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domingo, 6 de agosto de 2017

Entre gigantes idiotas

Hay cierto aire de alivio y hasta triunfalismo en ciertos sectores del oficialismo uruguayo. Nos vemos como un oasis en el medio de una tierra llena de desastres. El avance de la derecha en la región no pudo con nosotros. Crecemos, mientras los vecinos sucumben. Hacemos un poco de alarde – siempre con la (falsa) humildad que nos caracteriza – sobre nuestra envidiable situación de estabilidad política y económica mientras el resto del continente se sacude.

Pero no estamos aquí para hablar de nosotros. Nuestra fragilidad es tal, que cualquier soplo de nuestros vecinos, por más que juremos que hemos ganado una independencia total, puede dejarnos otra vez en la miseria. Si algo hemos visto en los países vecinos, es que todas las construcciones que parecían sólidas y que tomaron más de una década para levantarse, no son casi nada ante la restauración del paradigma neoliberal.

Tomemos un instante para observar a los vecinos. Parece que estamos rodeados de dos gigantes idiotas, tal vez algo ebrios o bajo los efectos de algún calmante que los deja brutos, sin mayor habilidad para moverse o razonar. Son, de todas maneras, los dos gigantes del barrio, y por más que estén cortos de pensamiento o lucidez, siguen marcando el ritmo.

En Brasil las cosas no podrían ser más extrañas. ¿Han visto imágenes o videos sobre las sesiones de impeachment a la presidenta Dilma Rouseff? Es difícil creer que la que hace pocos años era la quinta o sexta mayor economía global esté en este lugar tan oscuro. El diputado que lideró el quiebre institucional está preso por años, hay videos y audios que muestran claramente cómo el actual presidente Michel Temer ordenó pagar sobornos y coimas, hay discursos fascistas gritados a viva voz en los micrófonos del congreso más triste del mundo y sin embargo, las cosas no parecen que vayan a cambiar.

Argentina ha vuelto a los noventa con una velocidad que asombra. Más de un millón de personas arrojadas a la pobreza en apenas un año (la mayoría de ellos son niños), un costo de vida que se ha disparado a las nubes y un presidente -en este caso, mal que le pese a los argentinos- elegido democráticamente, que no para de vender humo.

Las estrategias son y van a ser similares. Compren pop y siéntense a ver. Los intereses de las clases dominantes, siempre de la mano de Washington, apuntalados por un sistema judicial totalmente flechado y siempre decorado con hermosos colores, eslóganes y “noticias” por los grandes medios de comunicación.

En Argentina, el aparato publicitario de Macri funciona a la perfección hasta el momento. Hay todavía, a casi dos años de la asunción del nuevo presidente, muchos argentinos que creen que su actual situación es sólo un “sinceramiento de la economía”, un mal que hay que atravesar por culpa de los K para llegar al paraíso de la pizza y el champagne, de Miami y del desarrollo prometido. No importan los puestos de trabajo destruidos, no importa el sector informal, las reglas de juego que cambian y vulneran a los de abajo, no importa la cuenta del gas o de la energía. No importa todo eso. Se sienten parte del cambio, pero son parte de una simple campaña publicitaria, y cuando los focos se apaguen, nada bueno les espera. Mientras tanto pueden entretenerse comentando los últimos vestidos de Juliana Awada.

En Brasil, las cosas son acaso más oscuras. Aquí los millones bajo la línea de pobreza crecen día a día mientras el país es gobernado por un criminal. La potencia del continente se sigue sumergiendo en los recortes, la exclusión, el deterioro político y la represión violenta a cualquier tipo de manifestación contraria al gobierno.



Hay algunas cosas que tienen en común los dos gigantes idiotizados. Por ejemplo, eso que llaman “flexibilización laboral” y que básicamente significa que se cambian fuertemente las reglas de juego en el mundo del trabajo, para quitar derechos a los trabajadores y aumentar los beneficios de los empresarios. Despidos sin efectos secundarios, contratos basura, salarios deprimidos, mayores obligaciones para los trabajadores, mayor carga horaria, en fin, más explotación.

También tienen en común una estrategia bien planteada de avance de procesos judiciales que impidan un resurgimiento de los sectores políticos que sacaron a millones de argentinos y brasileros de la pobreza en los últimos 15 años. Pueden apostar que habrá coloridos procesos judiciales en contra de Lula Da Silva y Cristina Fernández, una y otra vez, hasta que ambos queden fuera de juego. Son hoy, los principales objetivos de la derecha restauradora.

Y luego está, como siempre, el bombo mediático. Mientras muestran a Lula esposado o cuentan el cuento de una ruta de maletines con dinero pergeñada por la maléfica Cristina, mientras llenan la pantalla de lucecitas de colores, roban lo que es de todos, recortan derechos, vulneran aún más a los más vulnerables, invisibilizan  a las manifestaciones, y a la protesta que no descansa pero se desinfla.

Hace muy poco leí con sorpresa que la suspensión de Venezuela del Mercosur era “una victoria política de Macri”. Así cuentan la historia. No reconocen que la suspensión de Venezuela del Mercosur es una victoria principalmente de Washington, que hoy juega con los gigantes idiotizados a piacere. Hay, realmente, muchos argentinos que creen que con su actual presidente la posición de su país en el concierto mundial ha mejorado. Desde afuera, lejos de las luces y la pirotecnia del PRO, no se entiende tal nivel de ceguera.

Mientras tanto, las grandes masas se dividen, se miran con odio. Las clases medias se aferran con uñas y dientes a los pequeños placeres de la compra en cuotas y le sueltan la mano a una masa cada vez más grande y cada vez más pobre, que ya les resulta demasiado pesada. Mejor no verlos. El slogan de los noventa que vuelve con vigor una vez más. En esa división, radica gran parte del éxito del discurso neoliberal de Macri y Temer, por más que vendan un discurso vacío de unión entre compatriotas.

En las calles los que protestan no son suficientes y cada vez se escucha menos de ellos en los medios. Las ollas populares reaparecen en los barrios pobres a los que no llega el noticiero. Y los gigantes, idiotizados, casi cual marionetas, se mueven torpes destruyendo lo que hace poco parecía ser un barrio pujante, pero que hoy se vuelve a parecer más a un patio trasero de alguna gran potencia.
   



martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas. 

jueves, 13 de abril de 2017

Qué nos está pasando

En los últimos años, los gobiernos progresistas de la región están dando serias señales de agotamiento. 








La corrupción tomó a los gobiernos de Brasil, Argentina y Venezuela casi tanto como había tomado a los gobiernos neoliberales de los 90. Además, se ha avanzado en muchos casos hacia una desconexión con movimientos sociales y en algunos casos se ha dado lugar a acciones por demás autoritaritas (represión a movimientos campesinos, poblaciones indígenas, o barrios pobres).

Para ser más claros: no se puede defender la falta de seriedad institucional del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Tampoco poner las manos en el fuego por Cristina Fernández y sus negocios turísticos e inmobiliarios en el sur de Argentina. Defender la inexistencia de corrupción en las cúpulas del Partido de los Trabajadores en Brasil es un despropósito. Podemos decir claramente que las declaraciones sobre la homosexualidad y las hormonas en los pollos de Evo Morales son de una ignorancia inimaginable para un jefe de Estado del siglo XXI. Y podemos condenar la represión de poblaciones indígenas por parte de las fuerzas del orden del gobierno de Rafael Correa en Ecuador.

¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?
Esa parece ser hoy la mayor interrogante.

Estados Unidos está desplegando una política exterior intervencionista desde hace años que busca recuperar el peso perdido después del NO al ALCA, con la OEA como principal espacio multilateral de acción y el avance (muchas veces a prepo) de gobiernos neoliberales alienados con los principales grupos de poder locales.

Tener dudas de esto es como dudar que la institucionalidad venezolana esté dañada. De nada vale apuntar sólo para un lado.

Que Washington haya alentado los golpes blandos que voltearon gobiernos en Brasil, Paraguay y Honduras y que lo intentaron en Ecuador, Bolivia y Venezuela no debe ser sorpresa para nadie. Son las reglas de un juego que a veces el progresismo latinoamericano parece ni siquiera saber que está jugando. En el subcontinente, los hijos de los que siempre fueron ricos, están volviendo al poder (al poder político, porque el económico nunca lo perdieron del todo, no seamos ingenuos).

Vuelvo una vez más a la pregunta que debe estar desvelando a cualquier pensador de izquierda. ¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?

Lo primero debería ser disputar la construcción del relato y dejar de subestimarla.

Nos importa más saber las alternativas de juicios armados contra Cristina Fernández que las cifras de desempleo, costo de vida y pobreza que revientan en Argentina.

Nos interesa Venezuela, pero no nos interesa Paraguay o México, democracias mucho más dañadas y vulneradas.



No le damos relevancia a que la derecha ecuatoriana no reconozca al gobierno electo por voluntad popular legítimamente, tampoco le dimos relevancia al hecho de que el diputado que orquestó el juicio político contra Dilma está hoy preso por corrupción, ni que Temer corra riesgo de ser enjuiciado mientras le hace los mandados a Estados Unidos. No nos interesa lo que sucedió en Curuguaty ni los paramilitares fascistas de Álvaro Uribe en Colombia. No hablamos de la lista interminable de intentonas golpistas de la oposición venezolana, ni las acciones empresariales directamente montadas para generar desabastecimiento, descontento y finalmente desestabilización y mucho menos de la compra de votos por parte de los diputados electos en el Estado de Amazonas. No nos preguntamos dónde están las miles de personas que salieron a las calles en Brasil para reclamar supuestamente por el fin de la corrupción (gracias Globo) o en Argentina para reclamar por el fin de la grieta (gracias Clarín).

La agenda de la derecha, dueña de los viejos medios de comunicación y alineada con Washington  nos obliga entonces a hablar del crecimiento sostenido de la economía paraguaya, de lo que dice un personaje tan desacreditado como Luis Almagro, del palabrerío cruzado entre Maduro y Vázquez, de la mesa de Mirtha Legrand con Macri y su hermosa esposa llena de slogans. 

Pero la construcción de un nuevo relato no basta. Hay que tener siempre muy presente que el kirchnerismo nació con Néstor y Cristina, Alianza PAIS con Correa, el chavismo con Chávez, el PT nunca tuvo peso hasta Lula y el MAS no existía antes de Evo Morales. Los caciques no alcanzan. Hay que hacer partido, hay que hacer fuerza política y sobre todo, hay que hacer conciencia.  En esto, los sectores sociales, que en mayor o menor medida se han visto favorecidos durante lo que va de este siglo, tienen mucho por hacer. Hacer para evitar grandes retrocesos en los terrenos ganados (que rápidamente ya se están perdiendo) y fundamentalmente para construir nuevas formas de democracia que realmente los representen. 

jueves, 21 de abril de 2016

Golpes



Una de las diez mayores economías del mundo con más de 200 millones de habitantes. Uno de los países (sino no es él país) con mayores riquezas en recursos naturales: una selva, un reservorio de agua, tierra fértil y venas llenas de petróleo y minerales.

Cuando asumió Lula, en 2003, uno de cada cuatro brasileños era pobre. La pobreza en Brasil, bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cayó de más de 25% a casi 7%. Esto es: más de 25 millones de personas dejaron la pobreza atrás.

Pero todo el crecimiento económico y el combate a la pobreza no alcanzaron, nunca alcanzan. No se reformó la Constitución, no se reformó el Poder Judicial y no se reformó la realidad del poder mediático. Tampoco se combatió de forma eficaz la corrupción, que aprovechó las inmensas ganancias del Estado registradas en los últimos años. Vale aclarar que se trata de una corrupción sin partido político, o mejor dicho, con todos los partidos políticos, especialmente los que hoy claman para destituir a la presidenta, Dilma Rousseff, ella sí, al menos hasta ahora, libre de toda sospecha de corrupción.

No es nuevo esto. Ya pasó en 2009 en Honduras, ya pasó en 2012 en Paraguay. Se intentó en Ecuador, en Bolivia y en Venezuela. América Latina ha hecho historia en estos últimos 15 años con golpes e intentos de golpes “blandos”. ¿Pensamos que sacar a más de 50 millones de personas de la pobreza no le iba a molestar a nadie? Ahora, lo que sucede, es que el golpe se le da al mayor país de la región.

Ya no son tanques en la calle ni militares en el poder. Por ahora ya no son necesarios, o mejor dicho, efectivos. Ahora son llamadas de algunos poderosos empresarios a diputados corruptos, es un operativo mediático que lleve gente descontenta a la calle, son unos jueces comprados que sigan el juego y ya está casi todo pronto. La infamia de juicio político ya está casi en movimiento.

Tomar nota: Meterse con algunos intereses de las clases dominantes puede ser complicado, no hacerlo puede resultar fatal, para la democracia y para los gobiernos que buscan combatir la pobreza y sobre todo la desigualdad.

Claro que los partidos políticos que defienden los intereses de las clases dominantes, los siempre borrosos intereses empresariales y transnacionales, los medios casi monopólicos que pertenecen a esos intereses, los jueces cómplices, pueden hacer mucho ruido. Pueden hablar de grietas en la sociedad con la liviandad de alguien que nunca vivió o tuvo que ver con la crisis de 2002, pueden tildar de radical (y ojo con tener ideas radicales en un mundo que aplaude la moderación inmovilizadora) cualquier intento por reformar una constitución, aprobar una ley de medios o revisar el funcionamiento del Poder Judicial. Pueden voltear un gobierno, sin que casi te enteres.

En Brasil lo que sucede es claro. Hay un golpe de Estado en marcha. En una década en el gobierno, el PT no ha logrado (ni siquiera intentado) modificar la constitución, crear un marco normativo más justo en materia de medios, reformar o revisar el Poder Judicial o atacar a la corrupción en el ámbito público y en el privado. Sin eso, todas las victorias en el terreno de los derechos penden de un hilo.

Nosotros, aquí, en Uruguay, vemos lo que pasa casi como si estuviéramos viendo una más de las telenovelas de Globo. Lamentablemente, no estamos pensando en que lo que pasó allá, con otros colores y otros actores, puede pasar aquí mañana. Actuar en consecuencia, a esta altura, parece un sueño inalcanzable.

sábado, 25 de julio de 2015

O inverno está chegando


Podemos contar, a simple modo de relato, que en América del Sur hubo una primavera. No fue como la árabe, fue mucho más real. Alcanzó las urnas desde Venezuela hasta Tierra del Fuego y cambió de signo al poder político.

Cada país del continente la vivió a su manera, con la moderación que siempre envuelve a Chile, con la radicalidad con que siempre respiran los argentinos, con un fuerte componente indigenista en Bolivia y con la esperanza de un país continente en Brasil.

Fueron más de diez años en los que las economías crecieron en términos reales y se observó una mejora en la distribución de los ingresos. Sesenta millones de latinoamericanos abandonaron la pobreza a partir de esa primavera, que luego se convirtió en verano y ahora está instalada en el otoño. Veinte veces la población de nuestro país. Esa fue la cantidad de seres humanos que abandonaron la pobreza en estos años.

Miremos el barrio. Chávez se fue y en su lugar quedó Maduro. A Lugo lo fueron y en su lugar quedó Cartes. En Chile se fue Bachelet y asumió Piñera. Luego volvió Bachelet pero más parecida a Piñera que nunca. ¿Por qué?

¿Cómo convencemos al viejo rico y al nuevo rico de que debemos seguir redistribuyendo? No es fácil. Cada vez es más difícil.

En Argentina el kirchnerismo dejará la Casa Rosada este año y en su lugar todo indica que quedará el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, o, más a la derecha aún, Mauricio Macri. Pase lo que pase, la apuesta por la distribución de riqueza tiene los días contados. No es alentador el panorama si miramos hacia el Río de la Plata, pero ¿qué pasa si miramos al Norte?

En Brasil, el gigante de la región, el país que impacta de mayor forma en nuestro pequeño Uruguay, hay muchas cosas pasando.

Hay una presidenta que decía ser progresista, pero a la que se le han escapado muchas cosas de las manos. Una presidenta con una aprobación menor a 8%, con una fuerte oposición interna, rodeada de casos de corrupción y enfrascada en una batalla por controlar los índices económicos, una presidenta a la que poco se le puede pedir. No podemos sorprendernos si en los próximos meses somos testigos de al menos un intento de juicio político.


Del Parlamento brasileño podemos esperar todavía menos, mucho menos. Allí, donde hace unos años estallaba el escándalo del Mensalão (con coimas a legisladores de todos los partidos), nada parece haber cambiado. La bancada del buey, la bala y la biblia (que reúne legisladores que abiertamente le hacen los mandados a los sectores terratenientes, armamentísticos y evangelistas) ha dado varias muestras de estar dispuesta a todo para defender los intereses más conservadores (solo basta ver la vergonzosa votación de la baja de la edad de imputabilidad).

Lo cierto es que en Brasil, como en el resto del barrio, el progresismo está mostrando cada vez más grietas. Un enfriamiento de las condiciones internacionales favorables, una cantidad considerable de población con nuevas necesidades y la derecha siempre sedienta de poder van provocando erosión en un bloque que alguna vez fue progresista y que ahora apenas puede funcionar como un muro de contención ante el conservadurismo.

Porque es eso lo que avanza y agrieta. El sentir conservador que trae consigo al invierno que está llegando.

¿Junto con Néstor Kirchner, Lula, Chávez y Lugo o junto con Scioli, Cartes, Maduro y Dilma? ¿En qué foto se sentirá más cómodo nuestro presidente? Las señales de marzo hasta aquí, lejos de hacernos pensar que Vázquez encabezará el resurgir del progresismo en la región, nos señalan que será un gran colaborador de los intereses conservadores.

Tal vez, para aquellos que no estamos muy cómodos con este invierno, sea tiempo de ir pensando en cómo volver a generar una primavera, con otras herramientas y desde otra base. Mientras tanto, pueden sentarse a ver hasta dónde los sectores una vez progresistas de nuestra América del Sur pueden traicionar sus bases ideológicas con tal de quedarse un segundo más en el poder. 

miércoles, 28 de enero de 2015

¿Qué nos importa Grecia?

Algunos medios conservadores europeos hablan del desembarco del socialismo del siglo XXI predicado por Hugo Chávez en Europa.

Parece un poco mucho. Lo más probable es que, como aquí mismo en Uruguay lo supieron hacer los partidos tradicionales, esos medios estén “asustando” con el cuco del chavismo. Es que los partidos tradicionales europeos, al igual que hace más de diez años le sucedió a los partidos poderosos de América Latina, no saben mucho qué hacer.

Aquí podemos estar pasándola bien, o mejor que antes, en cierto estado de bienestar. Pero allí, en Europa, están en crisis desde hace ya demasiados años. Y las crisis, siempre hacen temblar gobiernos. Primero fueron algunos socialdemócratas. Zapatero perdiendo el poder en España, Gordon Brown en Reino Unido, Prodi en Italia y muchos otros. Llegó la derecha a proponer los ajustes impuestos por una Alemania que mueve y domina a la Unión Europea. Con Sarkozy, en Francia, con Rajoy en la Madre Patria, con una gama de fracasos en Italia que fueron desde el siempre terrible Silvio Berlusconi hasta un grupo de tecnócratas bien duro que poco pudo hacer para sacar al país con forma de bota de la crisis.

Los europeos han probado de todo y en esas pruebas se fueron dando cuenta de que la izquierda vestida de socialdemocracia que hace tantos años se turna en el poder ya no tiene casi nada de izquierda. La prueba más gráfica puede ser la modificación del discurso del autodenominado socialista y presidente de Francia, François Hollande, que llegó al gobierno para plantarle cara a la alemana Merkel y que al día de hoy es casi una marioneta del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (Berlín), con una política intervencionista, militarista y, además, llena de ajustes.

Ante la falta de alternativas y el baño de realidad que siempre viene de regalo con una crisis, los europeos (principalmente los que viven en los países del sur pobre del continente) salen a buscar nuevas alternativas. Las hay de derecha y de izquierda.

En la derecha crecen las soluciones más extremas, los partidos que miran con cariño al nazismo (sí, parece que algunos no aprendieron nada, a pesar de tener la Segunda Guerra Mundial en casa) y con odio a la inmigración. En Francia, el Frente Nacional fue el partido más votado en las últimas euroelecciones. El inglés UKIP multiplicó sus fuerzas en las últimas elecciones locales y, en Grecia, Amanecer Dorado se situó, el domingo, como la tercera fuerza política del país.

Pero no todo es tan terrible. Hay europeos asustados que votan a la ultraderecha, pero también los hay más lúcidos, que miran hacia otros lados en busca de soluciones. Y allí es donde América Latina tiene un rol muy importante que jugar.

Grecia y España, dos de las naciones más afectadas por la crisis económica, política y social, vieron surgir y crecer a agrupaciones que le han prestado buena atención a lo que en nuestro barrio sucedió en los comienzos de este siglo. Saben de las nefastas recetas del FMI y de la fractura social que puede conllevar aplicarlas. Saben también de Hugo Chávez, Lula da Silva y un giro a la izquierda (una izquierda más real, menos lavada que la europea) que hizo que el continente dejara atrás la crisis con procesos en mayor o menor medida inclusivos.

El domingo Grecia dio el primer paso. No solo el partido de izquierda Syriza ganó las elecciones que conforman Parlamento y eligen primer ministro sino que casi alcanza la mayoría absoluta; esto es, un fuerte apoyo popular, que como ya nos ha enseñado América Latina, es indispensable para que las soluciones lleguen.

Este mismo año, con un poco de suerte, una nueva agrupación romperá con el binomio PP-PSOE en España. Se trata de Podemos, un experimento y también una forma de hacer política diferente, con líderes jóvenes y propuestas que llaman la atención.

Tanto en Grecia como en España el factor común parece ser el mismo: no más recortes. La austeridad que piden los organismos multilaterales solo les sirve a los mismos pocos de siempre.

Allí en Europa, el euro, y la integración regional lo hacen todo un tanto más difícil. Escaparse de Alemania sin quedar flotando a la deriva parece una misión casi imposible, pero si se baja la cabeza, las próximas en probar suerte pueden ser las opciones más radicales de la derecha. Grecia será en este caso, la punta de lanza que puede significar (o no) un verdadero cambio en el sistema político del viejo continente.

miércoles, 14 de enero de 2015

París le teme a París

Todas las muertes son condenables. La exclusión genera violencia. Esas son las dos ideas claras que vienen a mi cabeza después del tsunami informativo que partió desde una redacción de una revista francesa bañada en sangre y se esparció con velocidad por todo el globo.


Franceses matando franceses. Terrible. Pero para mí, como dije en el arranque, todas las muertes son condenables. Las de franceses que matan franceses, las de sirios que matan sirios, las de mexicanos que matan mexicanos.

Todos los asesinatos son intentos de acabar con la libertad de expresión. Todos. El del hombre que mata a su mujer en Las Piedras, el de los narcos y el Estado matando jóvenes en México, el de soldados franceses matando iraquíes, el asesinato de niños o reporteros en la franja de Gaza a manos del Estado de Israel, el asesinato de adolescentes noruegos a manos de un joven de la misma nacionalidad. Todos son intentos de acallar al otro. Devastadores intentos. Intentos construidos desde la intolerancia y, sobre todo, desde la exclusión y la violencia.

Creo que mientras no entendamos esto, de nada sirve horrorizarse ante una masacre como la parisina o como tantas otras que no nos muestran. Echarle la culpa a una religión, a la locura o a la “radicalidad” parece entonces demasiado simplista. Generamos exclusión y después no sabemos de dónde vienen las balas. Nuestras sociedades, en Occidente principalmente, generan exclusión y violencia. Excluimos a los árabes en Europa, pero también excluimos a los pobres aquí en América Latina, excluimos a los diferentes en una secundaria estadounidense o escandinava, y esa exclusión genera brotes terribles de violencia. Tenemos que hacernos cargo.

No basta con decir que el mundo árabe es un marido golpeador a quien se lo enfrenta o se evita molestarlo para que nos pegue. Hay que arrancar reconociendo siglos de humillaciones, violaciones, saqueos y violencia pura y dura, de Occidente sobre Medio Oriente, de los autodenominados ilustrados franceses, la elite del colonialismo salvaje (preguntar por Argelia, Mali o Iraq). No es un marido violento, es un monstruo violento, generado en gran parte por los mismos que ahora le temen y le apuntan con el dedo.

No basta tampoco con reducir el asunto a un problema de libertad de expresión. No se trata de una región o religión autoritaria que quiere imponer silencio en el libre mundo occidental. La misma Francia ha atacado a la libertad de expresión a palazos, lo hace Israel cuando bombardea Gaza, lo hace China en el Tibet, lo hace Estados Unidos y sus amigos. Si no pregúntenle a Julian Assange que sigue encerrado en la Embajada de Ecuador en Londres.

Hay que hacerse cargo. Sobre todo aquellos que viven en Estados fuertemente intervencionistas deben hacerse cargo. Pero nosotros desde el pequeño Uruguay también. ¿Por qué salen cuatro millones de franceses a condenar el asesinato de 12 compatriotas y no salen a condenar el asesinato de cientos de niños en Gaza? Las sociedades parecen avalar la violencia ejercida por los ejércitos de sus países fuera de frontera, y además, puertas adentro, se ejerce día a día la discriminación.

Los medios también tienen su cuota, como siempre, porque son reflejo, pero además (y sobre todo) son formadores de opinión. La libertad de expresión debe ser cuidada como el más importante tesoro. Muchas veces (por ejemplo, cuando Charlie Hebdo publica una caricatura de un egipcio siendo asesinado a tiros) los medios generan exclusión, discriminación y en consecuencia, violencia. Aquí lo sabemos muy bien. Todos vimos el tratamiento que se le dio, por poner un ejemplo fresco, al “caso Lola”, y cómo algunos medios se revolcaron en la violencia, la sangre y el dolor ajenos. Yo no creo que lo hagan en honor o defensa de la libertad de expresión. A veces creo que la libertad de expresión les importa un huevo.

Hay quienes dicen que la mayor cantidad de extremistas árabes, de esos que aterran a Europa hoy, están siendo generados en la misma Europa. No es fácil entenderlo, pero vale la pena el intento. Entender por qué a una persona se le pasa por la cabeza que con un arma y muchas balas, terminando con otras vidas, puede solucionar algo, es, desde mi humilde punto de vista, el primer paso certero hacia un mundo menos violento. Nunca justificarlo. Solamente entender qué lo lleva a realizar tal atrocidad. Mientras tanto, la violencia sigue generando violencia y en Europa siguen asomando los partidos de ultraderecha que, lamentablemente, me temo, darán qué hablar.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Última actualización

La derecha y su (nuevo) intento de colonizar las redes sociales en América Latina.


En pocas horas llega a Uruguay Gloria Álvarez, una joven guatemalteca que en los últimos meses se ha hecho relativamente conocida por una presentación subida a Youtube y una charla que ella misma ha denominado “Populismo vs República” y que imparte en cualquier parte de América Latina a la que se la invite.

Esta joven llega a nuestro país invitada y promovida por militantes de Lacalle Pou y pertenece a la organización liberal y de derecha “Iberoamérica Líder” que este año ha inventado un “Parlamento Iberoamericano de la Juventud” dónde Álvarez pudo filmar su video y también sacarse fotos con el ex presente Lacalle (padre).

El discurso ha sido descrito por varios medios digitales como un éxito en las redes sociales (aunque sus reproducciones son apenas la mitad de las que tiene, por ejemplo el discurso de Mujica en Río +20), a la vez que se resalta la profesión de politóloga de Álvarez y su matriz joven y moderna. El video en YouTube dura apenas 12 minutos y es al menos, interesante.

La joven afirma entre otras cosas que tenemos “líderes corruptos” en Amércia Latina, habla de generalidades, no define claramente lo que es y lo que no es populismo y apenas se atreve a poner dos ejemplos claros: Cuba y Venezuela, además, claro esta, de su querida Guatemala.

Álvarez propone “desmantelar el populismo” y asegura que los hay de izquierda y de derecha y que son todos igual de malos.

¿Por qué? Según la politóloga, el populismo, por definición avanza sobre la institucionalidad, multiplicando la corrupción estatal (sin emabrgo, nunca habla del régimen mexicano por ejemplo, o del colombiano). Además asegura que “el populismo ama tanto a los pobres que los multiplica” pasándose por alto todas las cifras de pobreza que se han visto reducidas sustancialmente en países como Venezuela o Ecuador (ambos son los que han reducido más la pobreza desde 1999 a la fecha).

¿Cómo? La propuesta de Álvarez es desmantelar el populismo mediante la tecnología. Según ella, las redes sociales son una plataforma única para poder señalar los problemas del populismo y luego derribarlo. No aclara de todas maneras que en Guatemala, su país, sólo 2 de cada 10 personas acceden a Internet, y no cuesta mucho imaginar qué características tienen esas 2 personas, en un país con muchas necesidades básicas insatisfechas para el grueso de la población.

En pocas palabras, lo que nos está proponiendo Álvarez es que las minorías dominantes tomen control de las redes sociales para promover la caída de los gobiernos que ella considera populistas.

Bases. En el centro de las ideas que plantea Álvarez esta su reducción de los derechos inalienables del ser humano a una lista de tres: la vida, la libertad y, no podía faltar, la propiedad privada. No pone en el mismo escalón a la igualdad, por nombrar solamente uno de los derechos humanos que omite.

También en el centro de sus ideas está el (permítanme el adjetivo) fantástico “Manual del joven guatemalteco para salir de pobre”. En este manual en el que Álvarez indica los pasos a seguir por un jóven pobre para que abandone la pobreza, se pueden leer cosas como “dejá de esperar sentado a que el MINEDUC ponga una escuela en tu barrio o a que el IGSS (Instituto Guatemalteco para la Seguridad Social) te cure. Sal a buscar tus propios medios y edúcate y curate por tu cuenta”.

También señala que Internet es la solución porque “no hay nada que te impida educarte por internet. Hay un café internet (cyber café o locutorio) cerca de ti que te puede enseñar inglés, mecánica, ingeniería, arte, historia, ciencia, literatura, física, química, alemán, francés, chino, cocina, manualidades, y cualquier oficio que quieras poner en práctica aún si naciste en una familia de analfabetas”.

Internet. Este discurso parece ser una nueva actualización de las formas de la derecha para alcanzar o sostener el poder. En este caso, una forma joven, agradable, liviana y que pone a la tecnología en el centro del asunto.

No es el único caso. La tecnología y sobre todo Internet parecen destinados a ser el nuevo mayor escenario de confrontación ideológica. Basta observar cómo con un buen manejo de las redes sociales se ha contribuido a la caída de gobiernos como el de Egipto, Túnez o Ucrania.

La política está avanzando, muchas veces de forma muy lenta, sobre Internet y sobre las redes sociales. Esta joven que llega al Uruguay a contarte cómo los gobiernos de izquierda le hacen mal al continente, llega porque tiene un video en Youtube con “muchas” reproducciones y cuenta con miles de seguidores en Facebook y Twitter.

Internet valida personas y discursos. También puede ser una herramienta que genere un verdadero cambio en los sistemas políticos (véase por ejemplo el Partido de la Red en Argentina o el más serio Podemos en España), pero para la derecha liberal, en este caso, parece ser otra forma más de disfrazar a la mona.

martes, 18 de febrero de 2014

Wikileaks, Venezuela, los estudiantes, Serbia y una ONG

En junio de 2012 Wikileaks reveló una cadena de correos entre dos agentes de la Stratfor (una compañía de inteligencia global y espionaje al servicio del gobierno de Estados Unidos y de numerosas empresas transnacionales).


domingo, 16 de febrero de 2014

Preocupa Venezuela

Entender lo que sucede en estos días en Venezuela puede ser un poco trabajoso. Una situación compleja, con muchísimos matices, y en la que nos vemos una y otra vez, unos y otros, tentados a prejuzgar, reclamar y opinar.

domingo, 28 de abril de 2013

La crisis en el retrovisor.


Hace menos de una semana estaba mirando ¡Gracias Petrov!, un muy lindo programa del Canal Vasco que recorre los principales hechos locales y mundiales de los últimos 30 años. En éste capítulo, se aborda entre muchos otros temas la crisis de 2008 que tanto afectó y afecta a Europa.


Fue escuchando ese informe, con bancos que cerraban, suicidios, manifestaciones y recortes, con críticas al capitalismo salvaje, con indignados, con ferias de trueques, renacer de cooperativas y reclamos para establecer sistemas económicos más justos, que me acordé de mis años mozos, durante la crisis del 2002.


La pasamos tan mal. Padecimos tantas lecciones. Sufrimos tantos desgarros. Y vimos surgir una serie de gobiernos nuevos en nuestro continente. Gobiernos que han sacado a los distintos países de las crisis, los han puesto en la famosa senda del desarrollo, y los hacen crecer en cifras (si, ya sé, son solo cifras) impresionantes.




¿Pero qué pasa 10 años después? ¿Qué tanto nos acordamos de lo que nos pasó? ¿Por qué hasta parece que nos causa gracia lo que está pasando en Europa? ¿Cómo estamos por casa? Veamos.


En Argentina, el gobierno que sacó al país de la mayor crisis económica de su historia, suma día tras día, nuevos enemigos, en el interior y en el exterior. Nunca desde el regreso a la democracia, un gobierno tuvo tanta oposición (pésima en su calidad) y tan virulenta. La radicalización de posiciones podría chocar contra un fuerte muro cuando llegue a su fin el mandato de Cristina Fernández y haya que llenar un inmenso vacío de poder.


Un poco más al norte, en Bolivia, Evo Morales volverá a presentarse a las elecciones nacionales de diciembre de 2014. Su tiempo en el poder le ha hecho perder algunos apoyos importantes en las bases sociales, pero continúa siendo el candidato con mayor perfil presidencial en el país.

También junto a Bolivia, está el gigante del continente, Brasil. Apenas dejando atrás el escándalo del mensalao que llevó a la cárcel a decenas de políticos (algunos de ellos demasiado cercanos al ex presidente Lula) por corrupción. Por la misma corrupción que llevó a nuestros países a la crisis hace poco más de una década.

Pero también pasan otras cosas en Brasil. En la frontera con Bolivia el estado de Acre declaró a dos ciudades en estado de emergencia por la llegada masiva de inmigrantes ilegales haitianos. ¿Se acuerdan de los latinos ilegales que huían a Europa en pos de una vida digna? ¿Se acuerdan de cómo los trataban allí?


En las favelas de Río (se vienen Mundial y Juegos Olímpicos y hay que limpiar) y en la amazonia (pogreso nao tem fim) se repiten las acusaciones de violaciones a los derechos humanos por parte del mismo Estado.

En el terreno político, aunque parece que no hay nada nuevo bajo el sol, Marina Silva (ex líder ecologista, ex ministra de Lula) encabeza la Red Sustentable, un movimiento muy vanguardista y con potencialidades aún difusas pero que pisa fuerte en el mundo virtual.
También en Brasil, pero bien al sur, casi en Uruguay, la justicia juzga a empresarios, funcionarios públicos y autoridades por el incendio en la discoteca Kiss. ¿No es un dejavú de Cromañón?

Si cruzamos los Andes, en Chile nos encontramos con que está todo pronto para el regreso de Michelle Bachelet a la presidencia del país en noviembre de 2013. La “sorpresa” de las elecciones pasadas, el independiente Marco Enriquez Ominami parece fuera de forma para competir de nuevo en las contiendas electorales.

Por su parte, Piñera ostenta una popularidad de cerca del 38%, a pesar de que Chile es el país que muestra mejores cifras en lo económico. Clave: un movimiento estudiantil activo, fuerte y que logra convencer al resto de la sociedad sobre el rol central que juega la educación.

Bien al norte del subcontinente, en Colombia, ya se preparan las elecciones presidenciales de marzo del 2014. El presidente,Juan Manuel Santos aspira a la reelección y no parece tener contrincantes fuertes, a pesar de contar con la constante oposición del ex mandatario Álvaro Uribe, que lo llevó a la presidencia y luego no paró de ponerle palos en la rueda.

Al mismo tiempo, este extraño bicho político que es Santos, deberá avanzar en sus pretensiones electorales al tiempo que continúa el diálogo con la guerrilla de las FARC en La Habana. La paz parece estar colgando de un hilo demasiado fino.

Junto al país cafetero, está Ecuador, dónde Rafael Correa ganó las elecciones a principios de año con el 57% de los votos, reafirmando así su apoyo popular. La constitución permite solamente la reelección y además Correa ya aseguró varias veces que “estos son los últimos cuatro años en el gobierno”. Por lo tanto su mayor desafío está en encontrar un sucesor que continúe las profundas reformas que el actual presidente ha puesto en marcha.

Paraguay, en el corazón del continente, parece ser de los países con una situación más difícil de definir. Un nuevo presidente del histórico Partido Colorado, con un perfil empresarial y sospechas de vínculos con el narcotráfico, deberá alinearse con presidentes de otro signo político tanto en el Mercosur como en la Unasur.

Contra el Pacífico, en Perú, el presidente Humala enfrenta fuertes resistencias conservadoras y ha cedido más poder del que se podría esperar, defraudando a amplios sectores sociales que lo han llevado a la presidencia. Sin embargo, es muy pronto para definir su suerte.

Por último, allá en el norte, junto al mar Caribe, la Venezuela de Hugo Chávez que debe pensarse sin él. El presidente Nicolás Maduro ganó las elecciones por menos de 300 mil votos seis meses después de que Chávez ganara por 1.600.000 votos. Pero ganó. Y hoy todos, de más de izquierda, más de derecha, más venezolanos, más extranjeros, están nerviosos y atentos.

Y acá, en Uruguay, estoy yo, preguntándome ¿qué tanto aprendimos los latinoamericanos de nuestro (no tan) pasado?