parlamento del circo llamado Impeachment, cumple hoy una condena de 24 años de prisión por corrupción.

Quien sucedió a Dilma luego del juicio político inventado fue Michel Temer, quien además de empujar al país al precipicio de la pobreza, se encuentra hoy tras las rejas, también investigado por corrupción.

El principal candidato a ganar las elecciones en Brasil, el líder progresista Lula Da Silva fue privado de participar en las elecciones y encarcelado bajo una falsa causa de corrupción (aparentemente el presidente de Brasil era tan fácil de comprar que apenas alcanzaba con un apartamento que nunca fue de él).

Las elecciones fueron ganadas por un candidato que apostó a las Fake News, a la desinformación, al uso ilegal de datos personales y a la represión y el discurso anti política. Su nombre, Jair Bolsonaro. Su ministro de Justicia, Sergio Moro, casualmente el mismo juez que metió preso a Lula, ahora confirmado, sin pruebas y con intenciones.

Venezuela en el espejo


La democracia en Venezuela es un sueño que nadie sueña. El país que soñaron millones y millones de venezolanos es hoy un Estado fallido.

Hay un gobierno que ya no puede decirse democráticamente elegido. Hay una oposición dispuesta a cualquier cosa por llegar al poder. Hay intereses externos que juegan fuerte. La situación de Venezuela, como la de ningún otro país de este hemisferio, se ha metido en el debate electoral de cuanta elección haya habido en la última década. Desde España hasta Argentina, de Estados Unidos a nuestro pequeño país.

¿Por qué es tan importante este país? ¿Por qué nos deben importar las definiciones sobre el mismo de los dirigentes frenteamplistas? ¿Por qué interesa más saber si Venezuela es o no una dictadura para tal o cual candidato? Las respuestas están ahí para quien quiera hacerse las preguntas. Hay políticos que quieren y sienten que pueden sacar algún rédito político a partir de la miserable situación del país caribeño.

¿Esto significa que debemos dejar de preocuparnos tanto por Venezuela y mirar para otros lados? No. La Venezuela Chavista, líder en procesos (y victorias) democráticos, que disminuyó la pobreza y reactivó los procesos de cooperación en el continente a base de su petróleo fue degradando su naturaleza hasta ser hoy un país donde el Estado ejecuta y asina, donde comer es muchas veces un privilegio y vivir una suerte. La injerencia norteamericana y el odio de una clase dominante acumulado en derrota tras derrota electoral fueron empujando al país cada vez un poco más hacia el caos. Falta de alimentos, cortes de energía, circos de ayuda para nada humanitaria y violencia en las calles, siempre violencia en las calles, que mueran los pobres peleando por los ricos.

Ese espiral de violencias que nadie sabe en qué momento exacto comenzó pero que todos parecen querer que termine está hoy profundamente alimentado por países del arco neoliberal latinoamericano, fuertemente apoyados por Washington. También, vale decirlo, está alimentado por un gobierno inepto y que acorralado sólo sabe dañar más y más a su pueblo.

En Uruguay, ningún dirigente político ha osado siquiera insinuar que las medidas económicas o políticas de Venezuela pueden replicarse en el país. Lejos de eso, la orientación de la economía uruguaya y la venezolana han tomado caminos bien distintos. En ese crisol de desigualdades que es Latinoamérica, Uruguay y Venezuela se han despegado para ocupar ambos extremos de todas las listas y rankings. Uno líder en calidad democrática, transparencia, crecimiento, distribución y derechos. Otro convertido en el país más violento, con instituciones más dañadas, con una caída eterna del crecimiento demasiado atado al precio del petróleo.

El gobierno uruguayo, casi en solitario en esta región temporalmente plagada de gobiernos subordinados a Trump, ha logrado, con mucha flexibilidad y mucho equilibrio, insistir en la vía del diálogo para buscar una salida negociada, y sobre todo no violenta, a la situación de Venezuela. A contrapelo de lo que reclaman desde el Grupo de Lima (un club de países americanos alineados detrás o debajo de Estados Unidos), desde Washington o desde las gargantas afónicas de algunos dirigentes de la oposición local en plena campaña electoral, el gobierno, aliado con México, Noruega y un pequeño puñado de países sensatos, insiste con el diálogo, en el entendido de que la violencia sólo traerá más sangre, mucha más sangre para el pueblo venezolano.

El espejo de Venezuela no nos muestra un país como Venezuela. Han pasado 15 años de gobiernos frenteamplistas y ese cuco ya no tiene sentido. Ese espejo, tan oscuro hoy, sólo sirve para conseguir un pequeñísimo rédito a nivel local, un rédito bañado en sangre.

***



Más

El informe de la Oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos apunta a que en Venezuela el Estado es responsable de una enorme cantidad de ejecuciones, omisiones gravísimas en la garantía de los derechos a la vida, la salud o la seguridad personal, habla de cárceles similares al infierno, donde como siempre, las mujeres aún sufren más, habla de hambre en algunos puntos del país y de la dificultad para obtener alimentos prácticamente generalizada. Es un informe brutal por su claridad e impacto y está plenamente enfocado en la labor del Estado/gobierno.

Del otro lado, tenemos un gobierno paralelo y autoproclamado por el líder opositor Juan Guaidó, que responde directamente a Estados Unidos y de dudosa intención pacífica. Tenemos bandas armadas que han causado violencia y muerte en el país desde hace al menos dos décadas y un sector históricamente de clase muy alta que ha hecho lo legal y lo ilegal para tumbar a un gobierno que nunca quiso.

Todo esto, por si fuera poco, sobre un país llenito de petróleo. Mejor dicho: el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. La injerencia extranjera, quieran o no los venezolanos, está y estará a la orden del día.

domingo, 5 de agosto de 2018

Cuadernos por derechos



En menos de un año, todo cambió. Pasaron las elecciones legislativas de medio término y muy rápidamente el velo empezó a caer, casi como en la más obvia de las jugadas de manual.

Primero los despidos masivos y la flexibilización laboral, que no es otra cosa que el recorte de los derechos del trabajador. Luego vino la reforma previsional (recortes para los jubilados) y la salvaje represión. Nos acordamos de Santiago Maldonado, de Milagro Sala, pero esta vez la salvajada era en el microcentro de la capital porteña. No paró ahí, el 2018 comenzó con cierres de escuelas y conflicto con los docentes, como no podía ser de otra forma. De ahí pasamos a la disparada del dólar que dañó aún más el poder de compra tan menguado de los argentinos y para terminar con eso, la vuelta al FMI. Todo esto mientras nos vamos enterando de las offshore del presidente y sus amigos, todo esto mientras nos vamos enterando de cómo María Eugenia Vidal y sus amigos usurparon identidades de los más pobres para lavar dinero en la campaña política, todo esto mientras el presidente Macri anuncia sonriendo que los militares vuelven a las calles.

Pero las jugadas de manual se repiten y parece que una vez más alcanza con globos amarillos, esta vez en forma de cuadernos, testigos con crisis de conciencia, valijas que vacían países en una trama digna de las peores series policiales, pero que surte efecto hasta en los más inteligentes. Antes de que nos demos cuenta, los derechos perdidos, la miseria, el robo y la corrupción imperantes, la represión del Estado, todo, absolutamente todo queda tapado por una historia que ni un niño debería creerse, pero que contada por los grandes medios, una vez más nos hace ver que somos bastante más estúpidos de lo que creíamos.

Mientras tanto, allá está Dilma sin poder ser la presidenta que los brasileños querían que fuera, está Lula preso por un apartamento que nunca tuvo, está Bonadio creando historias para que Cristina Fernández caiga presa de una vez y no pueda participar más en ninguna elección.

Si el espejo enorme de Argentina y Brasil no nos sirve para dejar de hablar de cuadernos como si habláramos del último capítulo de Game of Thrones, si no empezamos a pensar en cuidar los derechos y la vida ganada, el año que viene vamos a pasarla muy mal.

En la otra orilla, mientras luchan por conquistar nuevos y necesarios derechos, los derechos ya conquistados se pierden todos los días. Vos seguís viendo por TN una ficción que ya sabés cómo va a terminar, pero te encanta. Al final, esto de pensar un poco no está haciendo efecto.

martes, 24 de octubre de 2017

No es lo mismo


Uno.

La situación es esta: en Argentina te matan para robarte un par de zapatillas. Hay una generación (al menos) totalmente perdida y el gobierno anterior llenó el país de vagos con planes sociales repartidos por doquier, mientras se robaba todo. Los chorros y asesinos, que casualmente son pobres y violentos, usan a los menores de edad para robar y matar, por lo que una idea sería que se modifique la ley para poder meterlos presos desde chiquitos.

Pero con Cambiemos, las cosas van a cambiar por fin. Llegó un tipo que sabe gestionar (miren qué bien lo hizo en Boca Jrs.) y no va a robar porque (atención) ya es rico y poderoso. El cambio se siente en la calle (sobre todo en los carteles) y el domingo pasado se sintió fuerte en las urnas.

Los dos párrafos anteriores son un resumen del discurso de un chofer de remise que me lleva de una punta a la otra de la ciudad de Buenos Aires, la ciudad que votó, por mayoría abrumadora, a un personaje tan siniestro como impresentable: Lilita Carrió.

La amabilidad del conductor, su porteña simpatía y mi cansancio después de un día intenso me ayudaron a no preguntar opiniones acerca de Santiago Maldonado. Quién sabe qué historia de Walt Disney me podría llegar a contar.

Dos.

“Cristina y Macri son lo mismo: ladrones, demagogos y al final sólo políticos al servicio del un sistema que siempre busca el beneficio de unos pocos sobre la miseria de muchos. No hay diferencias”. Son palabras de amigos y compañeros uruguayos, gente a la que especialmente respeto y admiro. No sé cómo empezar a explicarles que no son lo mismo. Me quedo siempre enredado en maletas llenas de dinero, bóvedas secretas, la grieta, el populismo, los piquetes y las medidas comerciales antipáticas para Uruguay. Me frustro. No puedo explicarles que no son lo mismo.

En un apartamento cerca del Abasto, entre vinos y gatos y proyectos, me encuentro con alguien que compartiendo mi frustración sin saberlo me reconforta.

Tres.

Me despierto viendo a Macri bailar en la pantalla de la televisión, al centro de la imagen. Detrás de él las mujeres: Vidal, con su imagen virginal haciendo palmas, Michetti esforzándose por entrar en cuadro y la esposa del presidente intentando seguir la frenética coreografía del presidente. Pienso en Mercedes Vigil horrorizada por la apariencia de Mujica y Topolansky. ¿Qué pensará de un Jefe de Estado haciendo este bailecito pelotudo? Podés bailar Mauricio, pero no así ni ahí por favor.

Busco en la pantalla al ganador de la noche en la provincia de Buenos Aires, Esteban Burllich. Es difícil encontrarlo en el escenario, está al fondo, casi como de adorno, como en el resto de la campaña. Lo veo triste, no sé porqué me da esa sensación. Tal vez esta triste porque va a ser senador y no podrá cumplir su sueño de convertirse en gerente de recursos humanos para las grandes empresas como Ministro de Educación. Fuerte. No son lo mismo me digo y me dispongo a salir a la calle en la mañana siguiente a las elecciones legislativas.

“Gracias vecinos” rezan los carteles que decoran la ciudad con la cara angelical de María Eugenia Vidal. No entiendo porqué la gobernadora de la provincia empapela la ciudad. Supongo que será la próxima candidata a presidenta de Cambiemos. No son lo mismo me repito.

Epílogo.

Ella tiene en contra al poder económico, al poder mediático, al poder judicial y ahora a toda la maquinaria estatal. Él la tiene a ella en contra. El que no vea la diferencia entre ellos dos, no la va a ver por más que escriba 10.000 páginas y me quede sin voz de tanto argumentar.


El tiempo dará razones. Posiblemente para ese entonces ya sea tarde para muchos. No es uno o el otro, pero no son lo mismo. Decir que lo son, es estar jugando (queriendo o sin querer) para un lado. 

domingo, 6 de agosto de 2017

Entre gigantes idiotas

Hay cierto aire de alivio y hasta triunfalismo en ciertos sectores del oficialismo uruguayo. Nos vemos como un oasis en el medio de una tierra llena de desastres. El avance de la derecha en la región no pudo con nosotros. Crecemos, mientras los vecinos sucumben. Hacemos un poco de alarde – siempre con la (falsa) humildad que nos caracteriza – sobre nuestra envidiable situación de estabilidad política y económica mientras el resto del continente se sacude.

Pero no estamos aquí para hablar de nosotros. Nuestra fragilidad es tal, que cualquier soplo de nuestros vecinos, por más que juremos que hemos ganado una independencia total, puede dejarnos otra vez en la miseria. Si algo hemos visto en los países vecinos, es que todas las construcciones que parecían sólidas y que tomaron más de una década para levantarse, no son casi nada ante la restauración del paradigma neoliberal.

Tomemos un instante para observar a los vecinos. Parece que estamos rodeados de dos gigantes idiotas, tal vez algo ebrios o bajo los efectos de algún calmante que los deja brutos, sin mayor habilidad para moverse o razonar. Son, de todas maneras, los dos gigantes del barrio, y por más que estén cortos de pensamiento o lucidez, siguen marcando el ritmo.

En Brasil las cosas no podrían ser más extrañas. ¿Han visto imágenes o videos sobre las sesiones de impeachment a la presidenta Dilma Rouseff? Es difícil creer que la que hace pocos años era la quinta o sexta mayor economía global esté en este lugar tan oscuro. El diputado que lideró el quiebre institucional está preso por años, hay videos y audios que muestran claramente cómo el actual presidente Michel Temer ordenó pagar sobornos y coimas, hay discursos fascistas gritados a viva voz en los micrófonos del congreso más triste del mundo y sin embargo, las cosas no parecen que vayan a cambiar.

Argentina ha vuelto a los noventa con una velocidad que asombra. Más de un millón de personas arrojadas a la pobreza en apenas un año (la mayoría de ellos son niños), un costo de vida que se ha disparado a las nubes y un presidente -en este caso, mal que le pese a los argentinos- elegido democráticamente, que no para de vender humo.

Las estrategias son y van a ser similares. Compren pop y siéntense a ver. Los intereses de las clases dominantes, siempre de la mano de Washington, apuntalados por un sistema judicial totalmente flechado y siempre decorado con hermosos colores, eslóganes y “noticias” por los grandes medios de comunicación.

En Argentina, el aparato publicitario de Macri funciona a la perfección hasta el momento. Hay todavía, a casi dos años de la asunción del nuevo presidente, muchos argentinos que creen que su actual situación es sólo un “sinceramiento de la economía”, un mal que hay que atravesar por culpa de los K para llegar al paraíso de la pizza y el champagne, de Miami y del desarrollo prometido. No importan los puestos de trabajo destruidos, no importa el sector informal, las reglas de juego que cambian y vulneran a los de abajo, no importa la cuenta del gas o de la energía. No importa todo eso. Se sienten parte del cambio, pero son parte de una simple campaña publicitaria, y cuando los focos se apaguen, nada bueno les espera. Mientras tanto pueden entretenerse comentando los últimos vestidos de Juliana Awada.

En Brasil, las cosas son acaso más oscuras. Aquí los millones bajo la línea de pobreza crecen día a día mientras el país es gobernado por un criminal. La potencia del continente se sigue sumergiendo en los recortes, la exclusión, el deterioro político y la represión violenta a cualquier tipo de manifestación contraria al gobierno.



Hay algunas cosas que tienen en común los dos gigantes idiotizados. Por ejemplo, eso que llaman “flexibilización laboral” y que básicamente significa que se cambian fuertemente las reglas de juego en el mundo del trabajo, para quitar derechos a los trabajadores y aumentar los beneficios de los empresarios. Despidos sin efectos secundarios, contratos basura, salarios deprimidos, mayores obligaciones para los trabajadores, mayor carga horaria, en fin, más explotación.

También tienen en común una estrategia bien planteada de avance de procesos judiciales que impidan un resurgimiento de los sectores políticos que sacaron a millones de argentinos y brasileros de la pobreza en los últimos 15 años. Pueden apostar que habrá coloridos procesos judiciales en contra de Lula Da Silva y Cristina Fernández, una y otra vez, hasta que ambos queden fuera de juego. Son hoy, los principales objetivos de la derecha restauradora.

Y luego está, como siempre, el bombo mediático. Mientras muestran a Lula esposado o cuentan el cuento de una ruta de maletines con dinero pergeñada por la maléfica Cristina, mientras llenan la pantalla de lucecitas de colores, roban lo que es de todos, recortan derechos, vulneran aún más a los más vulnerables, invisibilizan  a las manifestaciones, y a la protesta que no descansa pero se desinfla.

Hace muy poco leí con sorpresa que la suspensión de Venezuela del Mercosur era “una victoria política de Macri”. Así cuentan la historia. No reconocen que la suspensión de Venezuela del Mercosur es una victoria principalmente de Washington, que hoy juega con los gigantes idiotizados a piacere. Hay, realmente, muchos argentinos que creen que con su actual presidente la posición de su país en el concierto mundial ha mejorado. Desde afuera, lejos de las luces y la pirotecnia del PRO, no se entiende tal nivel de ceguera.

Mientras tanto, las grandes masas se dividen, se miran con odio. Las clases medias se aferran con uñas y dientes a los pequeños placeres de la compra en cuotas y le sueltan la mano a una masa cada vez más grande y cada vez más pobre, que ya les resulta demasiado pesada. Mejor no verlos. El slogan de los noventa que vuelve con vigor una vez más. En esa división, radica gran parte del éxito del discurso neoliberal de Macri y Temer, por más que vendan un discurso vacío de unión entre compatriotas.

En las calles los que protestan no son suficientes y cada vez se escucha menos de ellos en los medios. Las ollas populares reaparecen en los barrios pobres a los que no llega el noticiero. Y los gigantes, idiotizados, casi cual marionetas, se mueven torpes destruyendo lo que hace poco parecía ser un barrio pujante, pero que hoy se vuelve a parecer más a un patio trasero de alguna gran potencia.
   



martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas. 

jueves, 13 de abril de 2017

Qué nos está pasando

En los últimos años, los gobiernos progresistas de la región están dando serias señales de agotamiento. 








La corrupción tomó a los gobiernos de Brasil, Argentina y Venezuela casi tanto como había tomado a los gobiernos neoliberales de los 90. Además, se ha avanzado en muchos casos hacia una desconexión con movimientos sociales y en algunos casos se ha dado lugar a acciones por demás autoritaritas (represión a movimientos campesinos, poblaciones indígenas, o barrios pobres).

Para ser más claros: no se puede defender la falta de seriedad institucional del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Tampoco poner las manos en el fuego por Cristina Fernández y sus negocios turísticos e inmobiliarios en el sur de Argentina. Defender la inexistencia de corrupción en las cúpulas del Partido de los Trabajadores en Brasil es un despropósito. Podemos decir claramente que las declaraciones sobre la homosexualidad y las hormonas en los pollos de Evo Morales son de una ignorancia inimaginable para un jefe de Estado del siglo XXI. Y podemos condenar la represión de poblaciones indígenas por parte de las fuerzas del orden del gobierno de Rafael Correa en Ecuador.

¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?
Esa parece ser hoy la mayor interrogante.

Estados Unidos está desplegando una política exterior intervencionista desde hace años que busca recuperar el peso perdido después del NO al ALCA, con la OEA como principal espacio multilateral de acción y el avance (muchas veces a prepo) de gobiernos neoliberales alienados con los principales grupos de poder locales.

Tener dudas de esto es como dudar que la institucionalidad venezolana esté dañada. De nada vale apuntar sólo para un lado.

Que Washington haya alentado los golpes blandos que voltearon gobiernos en Brasil, Paraguay y Honduras y que lo intentaron en Ecuador, Bolivia y Venezuela no debe ser sorpresa para nadie. Son las reglas de un juego que a veces el progresismo latinoamericano parece ni siquiera saber que está jugando. En el subcontinente, los hijos de los que siempre fueron ricos, están volviendo al poder (al poder político, porque el económico nunca lo perdieron del todo, no seamos ingenuos).

Vuelvo una vez más a la pregunta que debe estar desvelando a cualquier pensador de izquierda. ¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?

Lo primero debería ser disputar la construcción del relato y dejar de subestimarla.

Nos importa más saber las alternativas de juicios armados contra Cristina Fernández que las cifras de desempleo, costo de vida y pobreza que revientan en Argentina.

Nos interesa Venezuela, pero no nos interesa Paraguay o México, democracias mucho más dañadas y vulneradas.



No le damos relevancia a que la derecha ecuatoriana no reconozca al gobierno electo por voluntad popular legítimamente, tampoco le dimos relevancia al hecho de que el diputado que orquestó el juicio político contra Dilma está hoy preso por corrupción, ni que Temer corra riesgo de ser enjuiciado mientras le hace los mandados a Estados Unidos. No nos interesa lo que sucedió en Curuguaty ni los paramilitares fascistas de Álvaro Uribe en Colombia. No hablamos de la lista interminable de intentonas golpistas de la oposición venezolana, ni las acciones empresariales directamente montadas para generar desabastecimiento, descontento y finalmente desestabilización y mucho menos de la compra de votos por parte de los diputados electos en el Estado de Amazonas. No nos preguntamos dónde están las miles de personas que salieron a las calles en Brasil para reclamar supuestamente por el fin de la corrupción (gracias Globo) o en Argentina para reclamar por el fin de la grieta (gracias Clarín).

La agenda de la derecha, dueña de los viejos medios de comunicación y alineada con Washington  nos obliga entonces a hablar del crecimiento sostenido de la economía paraguaya, de lo que dice un personaje tan desacreditado como Luis Almagro, del palabrerío cruzado entre Maduro y Vázquez, de la mesa de Mirtha Legrand con Macri y su hermosa esposa llena de slogans. 

Pero la construcción de un nuevo relato no basta. Hay que tener siempre muy presente que el kirchnerismo nació con Néstor y Cristina, Alianza PAIS con Correa, el chavismo con Chávez, el PT nunca tuvo peso hasta Lula y el MAS no existía antes de Evo Morales. Los caciques no alcanzan. Hay que hacer partido, hay que hacer fuerza política y sobre todo, hay que hacer conciencia.  En esto, los sectores sociales, que en mayor o menor medida se han visto favorecidos durante lo que va de este siglo, tienen mucho por hacer. Hacer para evitar grandes retrocesos en los terrenos ganados (que rápidamente ya se están perdiendo) y fundamentalmente para construir nuevas formas de democracia que realmente los representen. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Estamos durmiendo


Y no pasó nada. No al parecer. Me levanté, llegando al mediodía me conecté a Internet y vi tal vez el último discurso como presidenta. Por la calle nadie llevaba ninguna señal de haberlo notado siquiera. Las bolsas de compras en la principal avenida, el tráfico fluido, la gente quejándose del frío y de la acumulación de días grises. En el trabajo tampoco, ni la más mínima palabra. De noche revisé los principales medios locales para confirmar que no era un sueño. Entre detalles de un importante partido de fútbol por la Copa Libertadores, envueltos en frialdad y sin arriesgarse a ser claros, los medios me confirmaron la noticia.

Pensé en los que estaban en la calle esperando gritar goles. Pensé en la oficina. Pensé en una madre que vi por la mañana arrastrando a su niña a la escuela. A ninguno le importaba nada. No había signos de tristeza, de batalla perdida, de injusticia. A lo sumo se preocuparon por el empate de locatario, por las cuentas que se acumulan y cada vez cuesta más pagarlas, por el frío que no da tregua.

Entré en las redes sociales para saber si alguien había acusado recibo. Era como un diálogo de sordos. Mientras unos sufrían por el mayor golpe a la democracia latinoamericana de los últimos 30 años, otros eufóricos hablaban de fútbol y los de siempre, publicaban fotos de gatitos o frases inspiracionales.

La batalla la perdimos todos. En Brasilia, en Buenos Aires y en Montevideo. Hay que revisar todo lo que se hizo mal en estos años, pero las responsabilidades no son de Lula o de Dilma, son de todos. Sí, tuyas y mías también. Por eso me duele.

Perdimos una democracia y yo no tenía nadie con quién abrazarme a llorar, porque nadie acusaba recibo del golpe.

La perdimos porque seguimos escuchando siempre las mismas voces prefabricadas de los poderosos, desde la radio y la TV, repitiendo una y otra vez boludeces para que no nos pongamos loquitos. La perdimos porque tenemos un canciller que tiene miedo de decir golpe de Estado, porque es más de ellos que nuestro.

Y mientras estamos mareados discutiendo si fue o no fue un Golpe, buscando botas de militares dónde en realidad hay solamente diputados corruptos, ellos ya nos están desarmando la alegría, ya nos están pegando en la dignidad, devolviendonos a la miseria.

En pocas horas volaron ministerios, programas sociales, herramientas para contener los embates de una economía que no le tiene piedad a los más pobres. Voló todo. A lo Macri diría yo.

Porque lo que pasó en Brasil no es indiferente a lo que pasó en Argentina. Y lo que va a pasar tampoco.

En Argentina ya no tienen tiempo de ver la telenovela de Lázaro Báez para comentarla al otro día con los vecinos. No tienen tiempo, porque están muy ocupados intentando sobrevivir en una economía que se hunde para bien de unos pocos. No tienen tiempo porque están una vez más buscando trabajo desesperados como hace 15 años. No tienen tiempo porque tienen que ir a hacer la fila para recibir un plato de comida en una olla popular.

Fueron 15 años de correr a los ricos. No los corrimos lo suficiente. Y los ricos volvieron. Volvieron y quieren recuperar el tiempo perdido, lo que les negamos en todos estos años, lo que dejaron de ganar, lo que no les dimos.

El problema es que estamos dormidos. La mujer que iba con la niña por la avenida, el compañero de oficina, el pibe que fue a ver el partido a la tribuna más barata, estamos todos del mismo lado. Del lado de los que pierden. Como ya están perdiendo los argentinos, como perdieron los brasileros.

No se cayó Internet. No cancelaron Showmatch. No levantaron la última novela de Globo. Nos dieron un golpe. Y ni siquiera nos dimos cuenta.

jueves, 21 de abril de 2016

Golpes



Una de las diez mayores economías del mundo con más de 200 millones de habitantes. Uno de los países (sino no es él país) con mayores riquezas en recursos naturales: una selva, un reservorio de agua, tierra fértil y venas llenas de petróleo y minerales.

Cuando asumió Lula, en 2003, uno de cada cuatro brasileños era pobre. La pobreza en Brasil, bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cayó de más de 25% a casi 7%. Esto es: más de 25 millones de personas dejaron la pobreza atrás.

Pero todo el crecimiento económico y el combate a la pobreza no alcanzaron, nunca alcanzan. No se reformó la Constitución, no se reformó el Poder Judicial y no se reformó la realidad del poder mediático. Tampoco se combatió de forma eficaz la corrupción, que aprovechó las inmensas ganancias del Estado registradas en los últimos años. Vale aclarar que se trata de una corrupción sin partido político, o mejor dicho, con todos los partidos políticos, especialmente los que hoy claman para destituir a la presidenta, Dilma Rousseff, ella sí, al menos hasta ahora, libre de toda sospecha de corrupción.

No es nuevo esto. Ya pasó en 2009 en Honduras, ya pasó en 2012 en Paraguay. Se intentó en Ecuador, en Bolivia y en Venezuela. América Latina ha hecho historia en estos últimos 15 años con golpes e intentos de golpes “blandos”. ¿Pensamos que sacar a más de 50 millones de personas de la pobreza no le iba a molestar a nadie? Ahora, lo que sucede, es que el golpe se le da al mayor país de la región.

Ya no son tanques en la calle ni militares en el poder. Por ahora ya no son necesarios, o mejor dicho, efectivos. Ahora son llamadas de algunos poderosos empresarios a diputados corruptos, es un operativo mediático que lleve gente descontenta a la calle, son unos jueces comprados que sigan el juego y ya está casi todo pronto. La infamia de juicio político ya está casi en movimiento.

Tomar nota: Meterse con algunos intereses de las clases dominantes puede ser complicado, no hacerlo puede resultar fatal, para la democracia y para los gobiernos que buscan combatir la pobreza y sobre todo la desigualdad.

Claro que los partidos políticos que defienden los intereses de las clases dominantes, los siempre borrosos intereses empresariales y transnacionales, los medios casi monopólicos que pertenecen a esos intereses, los jueces cómplices, pueden hacer mucho ruido. Pueden hablar de grietas en la sociedad con la liviandad de alguien que nunca vivió o tuvo que ver con la crisis de 2002, pueden tildar de radical (y ojo con tener ideas radicales en un mundo que aplaude la moderación inmovilizadora) cualquier intento por reformar una constitución, aprobar una ley de medios o revisar el funcionamiento del Poder Judicial. Pueden voltear un gobierno, sin que casi te enteres.

En Brasil lo que sucede es claro. Hay un golpe de Estado en marcha. En una década en el gobierno, el PT no ha logrado (ni siquiera intentado) modificar la constitución, crear un marco normativo más justo en materia de medios, reformar o revisar el Poder Judicial o atacar a la corrupción en el ámbito público y en el privado. Sin eso, todas las victorias en el terreno de los derechos penden de un hilo.

Nosotros, aquí, en Uruguay, vemos lo que pasa casi como si estuviéramos viendo una más de las telenovelas de Globo. Lamentablemente, no estamos pensando en que lo que pasó allá, con otros colores y otros actores, puede pasar aquí mañana. Actuar en consecuencia, a esta altura, parece un sueño inalcanzable.

domingo, 10 de enero de 2016

La oportunidad y la crisis

Un año que tuvo mucho olor a transición. Alguien parece haber mojado los fuegos artificiales del progresismo latinoamericano, que desde hace más de diez años está iluminando los cielos de la región.

Ya no está Lula, ni Néstor, ni Chávez. Bachelet y Vázquez vuelven pintados de centro izquierda, de social democracia, de conservadurismo. Evo Morales y Rafael Correa se van desgastando con los años, como todo. Antes de irse, o de gastarse, sacaron a millones y millones de latinoamericanos de la pobreza. Ya nada será igual en este continente, le pese a quien le pese.

Como hubo un antes y un después de los terribles golpes de Estado en la región en los 70, como hubo un antes y un después de los desastrosos intentos neoliberales de las derechas en los 90, el nuevo milenio marcó un antes y un después con una etapa de progresismos en la región que se centró en revertir la extrema pobreza generada por los procesos anteriores, en brindar voz a quienes nunca la habían tenido (mujeres, indígenas, minorías raciales, sexuales, las clases más oprimidas, las víctimas de las dictaduras) y pregonar la unidad regional por sobre la tradicional relación de metrópoli-colonia.

Elegimos a esos gobiernos, los sudamericanos, para que nos saquen de la pobreza y la recesión, para que nos ayuden a eliminar las desigualdades endémicas de este continente, para que implanten una mejor forma de gobernar, más justa, más limpia, más humana.

El éxito o el fracaso que tuvo cada uno de los gobiernos progresistas de la región te corresponde medirlo a vos.

En las urnas, hasta 2014, las mayorías reafirmaron una y otra vez (salvo algunas aisladas excepciones) a los gobiernos progresistas en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Uruguay y Venezuela y dieron señales aisladas en el mismo sentido en Perú, Paraguay y Colombia. Pero todo eso puede que ya sea historia.

En 2015 llegó Macri a Argentina y la Venezuela de Maduro perdió las elecciones legislativas a manos de la oposición de derecha. ¿Qué nos queda esperar en este año que comienza? Los gobiernos progresistas en América del Sur nacen de la crisis, no de la bonanza. Y lo que nos espera en este año que comienza no es bonanza, sino un duro enlentecimiento de nuestras economías.

En estos más de diez años en el poder los gobiernos progresistas no han podido cambiar realmente el modelo económico, no han querido o no han logrado poner un freno a la concentración del capital o a la extranjerización de la tierra, no han alcanzado suficiente incidencia sobre el poder mediático funcional siempre a la derecha y poco éxito han tenido en correr a la región de su rol de simple exportador de materias primas en el concierto global.

Pero los sudamericanos ya no somos los mismos que en el 2000. La mezcla de bonanza económica y gobiernos progresistas hizo que la pobreza pasara de 44% a 28% en el continente en apenas 12 años. Ese proceso amenaza con revertirse. Los precios internacionales ya no son tan excepcionales y los resultados de algunos gobiernos progresistas ya no son tan buenos, acosados por la inflación y la corrupción que había sido antes patrimonio de las derechas.

Hay dos luchas que, en palabras del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, deben profundizarse: hegemonía y constitución. Los cambios llevados adelante por los progresismos sudamericanos no sobrevivirán en el tiempo si no hay nuevas constituciones que marquen en la letra de ley la inclusión de los antes excluidos, las nuevas nociones de nación, de democracia participativa y representativa y la defensa de los recursos de todos. Tampoco sobrevivirán al tiempo si no hay una disputa directa con los sistemas hegemónicos, en la educación, en los medios de comunicación de masas y en los nuevos medios alternativos, en la investigación científica, en la academia, la cultura, el entretenimiento y en el sector productivo.

Las nuevas izquierdas europeas aprendieron mucho de lo que las sudamericanas tenían para decir. Tal vez es hora de que nosotros empecemos a ver allí en el Sur de Europa algunas lecciones importantes.

Para que todo lo construido por los gobiernos progresistas en los últimos 15 años sirva, esos gobiernos y fuerzas políticas, que ahora parecen en retirada, deben mutar drásticamente, recuperar los fuertes lazos perdidos con las izquierdas sociales, desterrar la corrupción y plantear confrontaciones más inteligentes (con discursos actualizados) en los campos de batalla (hegemonía y constitución).

La derecha construye al mejor candidato pop. Te va a decir que hablar de derecha e izquierda ya fue, que la confrontación debe quedar en el pasado, que juntos, en una inmensa burbuja de jabón, podemos cambiar. Te va a decir nada, pero te lo va a decir lindo. Es que la derecha está frente a su mayor oportunidad de retornar al poder en las últimas dos décadas. La izquierda debería notar que también está ante una oportunidad única, sería una pena que la ceguera nos quite lo logrado.