Quince años atrás, los uruguayos y las uruguayas dijeron
no va más a una serie de políticas y
formas de conducir el país compartidas por los partidos tradicionales en el gobierno desde la
salida de la dictadura militar.
La corrupción estaba metida en el sistema político de coalición que gobernó entre 1985 y 2004
y la pobreza y la exclusión crecieron alcanzando niveles insospechados en el comienzo del
nuevo milenio, cuando los países vecinos, Brasil y Argentina, entraron en grandes crisis
provocadas en gran parte por los gobiernos neoliberales que los gobernaban.
A veces hablar de aquel entonces se torna repetitivo y aburrido, pero cuando pienso que el año
que viene votarán por primera vez personas que tenían apenas dos años cuando la crisis estalló
y su memoria sólo les devuelve presidentes del Frente Amplio, lo repetitivo se torna un poco
necesario.
En aquel entonces, hablar de aumento de salario era un delirio, pensar en conseguir trabajo de
lo que habías estudiado era una pretensión sin lugar, pensar en conocer otro país era casi
utópico.
Casi 20 años tardamos en decir
no va más, nublados por los medios de comunicación que no
nos contaban lo que realmente pasaba, aterrorizados con el regreso de una feroz dictadura si
osábamos mirar siquiera para la izquierda, mal convencidos de que nuestro destino estaba
invariablemente atado a las locuras que se hacían del otro lado del Río de la Plata.
Finalmente, como cuando el pueblo fue a las urnas en 1980 para decirle
no va más a la
dictadura militar, en 2004, luego de la más feroz crisis que haya vivido nuestro pequeño país,
el pueblo fue a las urnas y dijo
no va más.
A partir de ahí, vinieron 15 años de gobiernos frenteamplistas. En este proceso cayeron un
montón de ilusiones acumuladas por personas de izquierda que venían luchando por este
cambio de gobierno desde hacía mucho tiempo. Las expectativas chocaron con la realidad y
no han sido pocos los que se han sentido defraudados por los gobiernos progresistas. No
hubo reforma agraria, no se tocó profundamente la estructura productiva del país, no se hizo
justicia con militares y civiles que torturaron, desaparecieron, robaron y asesinaron durante
la dictadura y muchas otras cosas no pasaron.
Sin embargo, el trabajo que hicimos todos y todas y el que desempeñaron los tres gobiernos
del Frente Amplio nos presentan hoy una realidad innegable que nos cuesta asumir como tal,
como cuando llegamos a semifinales en Sudáfrica 2010 y no nos lo terminábamos de creer
¿se acuerdan?.
Uruguay es hoy un país cuya economía crece mientras sus vecinos se derrumban (una vez
más) en políticas neoliberales y represivas que generan caída de la economía, más pobreza
y exclusión. Sí, por primera vez nos dimos cuenta que si hacemos las cosas más o menos bien,
los resultados serán diferentes.
Uruguay es también uno de los países menos corruptos del mundo,
según Transparencia Internacional, ubicado en el puesto 23, empatado con Francia y superando a países como
España, Italia, Portugal, Chile o Corea del Sur.
Uruguay es el único país del hemisferio, junto con Canadá, que tiene una democracia plena
según el índice de democracia de
The Economist, superando a países como Estados Unidos,
Francia, Japón o Bélgica.
Uruguay es el noveno país del mundo en cuanto a libertades,
según Freedom House, superando
a países desarrollados como Estados Unidos, Alemania, Suiza o Dinamarca.
Puedo seguir: Uruguay es el país con mejores trabajos en América Latina
según el BID, y en el
que más han aumentado los salarios en el continente
según la OIT. Nuestro país tiene
la mayor velocidad de
conexión a Internet de la región y es
el país con más población conectada
de América Latina superando a países como España, Portugal o Irlanda. Además, Uruguay
es el único país de América Latina entre los gobiernos digitales más avanzados del mundo,
según Naciones Unidas. También somos uno de los países con menor emisión de CO2
per cápita y con mayor porcentaje de uso de energías renovables en el mundo,
según el Banco Mundial.
Todos estos indicadores son reales y sin embargo, no significan ni cerca que tengamos todo
resuelto. Uruguay adolece de problemas clave, como cualquier otro país, que todavía debe
enfrentar. Pero para hacerlo, se necesita un país en las mejores condiciones posibles,
por esto, en 2009 y 2014 la mayoría del pueblo volvió a decir no a los avances neoliberales de
los partidos tradicionales.
Tres elecciones consecutivas con las mismas propuestas y las mismas ideas por parte de una
oposición que no ha dado nunca la talla, se traducen en tres derrotas incuestionables de las
que parecen no haber aprendido nada (bueno). Hoy y en 2019, la estrategia es otra:
si no
puedes convencerlos de tu verdad, entonces miente.
A Macri le salió bien, cualquier promesa de su campaña ha sido incumplida. A Bolsonaro le
salió bien, toda su campaña se basó en la más absoluta mentira. Parece que la realidad no
debe ser un factor a tomar en cuenta, y así, no la derecha neoliberal, sino una más rancia,
autoritaria y nacionalista parece levantarse de nuevo.
Ahora a los uruguayos y a las uruguayas nos toca algo que siempre nos costó hacer: cambiar
el
no, por el
sí, y apostar a dar un salto de calidad que no solo nos termine de despegar de la
región, sino que sirva como faro para todos aquellos en nuestros países vecinos que están
sumidos en el desconcierto.
Este
sí no puede ser un
sí a más de lo mismo, es un
sí a un cambio cualitativo, a un nuevo
liderazgo dentro de la izquierda que tenga energía, que no tenga miedo a innovar y a probar
nuevas y originales ideas. Ya no podemos subirnos a la locomotora de Brasil, porque se estrelló
contra un muro de corrupción y autoritarismo. Ya no podemos esperar que los turistas argentinos
nos salven en cada verano, porque sus vacaciones se han visto seriamente comprometidas por
el largo invierno que han votado. Es tiempo de creer, como empezamos a creer en aquel mundial
del 2010, que las respuestas están más que en nadie, en nosotros.
PD: Abandonen el hashtag #4FA, que esto no es un partido de fútbol. El triunfalismo es
mediocridad y el 4 sólo recuerda que ya hubo 3 que no han podido con algunos temas espinosos
de verdad. La alegría de vivir en un país como el Uruguay de 2018 tienen que ser de todas y todos,
sino no vale la pena.