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domingo, 12 de junio de 2022

Gobierno premium y gobierno trash

La estrategia de comunicación post pandemia del gobierno.





En marzo de este año, el gobierno de la coalición multicolor cumplió dos años y se acerca a la mitad de su recorrido. Con la pandemia (por ahora) en el retrovisor y la vuelta a la normalidad, la estrategia de comunicación de la Torre Ejecutiva cambió y ya puso su mirada en las elecciones de 2024.


En la comunicación del gobierno, las definiciones del presidente y su partido, el Nacional, parecen marcar la cancha, y poco queda de espacio para integrar a los dos principales partidos que le aportaron votos e integran su gabinete: el Partido Colorado, que nunca pudo recuperarse de la temprana tirada de toalla de Ernesto Talvi, y Cabildo Abierto, cada vez más alejado de las definiciones del presidente. 


En la Torre Ejecutiva se definen dos líneas más o menos claras de comunicación: el gobierno trash y el premium. Dos manos que trabajan al mismo tiempo y bien coordinadas, pero con tareas bien diferentes, mientras una pega y busca llamar la atención permanentemente marcando agenda, la otra acaricia, se llama a silencio en los conflictos y se muestra simpática, hasta afable. 


En el gobierno trash están quienes no tienen más que esperar por un cargo concedido a partir de 2024: la senadora Graciela Bianchi, los ministros Luis Alberto Heber, Javier García y Pablo Mieres, y algunos otros senadores de menor monta como Sebastián Da Silva o Gustavo Penades.


El gobierno trash tiene como objetivo marcar agenda y correr el debate de los temas que más deberían importarnos: la deteriorada situación económica, los campos en donde las promesas ya se sabe que no se cumplirán (no habrá cientos de nuevos liceos, mucho menos cientos de miles de viviendas). Cuando el sol es demasiado grande como para taparlo con un dedo, como en el tema seguridad, entonces el gobierno trash está orientado a crear barro y, con suerte, hacer que la oposición se revuelque en él también.


El gobierno premium en cambio, recorre el país con sonrisas y cortes de cintas innecesarios, da charlas y participa de festivales, intenta mantenerse alejado de todo tipo de polémica y no se hace cargo de absolutamente nada. Son los cuidados, los premium, los que pueden llegar a competir en 2024: Álvaro Delgado, Laura Raffo, Sergio Botana, Martín Lema y hasta hace unos días al menos, también Beatriz Argimón. 


¿Es extraño que Raffo no haya dicho prácticamente nada sobre el proyecto fantasma de isla en las costas de Montevideo y si lo haya hecho Bianchi? ¿Es raro que Delgado ya casi no hable de seguridad o de empleo o de violencia o de pobreza? La estrategia parece clara, guarden sus fichas para las elecciones, que el trabajo sucio lo hace el gobierno trash. 


Aún en estos momentos, desde el gobierno se está evaluando el impacto que tuvo la semana pasada, el exabrupto de la vicepresidenta durante la interpelación al Ministro del Interior, que podría convertirla en parte del gobierno trash y obligarla a abandonar el sector premium. Al parecer su suerte no está echada, y el favor enorme que le hizo el Frente Amplio en senadores con su tibia respuesta, pueda haber terminado de salvarla. ¿Por cuánto tiempo? No lo sabremos. 


Desde el arco opositor, en todos los niveles, desde la dirigencia política, el campo social y la militancia en general, parece aún no haberse entendido del todo esta estrategia que lleva adelante el gobierno en su comunicación y eso, más que nada, es lo que hace que la estrategia funcione.

lunes, 15 de marzo de 2021

La salud y el sistema

Ya pasó un año desde que se confirmaron los primeros casos de COVID-19 en Uruguay, pero este no es un artículo sobre Coronavirus.

El país transitó por la pandemia con mejor o peor suerte mes a mes, sin llegar a confinar obligatoriamente a la población. Sin embargo, aislamiento y distanciamiento fueron dos términos que marcaron nuestra vida en este año eterno.


La pregunta que sigue sonando en el fondo de mi cabeza y que aún no he logrado contestar es si las medidas que tomó el gobierno y las que tomamos cada uno de nosotros en este paradigma de “libertad responsable” apuntaban más a cuidar nuestra salud o a cuidar nuestro Sistema de Salud.


Antes que nada, vale decir que tenemos en Uruguay un Sistema de Salud mucho mejor que el de casi la totalidad de los países de América y porqué no, del mundo. Una razón más para sentirnos orgullosos. Cualquier estudio más o menos serio confirma este enunciado. Sin embargo, no creo que tengamos un gran Sistema de Salud, y este año, eso ha quedado más claro que nunca.


Vuelvo a mi pregunta: ¿hicimos lo que hicimos (y dejamos de hacer lo que dejamos de hacer) para cuidar nuestra salud? ¿O para cuidar a nuestro Sistema de Salud? Las medidas de aislamiento y distanciamiento que adoptamos estaban dirigidas a cuidar a las personas más frágiles ante la nueva enfermedad, pero sobre todo, cuidar a un Sistema de Salud que puede colapsar mucho más fácilmente de lo que imaginamos, si el número de casos (sospechosos y confirmados) se disparaba.


Quienes trabajan en ese Sistema se transformaron en héroes y heroínas (aquí y en gran parte del mundo) y sufrieron de forma directa las repercusiones de cada medida tomada o no tomada por cada gobierno.


En Uruguay, hasta el momento el Sistema de Salud no colapsó (vean las noticias que llegaron y llegan desde España, Italia, Estados Unidos o Brasil). ¿Pero cuánto cuesta evitar eso? ¿Cuidamos la salud de los uruguayos y las uruguayas?


Aquí la cosa se pone oscura: no hay información real sobre el impacto de esas medidas que nos impusieron a veces y nos auto impusimos muchas otras. Tenemos un monitor casi en tiempo real que nos dice cuántas personas se enferman de COVID-19, cuántas se recuperan y cuántas mueren. Sabemos cuántas camas de cuidados intermedios e intensivos hay, también cuántos ventiladores. Cada día actualizamos las cifras de tests realizados y el personal del Sistema de Salud afectado. Ahora también, seguimos en tiempo real las etapas de vacunación. Pero estamos completamente en las sombras cuando de los efectos que tienen el distanciamiento y el aislamiento en las personas se trata.


¿Cómo es posible discutir sobre las medidas a tomar si no sabemos los efectos que estas generan? Voy con algunas consecuencias de estas medidas que son claramente visibles pero sobre las que aún no tenemos datos certeros:   


Diagnósticos médicos que llegan tarde, enfermedades que no se descubren o tratan a tiempo, generando enormes problemas de salud y en casos, muertes evitables.


Afectación en la salud mental de las personas. Afortunadamente cada vez escucho más a los tomadores de decisiones preocupados por la salud mental, pero aún con un tono de salud de segunda clase. La soledad de las personas mayores, las muertes y los duelos en aislamiento, las afectaciones a nivel cognitivo o de sociabilidad en los niños, niñas y adolescentes, los graves problemas relacionados al uso intensivo y desmedido de la tecnología. El suicido, la depresión y la ansiedad. El miedo disparado.


La violencia de género e intrafamiliar exacerbada en un contexto de encierro y aislamiento.


Aumento en la medicación de la población sin controles y regulación, que puede desembocar en accidentes, nuevas adicciones y otros problemas de salud.


El aumento de la pobreza y la exclusión, que llevan a personas que apenas subsistían, de un día al otro a quedarse sin nada. 


La destrucción y el retiro del ocio, el encuentro y sobre todo de la cultura, nunca suficientemente valorados pero ahora totalmente denigrados. 


Podría seguir. Seguro que si leíste hasta acá ya se te ocurrieron algunos otros. Pero creo que el punto ya está abordado. El concepto de salud hegemónico dentro de la medicina occidental está cambiando de forma demasiado lenta. Las medidas que nos impusieron y las que nos impusimos en este año tan triste, más que orientadas a salvar vidas, están orientadas a salvar a un sistema, que vive imperfecto dentro de otro sistema (aún más injusto e imperfecto). 


Ahora, parece que se avecina el tiempo de comenzar a recorrer los escombros que dejó esta guerra. Lamentablemente, creo que vamos a encontrar mucha más destrucción de la que creíamos y el aire triunfalista de un país cuyo Sistema de Salud no colapsó, se deberá esfumar entre corazones rotos, panzas con hambre y mentes dañadas. 


El optimismo lo dejo para los próximos posts.


martes, 12 de noviembre de 2019

América del Sur sangra

América del Sur está pasando en estos días por una situación de cambio y tensiones que creíamos haber dejado atrás. Son tan vertiginosos los cambios que seguramente cuando logre publicar este artículo algunas cosas pueden haber variado bastante. 




Un brevísimo repaso: Argentina espera con esperanza un cambio de gobierno que venga a transformar la terrible situación económica y social en la que el país se ha sumergido, con más de 15 millones de personas en la pobreza, una deuda asumida ante el FMI que es imposible de pagar en los términos en que fue acordada, el desempleo y la inflación disparados y un gobierno cómplice de la fuga de miles de millones de dólares asumidos por todos los argentinos como deuda. El nuevo gobierno, a menos de un mes de asumir, se plantea desafíos aún mayores a los que tuvo Néstor Kirchner cuando llegó a la presidencia en 2003.

Brasil está dirigido por la ultraderecha encarnada en Jair Bolsonaro, ahora sospechado junto a su familia de estar involucrado en la muerte de la militante social Marielle Franco. Diversas filtraciones también señalan lo que ya todos sabíamos: su ministro de Justicia, el juez Sergio Moro está detrás de una trama judicial de corrupción para alejar a Lula de la carrera por la presidencia en 2018 y encerrarlo sin pruebas. Sin algunos de sus iniciales aliados (la red de medios O Globo, algunos sectores empresariales) y con Lula libre por decisión judicial, sólo podemos esperar la polarización, el aumento en la vulneración de derechos por parte del Estado y un Bolsonaro cada vez más fuera de control.

Bolivia atraviesa un golpe de Estado desde el domingo pasado. Un proceso electoral dudoso desembocó en una toma violenta del poder por parte de las fuerzas policiales y milicias armadas de la oposición que hasta hoy reprimen y aterrorizan a las poblaciones más sumergidas que apoyan al presidente Evo Morales. Hemos visto renuncias a punta de pistola, torturas, ataques armados y un ejército cómplice de los golpistas. No bastó con que el presidente haya convocado a nuevas elecciones y anunciado una transformación total del Tribunal Electoral con observación de la OEA (enemiga de Morales). Los golpistas ya habían anunciado que querían deshacerse del líder indígena que gobierna el país y eso es lo que están haciendo. Más allá de que la vida del líder político no corra riesgo en su asilo mexicano, podemos esperar noticias terribles en las próximas horas, especialmente en lo que refiere a la suerte a la que han sido echados los más humildes.

Chile vive una manifestación popular desde hace semanas en reclamo por la renuncia del actual gobierno y el inicio de una reforma constitucional que siente las bases para terminar con una desigualdad de las más terribles de todo el continente (que es a su vez el continente con mayores desigualdades). Decenas de muertos, una represión feroz de los militares y apenas un amague del presidente Piñera de comenzar un proceso de reforma constitucional que parece más un espejismo que otra cosa. De renunciar, ni hablamos.
Colombia sigue sumida en la violencia interna, con un gobierno que ha puesto en jaque la paz alcanzada con las FARC y su inclusión en la vida política del país. Además, la derecha militarista que dirige el país continúa en una guerra sucia con el narco y con otros grupos paramilitares menores, al tiempo que mantiene su injerencia desestabilizadora sobre su vecina Venezuela. Hace días nomás se conoció la muerte de 8 niños a manos de un bombardeo del Ejército, pero todo sigue como si nada. Daños colaterales le dicen.
Ecuador cuenta con un presidente electo que traicionó el pacto social que incluye el programa de gobierno y la plataforma que lo llevó al poder y que giró a un modelo neoliberal que, al igual que en Argentina, estuvo acompañado de un aumento exponencial en el costo de vida y un intento (aquí aún sin éxito) de recurrir al FMI. Esto provocó un fuerte estallido social que hizo al gobierno dar marcha atrás por el momento e intentar una vía de diálogo que aún no ha dado fruto. Los sectores sociales que promovieron la protesta ya anuncian nuevas medidas de fracasar el diálogo con el gobierno. Perú cuenta con un Parlamento suspendido en funciones por un presidente que asumió tras la renuncia del presidente electo por acusaciones de corrupción. O sea, una crisis disparada por el alto grado de corrupción del sistema político de Perú, que llevó a una crisis política y a otra institucional. Un presidente en funciones que no fue elegido por la población (aunque cuenta con un fuerte respaldo popular por el momento) y un país aquejado por la desigualdad social terminan de conformar un cuadro de mucha incertidumbre y alta volatilidad. Venezuela sigue inmersa entre un gobierno de corte dictatorial y una oposición profundamente antidemocrática. El enfrentamiento directo entre ambos ya ha provocado una crisis migratoria, un vuelco del país hacia el caos y la pobreza y constantes violaciones a los derechos humanos tanto por parte del Estado como por milicias opositoras. Un caos que generó que una minoría de países y organizaciones que buscan la paz para ese país sudamericano encaren negociaciones a nivel internacional que permitan una salida relativamente pacífica a la crisis multidimensional que atraviesa el país. Y aquí estamos en Uruguay ante el mayor cruce de caminos de la historia reciente: o somos ese recinto de paz que siempre apoya la paz y que crece en medio del caos, ese pequeño y humilde milagro en el que nos hemos convertido silenciosamente en la última década trabajando fuerte para solucionar todo lo que nos queda por solucionar y haciendo frente, sin soluciones mágicas, a los nuevos desafíos que todos los días aparecen, o nos damos de frente con el resto del continente, nos sumamos al caos, primero económico, luego político y finalmente siempre social que tanto nos ha costado a todos (a todos) dejar un poco atrás. La sabiduría de los pueblos hace la diferencia en momentos claves como el que estamos atravesando en estos días. Por eso espero que seamos lo suficientemente sabios y que estemos a la altura de las circunstancias. 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Agenda de derechas


Dos de los tres principales líderes de la coalición opositora que tiene como objetivo sustituir al Frente Amplio en el gobierno, han declarado que no piensan tocar la agenda de derechos, mientras que el tercero, ya adelantó su intención de dar marcha atrás con algunas leyes. Por lo tanto, de ganar esta coalición, es difícil saber qué sucederá con las leyes aprobadas.

También es difícil entender a cuál agenda de derechos se refieren quienes aseguran que no la van a tocar. En este campo, el principal candidato de la oposición, Luis Lacalle Pou, fue bastante claro en limitar la agenda de derechos a cuatro leyes en particular: marihuana, aborto, matrimonio igualitario y ley integral para personas trans. Del resto, podemos esperar cambios.

En ese sentido, entender la agenda de derechos construida en estos 15 años como 4 simples leyes, es más que conveniente para la oposición. Cuando se les pregunta por los Consejos de Salarios, la militarización de las fuerzas de seguridad y de la represión, los planes de desarrollo social, o los posibles recortes en Salud o Educación las respuestas son tan vagas que permiten augurar lo peor.

Tenemos el matrimonio igualitario, la despenalización y regulación de la interrupción voluntaria del embarazo, la regulación del comercio de marihuana, la ley de violencia hacia las mujeres, basada en género, la ley tras. Pero reducir la agenda de derechos a este puñado de leyes es demasiado ingenuo y muy conveniente para quienes tienen que prometer y convencer a la gente de que la van a mantener.

La agenda de derechos que conquistamos en estos 15 años abarca mucho más que ese puñado de leyes que acapara titulares, incluye también derechos laborales (como los Consejos de Salarios tripartitos que aseguran a los trabajadores ciertas garantías a la hora de negociar sus condiciones de trabajo o la Ley de 8 horas para el trabajador rural), el freno a la criminalización de los menores de edad (No a la baja), el acceso igualitario a las tecnologías de la información (Plan Ceibal, Fibra Óptica, Universal Hogar, desarrollo del gobierno digital), el acceso al ocio y turismo (cifras récord de turismo interno y de viajes al exterior, desarrollo del turismo social), acceso a la educación terciaria o universitaria, salud pública digna y mucho más.

Tres gobiernos progresistas consecutivos han permitido no sólo la consagración de nuevos derechos desde el punto de vista legislativo, sino que han habilitado cambios en la calidad de vida de muchas uruguayas y uruguayos, en la práctica, haciendo respetar y valer esos derechos escritos en papel y conquistados por movimientos sociales más o menos organizados.

Si defender la Agenda de Derechos es simplemente no derogar cuatro leyes, entonces blancos y colorados pueden autoproclamarse defensores de esa Agenda. Pero la realidad, como siempre, es mucho más rica y compleja.

Vemos un ejemplo particular: que dos personas del mismo sexo puedan salir a la calle de la mano no está consagrado en ninguna ley y no forma parte estrictamente de la Agenda de Derechos. Sin embargo, la discriminación y el acoso que esas dos persona pueden sentir al caminar de la mano por la calle puede variar según las políticas públicas y el discurso impulsado por el gobierno de turno. Y puede variar mucho, pues como sabemos, el discurso político desde el gobierno, y el operar del Estado pueden hacer la diferencia. Basta con mirar el espejo de Brasil: el gobierno de Bolsonaro no ha introducido cambios sustanciales en la legislación que afecta al movimiento LGBTIQ, pero sin embargo, modificó de hecho las políticas públicas que favorecían la no discriminación y desplegó un discurso de odio que avala actos de violencia hacia la comunidad LGBTIQ. Eso, sin derogar ni modificar ninguna ley, es destruir la agenda de derechos. Del otro lado, en Argentina, lo mismo aconteció con una disparada de la represión policial que provoca muertes de inocentes a manos de las fuerzas de seguridad o un discurso conservador que obliga a una niña violada a parir y lo justifica.

Así como la aprobación de una ley no hace que automáticamente nuestra calidad de vida cambie, la derogación o no de una ley tampoco la va a afectar demasiado. Lo fundamental es cómo se sostiene esa ley, qué políticas públicas aseguran su cumplimiento, qué fondos se destinan a su ejecución y qué discursos imperan desde el gobierno. Ahí está la clave que hace la diferencia y que pone en juego hoy la agenda de derechos construida. 

sábado, 17 de agosto de 2019

Brasil en el espejo



Está defendiendo el pulmón del mundo de la depredación: Muerto. Está defendiendo los derechos de los más excluidos: Muerta. Está defendiendo el derecho a la libertad de prensa y expresión: Muerto. Está reclamando respeto por la diversidad sexual o cultural: Muerta. Ese, es el Brasil de hoy.

Cuatro años atrás, en medio de una feroz crisis económica, las cosas eran de otra manera en el gigante sudamericano. Bajo los gobiernos de Lula y Dilma, Brasil supo ser la sexta economía del mundo y sacar a millones de personas de la pobreza. Había exclusión, había ataques a la libertad de expresión, había discriminación y había un avance más lento, pero sin pausa, de la destrucción de ecosistemas. Sin embargo, ahora es todo mucho más oscuro. La vida en Brasil ya no vale y quien la defienda, corre serio riesgo de perderla.

Es oscuro el Brasil de hoy. Nadie parece entender cómo llegó a eso tan rápido, cómo cayó tan bajo. Las noticias que llegan a los noticieros de Uruguay son pocas y en general tienen que ver con fríos datos económicos que nos hablan de millones de nuevos pobres, caídas de exportaciones y producción industrial, profunda recesión económica. El problema es lo que no vemos, la degradación social que acompaña esa degradación económica: muertes de cientos (CIENTOS) de activistas ambientales y de derechos humanos, sin justicia, sin culpables, sin nombre; niños y niñas literalmente con hambre-nivel-África; violencia exacerbada hacia minorías y sobre todo impunidad, aquí y allá.

¿Cómo llegó Brasil a esto? ¿Cuánto hay de democracia en el país vecino? Es imposible saberlo, las crónicas que llegan desde cualquier rincón -desde la frontera con Rivera hasta el nordeste olvidado, son aterradora- están ahí para quien quiera leerlas o escucharlas. Hasta la Globo, el mayor monopolio mediático opositor a Lula y Dilma, que impulsó su caída más allá de cualquier legalidad, hoy reconoce que lo de este gobierno es “demasiado”.

Mirarse en el espejo de Brasil es reconocer un claro camino que no queremos transitar. Si para algo puede servir la terrible situación del gigante norteño es para alertarnos: los tiempos oscuros, esos que pensamos que nunca volverían, pueden estar aquí mucho más rápido de lo que pensamos. ¿Asustando viejas? Googleá Marielle Franco, Cristian Javá Ríos, Jean Wyllys o leete el informe de Human Rights Watch

“Uruguay no es, nunca fue y no será como Brasil” me pueden decir, y razón no les falta. Pero en nuestra pequeñez y nuestra idiosincrasia calma, hemos sabido cultivar:

  • un candidato a la presidencia profundamente militarista, que ha recibido 47.000 votos en una elección interna (más que Mario Bergara, José Amorín Batlle o Enrique Antía, sin siquiera competencia interna).
  • un Partido Nacional que abrazó la publicidad falsa de la mano de Juan Sartori, que propone el recorte de derechos de la mano de Verónica Alonso, que impulsa la militarización de la seguridad de la mano de Jorge Larrañaga. Todo exactamente igual que Jair Bolsonaro. 
  • una idea creciente de que el sistema político no da respuestas a las necesidades de “la gente”, sin discriminar dentro del sistema político y sin aclarar nunca cuáles son las necesidades y quienes son (somos?) la gente.


No es necesario caer tan bajo. No es necesario entrar en esa larga noche que hoy atraviesa Brasil. Tenemos un espejo gigante bien cerca al norte, que nos muestra un futuro posible. Sólo tenemos que mirarlo.  

***



Más >> ¿Cómo llegó Brasil a Bolsonaro?

El juicio político que destituyó a Dilma Rousseff nada tuvo que ver con acusaciones de corrupción. Sin embargo, Eduardo Cunha, líder en el parlamento del circo llamado Impeachment, cumple hoy una condena de 24 años de prisión por corrupción.

Quien sucedió a Dilma luego del juicio político inventado fue Michel Temer, quien además de empujar al país al precipicio de la pobreza, se encuentra hoy tras las rejas, también investigado por corrupción.

El principal candidato a ganar las elecciones en Brasil, el líder progresista Lula Da Silva fue privado de participar en las elecciones y encarcelado bajo una falsa causa de corrupción (aparentemente el presidente de Brasil era tan fácil de comprar que apenas alcanzaba con un apartamento que nunca fue de él).

Las elecciones fueron ganadas por un candidato que apostó a las Fake News, a la desinformación, al uso ilegal de datos personales y a la represión y el discurso anti política. Su nombre, Jair Bolsonaro. Su ministro de Justicia, Sergio Moro, casualmente el mismo juez que metió preso a Lula, ahora confirmado, sin pruebas y con intenciones.

martes, 18 de diciembre de 2018

Decir no para decir sí


Quince años atrás, los uruguayos y las uruguayas dijeron no va más a una serie de políticas y formas de conducir el país compartidas por los partidos tradicionales en el gobierno desde la salida de la dictadura militar.


La corrupción estaba metida en el sistema político de coalición que gobernó entre 1985 y 2004 y la pobreza y la exclusión crecieron alcanzando niveles insospechados en el comienzo del nuevo milenio, cuando los países vecinos, Brasil y Argentina, entraron en grandes crisis provocadas en gran parte por los gobiernos neoliberales que los gobernaban.

A veces hablar de aquel entonces se torna repetitivo y aburrido, pero cuando pienso que el año que viene votarán por primera vez personas que tenían apenas dos años cuando la crisis estalló y su memoria sólo les devuelve presidentes del Frente Amplio, lo repetitivo se torna un poco necesario.

En aquel entonces, hablar de aumento de salario era un delirio, pensar en conseguir trabajo de lo que habías estudiado era una pretensión sin lugar, pensar en conocer otro país era casi utópico.

Casi 20 años tardamos en decir no va más, nublados por los medios de comunicación que no nos contaban lo que realmente pasaba, aterrorizados con el regreso de una feroz dictadura si osábamos mirar siquiera para la izquierda, mal convencidos de que nuestro destino estaba invariablemente atado a las locuras que se hacían del otro lado del Río de la Plata.

Finalmente, como cuando el pueblo fue a las urnas en 1980 para decirle no va más a la dictadura militar, en 2004, luego de la más feroz crisis que haya vivido nuestro pequeño país, el pueblo fue a las urnas y dijo no va más.

A partir de ahí, vinieron 15 años de gobiernos frenteamplistas. En este proceso cayeron un montón de ilusiones acumuladas por personas de izquierda que venían luchando por este cambio de gobierno desde hacía mucho tiempo. Las expectativas chocaron con la realidad y no han sido pocos los que se han sentido defraudados por los gobiernos progresistas. No hubo reforma agraria, no se tocó profundamente la estructura productiva del país, no se hizo justicia con militares y civiles que torturaron, desaparecieron, robaron y asesinaron durante la dictadura y muchas otras cosas no pasaron.

Sin embargo, el trabajo que hicimos todos y todas y el que desempeñaron los tres gobiernos del Frente Amplio nos presentan hoy una realidad innegable que nos cuesta asumir como tal, como cuando llegamos a semifinales en Sudáfrica 2010 y no nos lo terminábamos de creer ¿se acuerdan?.

Uruguay es hoy un país cuya economía crece mientras sus vecinos se derrumban (una vez más) en políticas neoliberales y represivas que generan caída de la economía, más pobreza y exclusión. Sí, por primera vez nos dimos cuenta que si hacemos las cosas más o menos bien, los resultados serán diferentes.

Uruguay es también uno de los países menos corruptos del mundo, según Transparencia Internacional, ubicado en el puesto 23, empatado con Francia y superando a países como España, Italia, Portugal, Chile o Corea del Sur.

Uruguay es el único país del hemisferio, junto con Canadá, que tiene una democracia plena según el índice de democracia de The Economist, superando a países como Estados Unidos, Francia, Japón o Bélgica.

Uruguay es el noveno país del mundo en cuanto a libertades, según Freedom House, superando a países desarrollados como Estados Unidos, Alemania, Suiza o Dinamarca.

Puedo seguir: Uruguay es el país con mejores trabajos en América Latina según el BID, y en el que más han aumentado los salarios en el continente según la OIT. Nuestro país tiene la mayor velocidad de conexión a Internet de la región y es el país con más población conectada de América Latina superando a países como España, Portugal o Irlanda. Además, Uruguay es el único país de América Latina entre los gobiernos digitales más avanzados del mundo, según Naciones Unidas. También somos uno de los países con menor emisión de CO2 per cápita y con mayor porcentaje de uso de energías renovables en el mundo, según el Banco Mundial.

Todos estos indicadores son reales y sin embargo, no significan ni cerca que tengamos todo resuelto. Uruguay adolece de problemas clave, como cualquier otro país, que todavía debe enfrentar. Pero para hacerlo, se necesita un país en las mejores condiciones posibles, por esto, en 2009 y 2014 la mayoría del pueblo volvió a decir no a los avances neoliberales de los partidos tradicionales.

Tres elecciones consecutivas con las mismas propuestas y las mismas ideas por parte de una oposición que no ha dado nunca la talla, se traducen en tres derrotas incuestionables de las que parecen no haber aprendido nada (bueno). Hoy y en 2019, la estrategia es otra: si no puedes convencerlos de tu verdad, entonces miente.

A Macri le salió bien, cualquier promesa de su campaña ha sido incumplida. A Bolsonaro le salió bien, toda su campaña se basó en la más absoluta mentira. Parece que la realidad no debe ser un factor a tomar en cuenta, y así, no la derecha neoliberal, sino una más rancia, autoritaria y nacionalista parece levantarse de nuevo.

Ahora a los uruguayos y a las uruguayas nos toca algo que siempre nos costó hacer: cambiar el no, por el sí, y apostar a dar un salto de calidad que no solo nos termine de despegar de la región, sino que sirva como faro para todos aquellos en nuestros países vecinos que están sumidos en el desconcierto.

Este no puede ser un a más de lo mismo, es un a un cambio cualitativo, a un nuevo liderazgo dentro de la izquierda que tenga energía, que no tenga miedo a innovar y a probar nuevas y originales ideas. Ya no podemos subirnos a la locomotora de Brasil, porque se estrelló contra un muro de corrupción y autoritarismo. Ya no podemos esperar que los turistas argentinos nos salven en cada verano, porque sus vacaciones se han visto seriamente comprometidas por el largo invierno que han votado. Es tiempo de creer, como empezamos a creer en aquel mundial del 2010, que las respuestas están más que en nadie, en nosotros.



PD: Abandonen el hashtag #4FA, que esto no es un partido de fútbol. El triunfalismo es mediocridad y el 4 sólo recuerda que ya hubo 3 que no han podido con algunos temas espinosos de verdad. La alegría de vivir en un país como el Uruguay de 2018 tienen que ser de todas y todos, sino no vale la pena.

martes, 27 de noviembre de 2018

Los miedos y la primavera

La primavera es la mejor época para notar diferencias y salir de la caja del mal humor y el pesimismo. Porque sí, mucho tiene que ver cómo uno elige ver las cosas, como uno elige leer las realidades que nos cuentan.




Hoy, a poco menos de un año de las elecciones, se nos plantean dos relatos principales. Podemos ver el país que camina al precipicio, acorralado por la inseguridad, con una economía estancada y que mantiene vagos. Podemos reclamar que bajen el costo del Estado con un pegotín en nuestro auto y pedir que se vayan todos en grupos de Whatsapp o en comentarios de Facebook al tiempo que exigimos cosas tan extrañas como un sólo Uruguay, o vivir sin miedo.

Podemos entender, como dice un precandidato de la oposición, que este gobierno es “un fracaso rotundo”, podemos pedir que salgan los militares a las calles como pide otro precandidato, podemos intentar convencernos de que la corrupción ha tapado al país como quiere hacernos creer la única precandidata condenada por la justicia por querer quedarse con dinero que no era suyo o podemos proponer innovadoras medidas como eliminar la tolerancia cero al alcohol cuando se conduce un vehículo. Las opciones son muchas, pero todas coinciden en querer mostrar un país que no funciona y que va hacia el abismo.

Podemos también dar una vuelta por la rambla, el parque, la costanera o la plaza este fin de semana o el que viene y mirar a la gente. La memoria no es lo nuestro y no existía Facebook en el 2002 o en 1978 como para que nos recuerde lo que estábamos haciendo, sintiendo o pensando en aquellos momentos. Pero hacer el esfuerzo de pensarnos 10 años atrás, tal vez más, y sentir si estamos o no mejor, preguntarnos cómo nos sentíamos y cómo nos sentimos, puede ayudarnos a ver lo mismo de otra manera.

Hay un montón de circunstancias personales que pueden hacerte inclinar la balanza para el lado del pasado o para el lado del hoy. En estos años hubo amores, corazones rotos, hijos nuevos, carreras que despegaron y carreras que nunca pudimos terminar, hubo amigos que se fueron y antiguos pelotudos que siguen dando vueltas, robos, asesinatos, goles, mundiales, casamientos, celebraciones, y bares, cada vez hay más bares. Pero a parte de todo eso, hay un todo, el nosotros, el Uruguay, el resto, la política, las nuevas leyes, los nuevos hábitos. Los miedos cambiaron también. Entender los nuevos miedos es clave, porque son los que muchas veces nos llevan a actuar de tal o cual manera, los que nos hacen votar a tal o cual candidato.

El año que viene, mal que nos pese, hay elecciones. Digo mal que nos pese no por no ser fan de la democracia, sino porque tenemos que soportar que un montón de gente nos diga lo bien y sobre todo lo supuestamente mal que estamos.

Aunque parezca contradictorio, leer y escuchar medios de prensa y políticos y militantes llenos de eslóganes y frases vacías no nos va a ayudar a ver de qué lado estamos, qué miedo nos mueve, cómo nos sentimos hoy, como leemos todo lo que pasó en estos últimos años y qué queremos que pase en los próximos. No es ahí. No es navegando entre comentarios de odio en redes sociales, no es en el templo ni en el comité. Allí se juegan otros partidos. Allí te van a hablar de corrupción como si fuera un tema central, te van a intentar dar manija para que te violentes aún más, te van a llenar de promesas de humo.

El consejo es humilde y hasta puede ser caprichoso: aprovechá la primavera y salí a caminar por ahí el fin de semana. Mirá, sentí y pensá un poco. Tal vez encuentres la claridad que toda la campaña política que está por comenzar no te va a aportar.

domingo, 19 de agosto de 2018

La rambla de Montevideo está a la venta


Sí. Los más desconfiados siempre supieron que este momento llegaría, “todo y todos tienen su precio” aseguran. Los más ilusos no lo podemos creer y sorprendidos por la velocidad con la que se suceden los hechos, queremos hacer algo.

Pero primero, la historia (la voy a hacer cortita para no aburrir, el tema es mucho más simple de lo que parece). Como ciudadano, no había escuchado hablar de este tema y ahora, a unos 15 días de la votación definitiva en la Cámara de Diputados, me entero que esta iniciativa que promueve la enajenación (palabra engañosa que significa venta o cesión total de derechos) de dos predios de la rambla de Montevideo a un privado ya viene siendo impulsada por el gobierno, sin ningún ámbito participativo creado, desde hace un buen tiempo.

El Poder Ejecutivo envía al parlamento un proyecto de Ley hecho a la medida de un empresario, en el que solicita a este cuerpo enajenar (vender o ceder) por primera vez terrenos que pertenecen a la rambla de Montevideo, considerada patrimonio y espacio público.

Para hacer una terminal de pasajeros fluvio marítima no es necesario enajenar nada, pero parece que el privado que la quiere hacer, además quiere hacer un hotel cinco estrellas, un shopping y un gran estacionamiento, y para eso sí es necesario más terreno y tener la propiedad sobre el mismo.

Allí fueron, en diciembre del año pasado, los senadores y senadoras del Frente Amplio y del Partido Nacional y votaron a favor de entregar estos terrenos a un privado. ¿Sorprende? Sí, claro, pero en aquel entonces la noticia pasó pertinentemente desapercibida. Ninguno de los senadores y las senadoras del Frente Amplio que votaron a favor de vender o regalar a un privado predios de la rambla fundamentó su voto o explicó públicamente por qué apoyó esta iniciativa.    

¿Raro? Sí. Pero el trámite siguió. Luego se quiso lograr que la aprobación de la Cámara de Diputados fuera incluida en la Rendición de Cuentas, junto con miles de temas más, pero alguien con un poco de cordura propuso separar el debate y así llegamos hasta hoy, o mejor dicho, a la primera semana de setiembre, cuando se espera que la cámara baja termine de votar esta ley.

¿Por qué enajenar estos predios? La rambla está plagada de concesiones que se dan y se quitan sin poner en cuestión la propiedad de la tierra, que junto al mar y en Montevideo, es de todas y todos. Pero aquí el gobierno quiere hacer una excepción y quiere hacerlo sin discutir, disfrazando este proyecto de Ley en un debate sobre la ubicación de una terminal de barcos de pasajeros.

Lo que pasan por alto, lo que no está discutido en ningún acta o versión taquigráfica del Parlamento, es si está bien o no vender un pedazo de la rambla. El espacio público que mayor inclusión genera, que aporta más a la convivencia, que más define al habitante de Montevideo, abre aquí sus puertas a la privatización y a la venta, creando un antecedente que traerá sin dudas muchos casos más.

El debate sobre el patrimonio y el cuestionable trabajo de la Comisión Nacional que debe velar por el mismo, el debate sobre el impacto ambiental, el debate sobre el proyecto arquitectónico, el debate sobre el estado actual de esa porción de rambla que quieren vender.  Todos esos debates vienen después, son ínfimos o al menos muy secundarios ante el verdadero problema: la privatización de un espacio históricamente público y que define a la ciudad y sobre todo a su gente. ¿Qué vendrá después? No podemos votar un proyecto particular sin pensar en sus repercusiones.

¿Qué podemos hacer? No mucho, cuando la fuerza política que dice defender los intereses del pueblo se torna contra él, la desesperanza gana terreno. Sin embargo, los vecinos de la zona se han estado movilizando, han solicitado entrevistas con el presidente del Frente Amplio y con algunos legisladores y están juntando firmas en papel para presentar ante la fuerza política. Además, nosotros estamos impulsando la suma de voluntades online e intentando llevar este debate al ámbito público, donde creemos que siempre debería haber estado.




La velocidad con la que se suceden los hechos no nos exime de nuestras responsabilidades como ciudadanos y ciudadanas. Desde Pensá Un Poco creemos que vale el intento. Sabemos que desde algunos grupos del Frente Amplio se han planteado reparos a esta iniciativa privatizadora, pero también sospechamos que, si el Frente Amplio da libertad de voto a los representantes del oficialismo, con unos pocos votos y con el apoyo permanente a la privatización del Partido Nacional, la ley será aprobada y seremos testigos de cómo nuestra querida rambla empieza a cambiar. Será un gran momento histórico, de esos bien tristes.

martes, 31 de julio de 2018

La prensa y la empresa



Una prensa fuerte, independiente de los grandes poderes y formada, es un pilar fundamental para una democracia saludable. No parece haber nadie que discuta esto. Hace pocas semanas, el periodista y director del Semanario Voces, Alfredo García explicaba por qué su empresa se sumaba a “un comunicado de la mayoría de los medios de prensa de alcance nacional planteando la crisis que los diarios y semanarios uruguayos están viviendo” y proponiendo “que el Estado y los principales actores de la prensa desarrollen en conjunto un esquema de medidas que sirvan para apoyar a este sector…”.

Según García, “el papel de la prensa no es sólo informar, es formar ciudadanía y desarrollar lectores críticos que no se conforman con una sola versión de los hechos ni una opinión político-ideológica. Soy de los que cree en que una república sin partidos políticos y sin prensa escrita es renga. Soy de los que sostengo que una sociedad sin una enorme diversidad de medios es tuerta. Soy de los que reafirma la vigencia de la prensa escrita como generador insoslayable de contenidos, aunque después se vean, lean o escuchen en cualquier otro soporte mediático. Por todo eso es que VOCES se integró a ese llamado de alerta de la semana pasada, porque estamos a tiempo que Uruguay cuide nuestra prensa y no se vuelva una democracia muda”.

En otra columna, esta vez del diario El País, Antonio Mercader sentencia que “el gobierno debería reflexionar sobre este tema dado que un país sin una prensa sustentable, libre y plural tiene su futuro amenazado”.

Está claro que ninguno de los medios firmantes del comunicado (Brecha, Búsqueda, El Observador, La República, El País, Caras y Caretas, Crónicas y Voces) ha descubierto una buena manera de transitar el camino del mundo de papel al digital y que tampoco han podido desarrollar modelos de negocio realmente sostenibles (someter su existencia a una suscripción, como hace la diaria por ejemplo, sería la muerte para muchos de estos medios por su poca cantidad de lectores).

Pero este artículo no busca abordar la coyuntura del negocio y la situación de las empresas, aquí lo que me interesa es cuestionar es el verdadero aporte de éstos medios a la vida democrática del país y a la formación de ciudadanía.

Miremos a los costados. Un ejercicio que nos ha servido (al menos hasta ahora) para zafar relativamente del nuevo embate neoliberal en la región que ya genera más pobreza, más exclusión y más desigualdad. Miremos a nuestros vecinos: Argentina y Brasil. Es muy difícil que alguien pueda poner en cuestión que las grandes empresas detrás de sus grandes (en relación a su alcance y su tiraje, no a su calidad, por supuesto) diarios, Clarín y La Nación en Argentina y Folha y O Globo en Brasil han realizado un muy pobre trabajo formando ciudadanía y fortaleciendo democracia desde que finalizaron las dictaduras en ambos países. Por el contrario, uno podría decir que han aportado mucho a generar sociedades desinformadas, favoreciendo intereses particulares y promoviendo el debilitamiento democrático que desembocó en un quiebre institucional en Brasil y en un (nuevo) brote de desigualdad y exclusión en Argentina.

Analicemos detenidamente las portadas de estos diarios, sus sitios web, sus satélites en televisión y radio cualquier día y podremos verificar que su aporte a la generación de una ciudadanía con más herramientas para decidir, más informada y más democrática es nulo, o más aún, negativo.

¿Y qué pasa en Uruguay? Qué podemos decir de los medios que firman esta carta. Bueno, me cuesta mucho creer que por el sólo hecho de que tu empresa sea un diario, un medio de comunicación, ya estés contribuyendo a los fines máximos de la prensa: informar, revelar, construir ciudadanía, velar por la democracia. No, hace falta mucho más que eso.

Me tiento a discriminar entre el trabajo de unos y otros, a determinar por qué algunos de estos medios son considerados (por mí) fundamentales en el aporte periodístico al país y a la sociedad y otros no. Entiendo también que aquí cada uno tendrá su opinión y que no debe ser el Estado y mucho menos el gobierno quien diferencie a unos de los otros. Empiezo a imaginar cómo desde la ciudadanía podríamos promover el apoyo a unos y negar el apoyo a otros. No encuentro una solución que me parezca adecuada.

Si el gobierno de turno o el Estado se definen a apoyar con medidas, con subsidios o con lo que sea a este sector empresarial, sería bueno que lo haga con el fin de auxiliar a empresas que no están logrando hacerlo bien con sus cuentas, con el fin de cuidar puestos de trabajo. Pero el verso de que cualquiera de las empresas firmantes (tal vez a excepción de Brecha y Búsqueda) es indispensable para la construcción de ciudadanía y para la buena salud de la democracia es algo que deberíamos dejar de repetir. Ni uno, ni todos. La pluralidad de voces en la prensa es fundamental, pero para autollamarse “prensa” hay que hacer mucho más que imprimir un diario.






lunes, 19 de febrero de 2018

Nos vemos en las urnas


Alguien lo tenía que decir, y lo dijo el presidente. “Nos vemos en las urnas”.

Una frase suelta en un hecho bochornoso pero que tiene mucho de simbólico. Hasta acá llegamos con este juego de que los que protestan dicen ser “del campo” y los demás les creemos. Esto no se resuelve con medidas anunciadas desde el Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca, se resuelve en las urnas. Otra lectura de la frase: somos un país democrático, y vamos a resolver esta confrontación política en las urnas, cuando lleguemos a las elecciones (porque vamos a llegar a las elecciones).


Después de años de intentos tristemente fallidos, la oposición política empieza a mostrar cartas realmente interesantes, o mejor dicho, efectivas. Una movilización contra las políticas sociales y con reclamos generalmente irreales pero que se legitima a través “del campo” “el agro” y finalmente con la bandera nacional de fondo “un sólo país”; casos de acomodo que salpican al Frente Amplio y que caen en un discurso totalmente construido de “corrupción política”; varios hechos sucesivos realmente violentos entre los que destaca el terrible asesinato de la joven que trabajaba en el supermercado y que refuerzan la retórica de la “inseguridad”. Tres patas bien paradas sobre una economía que aún no vuelve a crecer con fuerza. Reducir el Estado, acabar con la corrupción imperante, terminar con la inseguridad. Nada nuevo bajo el sol, pero esta vez parece que funciona.

No entraré en detalles sobre cómo fue la caída del kirchnerismo o la entrada en desgracia del chavismo. Lo importante es que en ambos casos las principales herramientas para orquestar estas caídas fueron aportadas por el propio kirchnerismo y chavismo respectivamente. A no repetir errores.

En el contexto regional actual, tres palabras “Estado”, “Corrupción” e “Inseguridad” bastan para que se asocie el discurso con los gobiernos antes mencionados de Argentina y Venezuela. Y eso, con el siempre exquisito adobo de los medios tradicionales o conservadores, ya es suficiente. El discurso es, una vez más, clave para el destino de una sociedad. Y por primera vez en muchos años, a pesar de la total falta de carisma que profesan sus principales líderes, la oposición puede sentir que está asestando verdaderos golpes.

Mientras tanto el Frente Amplio, siempre con problemas a la hora de construir discurso, de disputar relato y de comunicar efectivamente, empieza a parecer un boxeador ciego golpeado en la oscuridad. Lamentablemente, probando soluciones cada vez más a la derecha.

Para algunos de nosotros, es fácil entender que si el Frente Amplio encuentra la solución a su ceguera moviéndose hacia la derecha, no importa si gana o pierde en las urnas ante la oposición política, para los que somos de izquierda, siempre será una derrota.

La imaginación vuelve a ser clave. También la resistencia. Al parecer este partido no se gana jugando a la defensiva.



lunes, 19 de diciembre de 2016

Si nos da la gana

foto de la diaria

Fue hace 9 años, en diciembre del 2007. Hace menos de un año que trabajaba en Radio Carve, con 22 años recién cumplidos, tratando de entender aquello que llamaban periodismo, impregnado por la magia de la radio en aquel sótano de la calle Mercedes. Se empezaba temprano, se hacía sonar teléfonos antes del amanecer, se sacaba fotocopias. Internet era aún un mundo con más promesas que posibilidades, Facebook apenas llegaba a Uruguay y Twitter ni existía.


Éramos un equipo grande, suma de nuevos y experimentados. Siempre teníamos dos o tres movileros. Yo trabajaba en la base, el sótano, no me entusiasmaba trillar las calles con aquellos grabadores que siempre presentaban algún problema técnico de imprevisto. Pero ese día de diciembre los movileros (pasaron tantos que no recuerdo quiénes estaban en aquel momento) estaban en otras tareas. Tal vez era lunes y tenían que estar en Consejo de Ministros, tal vez estaban cubriendo los restos de un espectacular choque en la rambla o perdidos en los pasillos del Parlamento. No lo recuerdo, imposible hacerlo. Sí recuerdo el encargo: “vas vos”. De fondo, la cara cómplice de una compañera de generación que ya se estaba convirtiendo en amiga de la vida.


Iban a meter al Goyo Álvarez preso, y había que cubrirlo. Estaba nublado, y allí salí yo por las calles del centro de Montevideo, para cazar con mi viejo teléfono celular aquel momento histórico que tenía gusto a suceso del año. Lo llevarían, decía el rumor siempre bien chequeado por la productora, desde una dependencia del Ejército directo a la Cárcel Central. Yo estaba nervioso, no tanto por la suerte de uno de los mayores hijos de puta de la historia reciente del Uruguay, sino porque era mi primer móvil, en vivo y el tema no era chiquito.


No era un adolescente. Transpiraba como uno, pero a quién le importa. Ya había hecho los deberes en mis años en el Zorrilla, leyendo sobre la triste historia del país, sabía quién era aquel hombre tan poco hombre, sabía bastante bien qué papel había jugado en toda la mierda de los años más oscuros. Era un asesino, además de un dictador. También había hecho los deberes del periodista. Sabía que no estaba allí para robarle unas palabras, ni siquiera para recoger las declaraciones de alguien más. Era sólo una crónica visual.Tenía que ser los ojos de la radio, de los espectadores, contarles lo más claramente lo que estaba sucediendo. Recuerdo que los nervios me hicieron usar la palabra barullo, debe haber sido la única vez en la vida que la usé. Fuera de eso todo salió bastante bien.


El viejo salió acompañado de otros militares, con las manos esposadas y escolta de policías. Había alguna persona gritando algo. También había otro grupo grande de periodistas que no me conocían, haciendo más o menos lo mismo que yo. Estaba esposado, y yo contento de poder contarle eso a la radio, porque sabía que del otro lado podrían estar mis viejos escuchandome. Después, por suerte, tuvimos varias tapas de la diaria y otros medios con fotos más reales del viejo malo con las esposas puestas.


Volví a la radio, recibí alguna felicitación, un viejo periodista de prensa me dijo aún no tenés idea de lo que acaba de pasar. Me escapé al rincón del sótano que me pertenecía, y esperé tranquilo a que se cargara el back up de lo emitido ese día, para buscar mi móvil, cortarlo, escucharlo y copiarlo en mi reproductor de mp3 para destrozarlo durante toda la tarde.

El Goyo estaba preso. Eso, en aquellos primeros años de gobierno del Frente Amplio, era lo más parecido a una victoria, a una justicia. Me tocaba arrancar una carrera contando de milicos presos, llevados ante la justicia. Era muy consciente de mi privilegio. Pero el tiempo fue pasando para todos. Para el periodismo, para el Frente Amplio, para los torturadores, para los sobrevivientes, para los que nunca les importó nada. Pasó la cárcel exclusiva para los mayores hijos de puta, pasó el silencio perpetuo, los jueces alejados de sus casos, pasó el país de cornudos y cornudas que le dijeron que no a la búsqueda de la verdad. Todo eso pasó mientras yo me convertía en el hombre que soy hoy y en el periodista que llevo dentro. El viejo se va a morir, hoy, ayer o mañana, va a dejar de respirar. Lo van a seguir muchos otros, lo vamos a seguir todos. Los desaparecidos van a seguir desaparecidos, la justicia va a seguir siendo injusta. En ese país estamos creciendo. La muerte no transforma, la transformación solo la hacemos los vivos, si nos da la gana.

martes, 1 de noviembre de 2016

El día de los muertos

En los últimos días acumulé una serie de titulares bien llamativos. Pedidos de renuncia al Ministro del Interior, balas en un estadio, vecinos caceroleando en barrios ricos y reclamando “más seguridad”, un joven asesinado por un policía en la puerta de un boliche, otra mujer asesinada por la violencia machista, cifras que van y vienen sobre la cantidad de delitos cometidos, como si fueran la mejor forma de medir el avance de la violencia entre nosotros.





El año pasado fue tranquilo en Durazno, un departamento calmo en el centro del país. Hubo un homicidio en todo el año, y como debe ser, revolucionó a la prensa local y a los vecinos de Las Higueras, uno de los barrios más pobres de la capital departamental. Al parecer, un joven de 19 años mató a otro con un cuchillo y marchó a la cárcel. Fuera de ese hecho de sangre, fue un año tranquilo el que pasó para Durazno. Bueno, eso si no contamos a los 10 muertos en accidentes de tránsito y a las 16 personas que decidieron dejar de vivir durante el 2015 en aquél lugar del país.
Igual, seguimos mirando a la violencia con cara de pobre, drogadicto, vago y asesino. No estamos entendiendo nada.

Este año saqué la libreta y empecé a manejar. No descubro nada si les digo que la gente al volante, en motos y en bicicletas está en general un poco mal de la cabeza. Algo más de 500 muertos en un año, incluidos los pibes de las picadas en Durazno y otros 200 jóvenes de todo el país.

Sumo: 17 mujeres muertas en lo que va del año, asesinadas por su novio, ex novio, marido, vecino. Muertas por ser mujeres nomás.

Sumo: 35 personas muertas en las cárceles en lo que va del año. Ponemos gente al cuidado del Estado con la intención de rehabilitarlas y dejamos que se maten ahí dentro, donde no las vemos.

Concluyo: Nos estamos matando. En todos los rincones del país. No importa si tu hijo nace en Artigas o en Montevideo, son más altas las probabilidades de que se pegue un tiro a sí mismo a que alguien más le dispare y lo mate. Tan feo como suena, la tristeza y la falta de cariño van mucho más por dentro que por fuera.

Podemos quedarnos en los síntomas: un disparo en un estadio, un tiro en la cabeza por intentar evitar una rapiña, más de 640 uruguayos cortándose las venas, ahorcándose o rematándose de un tiro sólo en un año porque no pueden ver el valor de sus propias vidas, cientos muriendo en las calles y en las rutas, detrás y delante de un volante.

Podemos también pensar, porqué nos está pasando esto. Pensar porqué no nos queremos tanto. Parece que nuestra vida no nos vale nada. Tenemos conversaciones por Whatsapp mientras manejamos, a veces, hasta con unas copas arriba o con los nenes en el asiento de atrás. Arriesgamos nuestra vida ante un demente para rescatar una cartera o unos pocos pesos. Tenemos (nosotros, el gobierno y el Estado) en la última de nuestras prioridades un poco de salud mental.

Entiendo la impotencia, pero esta vez salir con cacerolas a la calle no les va a solucionar nada queridos vecinos. La ansiedad, el miedo y la angustia eterna del que nunca puede consumir lo suficiente son tremendos motores para la violencia.


Los muertos me duelen todos, todos los días.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Otoño, invierno, invierno y otra vez primavera


A esta altura del año las cosas ya han perdido el orden, los proyectos han extraviado algunos objetivos en el camino, las fronteras se tornan borrosas y cualquiera podría arriesgar que la ciudad es un caos.

Tenemos a un hombre encerrado en el país que se está dejando morir. Tenemos a otros hombres encerrados tras las rejas que también se están quitando la vida a un ritmo aterrador. Mucho más aterrador que la última película de miedo. Tenemos ciclones que lo revuelven todo y hasta algún tornado en la mochila. Tenemos idas y vueltas en un parlamento que parece pasarse la pelota de la cámara alta a la baja y a la de televisión. Todo lo que parecía novedoso en marzo ya nos tiene podridos. Tenemos paros parciales y descontentos generales. Tenemos muchos dedos apuntando a los otros, nunca a nosotros mismos. Tenemos frío en los huesos y en la macroeconomía. Tenemos un Mercosur que da lástima y un vecino golpeador.  Seguimos teniendo locos en las calles, algunos duermen ahí y otros sólo están buscando pokemones. Tenemos la histeria vacía del que hace sin pensar. Estamos hartos de los plátanos volando y los termómetros siempre debajo de los 20 grados.

Pero la primavera está ahí. Salvo alguno de nosotros que tire la toalla en estas horas, el resto llegaremos al calor del sol una vez más, como náufragos que una vez al año llegan a tierra firme en una playa del este. A la vuelta de la esquina nos esperan los colores de la diversidad, de las fiestas de fin de año y luego del carnaval. Ya podemos guardarnos la amargura en el bolsillo hasta el año que viene. De un instante a otro podremos sacarnos los kilos de abrigo para salir a ganar la calle  mostrando la piel sin pudor, envalentonados por nuestra siempre discreta alegría.

Es hora de empezar a solucionar el caos que hemos generado durante los últimos meses mientras señalábamos con el dedo al gobierno, al sistema político y a todo lo que no sea nosotros mismos. Tenemos que empezar a juntar nuestra propia mierda y dejar de repartir bocinazos, insultos y críticas por las calles y las redes.


Tal vez guardar silencio sea una buena idea. Aprovechar la primera oportunidad que nos dé el sol para tirarnos bajo sus rayos, de manga corta, solos o bien acompañados. Relajarnos al máximo antes de confiarnos al piloto automático que nos llevará hasta el próximo marzo. Parece que, como dice una amiga, estamos mal barajados. Habrá que tirar el mazo bien al carajo y probar suerte con los dados.  Y sonreírnos mucho más.

domingo, 17 de julio de 2016

Los posibles Frentes Amplios

Lo que pase en estas elecciones determinará el futuro del Frente Amplio.


El mayor partido de izquierda del Uruguay y uno de los mayores ejemplos de formación política de izquierda del continente está, una vez más, ante una encrucijada. Mucho mayor es esta encrucijada que la simple elección entre uno u otro candidato.

El partido que concentra a un sinfín de fuerzas políticas en su interior está en el poder político desde hace más de 10 años y por primera vez surge con fuerza la pregunta: ¿es el Frente Amplio la herramienta de cambio para poder transformar la sociedad?

Históricamente un partido que ha sabido unir a actores de diferentes clases sociales bajo su bandera, que ha acercado a personas de contextos muy disímiles, y que sobre todo ha tenido su base y su mayor fundamento en ser una herramienta política que representa a las organizaciones sociales, a los trabajadores, a los menos favorecidos por un sistema al que siempre parecía querer cambiar, pero que ya no parece que se animará a hacerlo.

La fuerza política ha sufrido su estancia en el poder político. Agotó a sus líderes (nada podemos esperar de Vázquez, Astori o Mujica de cara al 2019) que han hecho su trabajo sin permitir o impulsar el surgimiento de nuevos líderes en generaciones menores. El partido se ha convertido en un administrador de gobierno, muchas veces sin ideas, muchas veces sin oídos para escuchar las ideas que las organizaciones sociales le gritaban en la cara.

Hoy las opciones son cuatro, que más bien son tres, porque la candidatura de José Bayardi carece de sentido a mi entender.

Por un lado hay un montón de militantes que hace décadas vienen construyendo el Frente Amplio y que han envejecido junto con él. Generalmente hay desilusión en ellos. Son los más alejados a las iniciativas tibias o contradictorias que los sucesivos gobiernos del Frente Amplio han desarrollado. Querían cambiar el mundo. Ese grupo de militantes tiene su expresión política en la figura de Roberto Conde y tiene las mismas ideas casi intactas que levantó en 1971 o 1985. También la misma forma de hacer política en un mundo que no se parece mucho a aquel.

Por otro lado, hay un candidato que es básicamente la expresión del Poder Ejecutivo. Es la opción de un presidente del FA que no incomode nunca a la Torre Ejecutiva y mucho menos al Ministerio de Economía. Es la continuidad de Mónica Xavier. Lo light por lo light. Javier Miranda usa el mismo jingle, la misma imagen y hasta el mismo hashtag que usaron Tabaré Vázquez y el Frente Liber Seregni menos de dos años atrás. Un Frente Amplio con “un espacio para las mujeres” y un “espacio para los jóvenes” pero sin mujeres y sin jóvenes sobre todo, haciendo cosas importantes. Es al final, un Frente Amplio que se maquilla lindo, se pone perfume rico, pero cierra bien los ojos y se tapa bien los oídos.

Está el camino del Frente Amplio del pasado, está el camino del Frente Amplio de hoy y está el camino del Frente Amplio del futuro. Alejandro Sánchez fue propuesto para la presidencia de la fuerza política por un grupo de personas de diferentes sectores, independientes, académicos, artistas y líderes sindicales que tienen una lectura parecida a la que expreso más arriba sobre la situación actual del FA. Creen que, a pesar del enojo, la desilusión y el conformismo, estas elecciones son claves para el futuro del Frente Amplio. Creen que en no mucho tiempo vamos a mirar para atrás y vamos a darnos cuenta que estas elecciones, pase lo que pase en ellas, fueron claves para el proyecto político de izquierda.

“Lo que pase en estas elecciones determinará el futuro del Frente Amplio”. No se me ocurrió a mí esta frase. La dijo Luis Gallo, ex senador por Asamblea Uruguay, en el lanzamiento de la campaña de Alejandro Sánchez, candidato que él cree “da las garantías de que el Frente Amplio va a tener una conducción transformadora”. Porque comparto en gran parte lo que piensa Gallo y lo que piensan las mujeres y hombres que firmaron esa carta impulsando la candidatura de Sánchez es que la apoyo desde mi humilde lugar. Un presidente del Frente Amplio de 36 años que habla de transparencia, paridad de género, y una fuerza política adaptada al siglo XXI sin perder el norte de la transformación social para mí no es poca cosa.

¿Es el Frente Amplio la herramienta de cambio para poder transformar la sociedad? Si queremos que lo sea, puede ser que éste sea nuestro último tren.