domingo, 26 de junio de 2022

Un poco (más) de autocrítica

 

¿Por qué perdió el Frente Amplio las elecciones del 2019? 37.042 votos lo separaron de la victoria, una cantidad bastante pequeña para el caudal electoral del Uruguay. Con esa diferencia tan ajustada, cualquier razón parece ser razón suficiente para inclinar la balanza.


Una administración con magros resultados, la erosión típica de un partido político cuyos gobiernos se extienden por más de una década, el escándalo de Sendic y su renuncia a la vicepresidencia o un candidato con fuertes falencias y una campaña mediocre. Todos estos factores juntos seguramente y alguno más.


Pero no es la idea realizar una autocrítica y evaluación profunda de todas las acciones u omisiones que llevaron al Frente Amplio a la derrota. Para eso está el documento que la misma fuerza política generó y publicó. Este artículo busca centrarse en la campaña de comunicación y política que se llevó adelante por parte del candidato, su equipo y la fuerza política.


En esa área, el documento del Frente Amplio antes mencionado señala que “es evidente que una campaña electoral perdedora no puede calificarse de exitosa. Se deben identificar los errores para intentar no volver a repetirlos, pero evitando a toda costa caer en personalizaciones, buscando ubicarse siempre en la perspectiva del aprendizaje para fortalecer a la fuerza política y a sus integrantes…” y agrega que “La calidad de la propaganda electoral fue errática, y lo mismo sucedió con sus finanzas y organización”. Interesante.


La campaña de comunicación, que el Frente Amplio aún considera “propaganda electoral”, no sólo fue errática, fue un factor con el que las y los militantes de todo el país tuvieron que cargar como una pesada mochila. También lo fueron las definiciones “políticas” de la campaña: el triste caso de la vicepresidencia, el llamado a Astori y Mujica luego de la primera ronda, la exclusión de sectores y líderes de todo ámbito de participación y un triunfalismo totalmente exagerado creado alrededor de la figura de Daniel Martínez, quien, casi tres años después, parece ser quien pagó la cuenta por todos los demás.


La ceguera de la mayoría de los sectores que impulsaron la candidatura de Martinez a la Presidencia en la interna frenteamplista es tal, que se extendió luego de la derrota hasta impulsar su candidatura a la intendencia semanas después de que el propio Martinez hubiese descartado esa posibilidad. Da la sensación que no entendieron nada.


No hay públicamente ningún tipo de autocrítica con respecto a la campaña por parte de quienes la lideraron: ni el equipo que rodeó a Martínez, ni Enrique Rubio, ni Danilo Astori, ni Cristina Lustemberg, ni Álvaro García, ni Rafael Michelini,, ni sus sectores. Otra vez: quien parece haber pagado todos los platos rotos es el propio Martinez. Es difícil procesar una autocrítica real así.


Desde el punto de vista estrictamente comunicacional, la campaña fue seguramente la peor del Frente Amplio en al menos dos décadas. Desde el punto de vista de la comunicación política, el accionar fue demasiado torpe. 


Sin una autocrítica profunda sobre estos puntos, solo podemos cruzar los dedos y esperar que la candidata o el candidato que gane las internas tenga mejor tino, reciba mejores consejos y cuente con herramientas de comunicación más sólidas. Dejarlo a la suerte puede costar demasiado caro, enfrente hay gente que sabe jugar el juego. 

domingo, 12 de junio de 2022

Gobierno premium y gobierno trash

La estrategia de comunicación post pandemia del gobierno.





En marzo de este año, el gobierno de la coalición multicolor cumplió dos años y se acerca a la mitad de su recorrido. Con la pandemia (por ahora) en el retrovisor y la vuelta a la normalidad, la estrategia de comunicación de la Torre Ejecutiva cambió y ya puso su mirada en las elecciones de 2024.


En la comunicación del gobierno, las definiciones del presidente y su partido, el Nacional, parecen marcar la cancha, y poco queda de espacio para integrar a los dos principales partidos que le aportaron votos e integran su gabinete: el Partido Colorado, que nunca pudo recuperarse de la temprana tirada de toalla de Ernesto Talvi, y Cabildo Abierto, cada vez más alejado de las definiciones del presidente. 


En la Torre Ejecutiva se definen dos líneas más o menos claras de comunicación: el gobierno trash y el premium. Dos manos que trabajan al mismo tiempo y bien coordinadas, pero con tareas bien diferentes, mientras una pega y busca llamar la atención permanentemente marcando agenda, la otra acaricia, se llama a silencio en los conflictos y se muestra simpática, hasta afable. 


En el gobierno trash están quienes no tienen más que esperar por un cargo concedido a partir de 2024: la senadora Graciela Bianchi, los ministros Luis Alberto Heber, Javier García y Pablo Mieres, y algunos otros senadores de menor monta como Sebastián Da Silva o Gustavo Penades.


El gobierno trash tiene como objetivo marcar agenda y correr el debate de los temas que más deberían importarnos: la deteriorada situación económica, los campos en donde las promesas ya se sabe que no se cumplirán (no habrá cientos de nuevos liceos, mucho menos cientos de miles de viviendas). Cuando el sol es demasiado grande como para taparlo con un dedo, como en el tema seguridad, entonces el gobierno trash está orientado a crear barro y, con suerte, hacer que la oposición se revuelque en él también.


El gobierno premium en cambio, recorre el país con sonrisas y cortes de cintas innecesarios, da charlas y participa de festivales, intenta mantenerse alejado de todo tipo de polémica y no se hace cargo de absolutamente nada. Son los cuidados, los premium, los que pueden llegar a competir en 2024: Álvaro Delgado, Laura Raffo, Sergio Botana, Martín Lema y hasta hace unos días al menos, también Beatriz Argimón. 


¿Es extraño que Raffo no haya dicho prácticamente nada sobre el proyecto fantasma de isla en las costas de Montevideo y si lo haya hecho Bianchi? ¿Es raro que Delgado ya casi no hable de seguridad o de empleo o de violencia o de pobreza? La estrategia parece clara, guarden sus fichas para las elecciones, que el trabajo sucio lo hace el gobierno trash. 


Aún en estos momentos, desde el gobierno se está evaluando el impacto que tuvo la semana pasada, el exabrupto de la vicepresidenta durante la interpelación al Ministro del Interior, que podría convertirla en parte del gobierno trash y obligarla a abandonar el sector premium. Al parecer su suerte no está echada, y el favor enorme que le hizo el Frente Amplio en senadores con su tibia respuesta, pueda haber terminado de salvarla. ¿Por cuánto tiempo? No lo sabremos. 


Desde el arco opositor, en todos los niveles, desde la dirigencia política, el campo social y la militancia en general, parece aún no haberse entendido del todo esta estrategia que lleva adelante el gobierno en su comunicación y eso, más que nada, es lo que hace que la estrategia funcione.