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martes, 12 de noviembre de 2019

América del Sur sangra

América del Sur está pasando en estos días por una situación de cambio y tensiones que creíamos haber dejado atrás. Son tan vertiginosos los cambios que seguramente cuando logre publicar este artículo algunas cosas pueden haber variado bastante. 




Un brevísimo repaso: Argentina espera con esperanza un cambio de gobierno que venga a transformar la terrible situación económica y social en la que el país se ha sumergido, con más de 15 millones de personas en la pobreza, una deuda asumida ante el FMI que es imposible de pagar en los términos en que fue acordada, el desempleo y la inflación disparados y un gobierno cómplice de la fuga de miles de millones de dólares asumidos por todos los argentinos como deuda. El nuevo gobierno, a menos de un mes de asumir, se plantea desafíos aún mayores a los que tuvo Néstor Kirchner cuando llegó a la presidencia en 2003.

Brasil está dirigido por la ultraderecha encarnada en Jair Bolsonaro, ahora sospechado junto a su familia de estar involucrado en la muerte de la militante social Marielle Franco. Diversas filtraciones también señalan lo que ya todos sabíamos: su ministro de Justicia, el juez Sergio Moro está detrás de una trama judicial de corrupción para alejar a Lula de la carrera por la presidencia en 2018 y encerrarlo sin pruebas. Sin algunos de sus iniciales aliados (la red de medios O Globo, algunos sectores empresariales) y con Lula libre por decisión judicial, sólo podemos esperar la polarización, el aumento en la vulneración de derechos por parte del Estado y un Bolsonaro cada vez más fuera de control.

Bolivia atraviesa un golpe de Estado desde el domingo pasado. Un proceso electoral dudoso desembocó en una toma violenta del poder por parte de las fuerzas policiales y milicias armadas de la oposición que hasta hoy reprimen y aterrorizan a las poblaciones más sumergidas que apoyan al presidente Evo Morales. Hemos visto renuncias a punta de pistola, torturas, ataques armados y un ejército cómplice de los golpistas. No bastó con que el presidente haya convocado a nuevas elecciones y anunciado una transformación total del Tribunal Electoral con observación de la OEA (enemiga de Morales). Los golpistas ya habían anunciado que querían deshacerse del líder indígena que gobierna el país y eso es lo que están haciendo. Más allá de que la vida del líder político no corra riesgo en su asilo mexicano, podemos esperar noticias terribles en las próximas horas, especialmente en lo que refiere a la suerte a la que han sido echados los más humildes.

Chile vive una manifestación popular desde hace semanas en reclamo por la renuncia del actual gobierno y el inicio de una reforma constitucional que siente las bases para terminar con una desigualdad de las más terribles de todo el continente (que es a su vez el continente con mayores desigualdades). Decenas de muertos, una represión feroz de los militares y apenas un amague del presidente Piñera de comenzar un proceso de reforma constitucional que parece más un espejismo que otra cosa. De renunciar, ni hablamos.
Colombia sigue sumida en la violencia interna, con un gobierno que ha puesto en jaque la paz alcanzada con las FARC y su inclusión en la vida política del país. Además, la derecha militarista que dirige el país continúa en una guerra sucia con el narco y con otros grupos paramilitares menores, al tiempo que mantiene su injerencia desestabilizadora sobre su vecina Venezuela. Hace días nomás se conoció la muerte de 8 niños a manos de un bombardeo del Ejército, pero todo sigue como si nada. Daños colaterales le dicen.
Ecuador cuenta con un presidente electo que traicionó el pacto social que incluye el programa de gobierno y la plataforma que lo llevó al poder y que giró a un modelo neoliberal que, al igual que en Argentina, estuvo acompañado de un aumento exponencial en el costo de vida y un intento (aquí aún sin éxito) de recurrir al FMI. Esto provocó un fuerte estallido social que hizo al gobierno dar marcha atrás por el momento e intentar una vía de diálogo que aún no ha dado fruto. Los sectores sociales que promovieron la protesta ya anuncian nuevas medidas de fracasar el diálogo con el gobierno. Perú cuenta con un Parlamento suspendido en funciones por un presidente que asumió tras la renuncia del presidente electo por acusaciones de corrupción. O sea, una crisis disparada por el alto grado de corrupción del sistema político de Perú, que llevó a una crisis política y a otra institucional. Un presidente en funciones que no fue elegido por la población (aunque cuenta con un fuerte respaldo popular por el momento) y un país aquejado por la desigualdad social terminan de conformar un cuadro de mucha incertidumbre y alta volatilidad. Venezuela sigue inmersa entre un gobierno de corte dictatorial y una oposición profundamente antidemocrática. El enfrentamiento directo entre ambos ya ha provocado una crisis migratoria, un vuelco del país hacia el caos y la pobreza y constantes violaciones a los derechos humanos tanto por parte del Estado como por milicias opositoras. Un caos que generó que una minoría de países y organizaciones que buscan la paz para ese país sudamericano encaren negociaciones a nivel internacional que permitan una salida relativamente pacífica a la crisis multidimensional que atraviesa el país. Y aquí estamos en Uruguay ante el mayor cruce de caminos de la historia reciente: o somos ese recinto de paz que siempre apoya la paz y que crece en medio del caos, ese pequeño y humilde milagro en el que nos hemos convertido silenciosamente en la última década trabajando fuerte para solucionar todo lo que nos queda por solucionar y haciendo frente, sin soluciones mágicas, a los nuevos desafíos que todos los días aparecen, o nos damos de frente con el resto del continente, nos sumamos al caos, primero económico, luego político y finalmente siempre social que tanto nos ha costado a todos (a todos) dejar un poco atrás. La sabiduría de los pueblos hace la diferencia en momentos claves como el que estamos atravesando en estos días. Por eso espero que seamos lo suficientemente sabios y que estemos a la altura de las circunstancias. 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Agenda de derechas


Dos de los tres principales líderes de la coalición opositora que tiene como objetivo sustituir al Frente Amplio en el gobierno, han declarado que no piensan tocar la agenda de derechos, mientras que el tercero, ya adelantó su intención de dar marcha atrás con algunas leyes. Por lo tanto, de ganar esta coalición, es difícil saber qué sucederá con las leyes aprobadas.

También es difícil entender a cuál agenda de derechos se refieren quienes aseguran que no la van a tocar. En este campo, el principal candidato de la oposición, Luis Lacalle Pou, fue bastante claro en limitar la agenda de derechos a cuatro leyes en particular: marihuana, aborto, matrimonio igualitario y ley integral para personas trans. Del resto, podemos esperar cambios.

En ese sentido, entender la agenda de derechos construida en estos 15 años como 4 simples leyes, es más que conveniente para la oposición. Cuando se les pregunta por los Consejos de Salarios, la militarización de las fuerzas de seguridad y de la represión, los planes de desarrollo social, o los posibles recortes en Salud o Educación las respuestas son tan vagas que permiten augurar lo peor.

Tenemos el matrimonio igualitario, la despenalización y regulación de la interrupción voluntaria del embarazo, la regulación del comercio de marihuana, la ley de violencia hacia las mujeres, basada en género, la ley tras. Pero reducir la agenda de derechos a este puñado de leyes es demasiado ingenuo y muy conveniente para quienes tienen que prometer y convencer a la gente de que la van a mantener.

La agenda de derechos que conquistamos en estos 15 años abarca mucho más que ese puñado de leyes que acapara titulares, incluye también derechos laborales (como los Consejos de Salarios tripartitos que aseguran a los trabajadores ciertas garantías a la hora de negociar sus condiciones de trabajo o la Ley de 8 horas para el trabajador rural), el freno a la criminalización de los menores de edad (No a la baja), el acceso igualitario a las tecnologías de la información (Plan Ceibal, Fibra Óptica, Universal Hogar, desarrollo del gobierno digital), el acceso al ocio y turismo (cifras récord de turismo interno y de viajes al exterior, desarrollo del turismo social), acceso a la educación terciaria o universitaria, salud pública digna y mucho más.

Tres gobiernos progresistas consecutivos han permitido no sólo la consagración de nuevos derechos desde el punto de vista legislativo, sino que han habilitado cambios en la calidad de vida de muchas uruguayas y uruguayos, en la práctica, haciendo respetar y valer esos derechos escritos en papel y conquistados por movimientos sociales más o menos organizados.

Si defender la Agenda de Derechos es simplemente no derogar cuatro leyes, entonces blancos y colorados pueden autoproclamarse defensores de esa Agenda. Pero la realidad, como siempre, es mucho más rica y compleja.

Vemos un ejemplo particular: que dos personas del mismo sexo puedan salir a la calle de la mano no está consagrado en ninguna ley y no forma parte estrictamente de la Agenda de Derechos. Sin embargo, la discriminación y el acoso que esas dos persona pueden sentir al caminar de la mano por la calle puede variar según las políticas públicas y el discurso impulsado por el gobierno de turno. Y puede variar mucho, pues como sabemos, el discurso político desde el gobierno, y el operar del Estado pueden hacer la diferencia. Basta con mirar el espejo de Brasil: el gobierno de Bolsonaro no ha introducido cambios sustanciales en la legislación que afecta al movimiento LGBTIQ, pero sin embargo, modificó de hecho las políticas públicas que favorecían la no discriminación y desplegó un discurso de odio que avala actos de violencia hacia la comunidad LGBTIQ. Eso, sin derogar ni modificar ninguna ley, es destruir la agenda de derechos. Del otro lado, en Argentina, lo mismo aconteció con una disparada de la represión policial que provoca muertes de inocentes a manos de las fuerzas de seguridad o un discurso conservador que obliga a una niña violada a parir y lo justifica.

Así como la aprobación de una ley no hace que automáticamente nuestra calidad de vida cambie, la derogación o no de una ley tampoco la va a afectar demasiado. Lo fundamental es cómo se sostiene esa ley, qué políticas públicas aseguran su cumplimiento, qué fondos se destinan a su ejecución y qué discursos imperan desde el gobierno. Ahí está la clave que hace la diferencia y que pone en juego hoy la agenda de derechos construida. 

jueves, 22 de agosto de 2019

Amazonas: es la política, idiota



En las últimas horas hemos sido testigos, fundamentalmente a través de las redes sociales, de una explosión de incendios que afectan la selva del Amazonas y zonas aledañas. Posteo tras posteo, tuit tras tuit, historia tras historia, he visto como muchos de mis amigos virtuales -especialmente aquellos con una sensibilidad "verde"-  comparten  el horror que se vive hoy en este pulmón del mundo.

Lamentablemente, no muchos de ellos saben algo sobre el proceso que terminó abruptamente con el gobierno de Dilma Rousseff en 2016, no tienen idea clara de cómo Lula llegó a la cárcel ni qué signo ideológico o que sistema de ideas defendía el actual presidente de Brasil durante su campaña.

Este ataque al centro ecológico del planeta, no tiene nada que ver ni nada para comparar con el incendio de una hermosa iglesia parisina. Aquí lo que sucede no es una desgracia, aquí lo que sucede es una política y esa política sustentada en votos (más o menos engañados), en armas, en poder y en ideas es la que está generado una catástrofe de éstas proporciones.

Entiendo que uno no puede saber de todo ni estar al tanto de todo. En la vida cotidiana, la información de calidad es un bien cada vez más preciado. Pero sorprende ver a tantas amigas y amigos que día sí y día también se preocupan por militar no usar plásticos, no comer determinados alimentos, reducir el consumo individual y evitar las bolsas del supermercado (todas cosas muy loables) pero cuando le hablás de un político o un proceso electoral, bostezan y cierran rápido la conversación con un "son todos lo mismo". Pues no, no lo son, y no debería hacer falta que se prenda fuego el Amazonas para que lo vean.

Y esto me lleva a un segundo nivel de reflexión y es el que tiene que ver con cómo los movimientos verdes deben y pueden acercarse a la política y al sistema político (y viceversa). En Uruguay, esos caminos son aún muy antagónicos. Desde los conservacionistas de décadas pasadas a quienes se niegan a cualquier desarrollo productivo que afecte el ambiente, los movimientos ambientales y el sistema político han permanecido (casi) siempre en veredas diferentes. Como resultado, el impacto de los movimientos ambientalistas ha sido mínimo y la inclusión del tema ambiental de forma seria en los programas políticos también. Todos perdemos aparentemente, menos claro, el gran capital que hoy celebra la nueva tierra para ganadería en donde antes había selva tropical y que al mismo tiempo ahora te vende un monopatín eléctrico con la excusa de que tu estilo de vida ya está contaminando mucho.

El ejemplo de hoy es algo tan claro, que nos puede servir para comprender de manera cabal qué es retroceder en materia de derechos y cómo la falta de trabajo conjunto entre movimientos sociales y políticas de Estado puede provocar estas catástrofes.
El fuego que destruye hoy al Amazonas es producto de una política y esa política es producto de un gobierno. Por más cuestionables que hayan sido las políticas ambientales de la izquierda brasileña cuando estuvo a cargo del gobierno, nunca alcanzaron los niveles de depredación que hoy vemos horrorizados.

Al final, la corrupción, el impeachement, las definiciones políticas y las movilizaciones sociales a favor y en contra de un gobierno, sí tenían mucho que ver con el futuro sostenible de la humanidad, mucho más que el tipo de bolsa que elijas para hacer tus compras.

sábado, 17 de agosto de 2019

Brasil en el espejo



Está defendiendo el pulmón del mundo de la depredación: Muerto. Está defendiendo los derechos de los más excluidos: Muerta. Está defendiendo el derecho a la libertad de prensa y expresión: Muerto. Está reclamando respeto por la diversidad sexual o cultural: Muerta. Ese, es el Brasil de hoy.

Cuatro años atrás, en medio de una feroz crisis económica, las cosas eran de otra manera en el gigante sudamericano. Bajo los gobiernos de Lula y Dilma, Brasil supo ser la sexta economía del mundo y sacar a millones de personas de la pobreza. Había exclusión, había ataques a la libertad de expresión, había discriminación y había un avance más lento, pero sin pausa, de la destrucción de ecosistemas. Sin embargo, ahora es todo mucho más oscuro. La vida en Brasil ya no vale y quien la defienda, corre serio riesgo de perderla.

Es oscuro el Brasil de hoy. Nadie parece entender cómo llegó a eso tan rápido, cómo cayó tan bajo. Las noticias que llegan a los noticieros de Uruguay son pocas y en general tienen que ver con fríos datos económicos que nos hablan de millones de nuevos pobres, caídas de exportaciones y producción industrial, profunda recesión económica. El problema es lo que no vemos, la degradación social que acompaña esa degradación económica: muertes de cientos (CIENTOS) de activistas ambientales y de derechos humanos, sin justicia, sin culpables, sin nombre; niños y niñas literalmente con hambre-nivel-África; violencia exacerbada hacia minorías y sobre todo impunidad, aquí y allá.

¿Cómo llegó Brasil a esto? ¿Cuánto hay de democracia en el país vecino? Es imposible saberlo, las crónicas que llegan desde cualquier rincón -desde la frontera con Rivera hasta el nordeste olvidado, son aterradora- están ahí para quien quiera leerlas o escucharlas. Hasta la Globo, el mayor monopolio mediático opositor a Lula y Dilma, que impulsó su caída más allá de cualquier legalidad, hoy reconoce que lo de este gobierno es “demasiado”.

Mirarse en el espejo de Brasil es reconocer un claro camino que no queremos transitar. Si para algo puede servir la terrible situación del gigante norteño es para alertarnos: los tiempos oscuros, esos que pensamos que nunca volverían, pueden estar aquí mucho más rápido de lo que pensamos. ¿Asustando viejas? Googleá Marielle Franco, Cristian Javá Ríos, Jean Wyllys o leete el informe de Human Rights Watch

“Uruguay no es, nunca fue y no será como Brasil” me pueden decir, y razón no les falta. Pero en nuestra pequeñez y nuestra idiosincrasia calma, hemos sabido cultivar:

  • un candidato a la presidencia profundamente militarista, que ha recibido 47.000 votos en una elección interna (más que Mario Bergara, José Amorín Batlle o Enrique Antía, sin siquiera competencia interna).
  • un Partido Nacional que abrazó la publicidad falsa de la mano de Juan Sartori, que propone el recorte de derechos de la mano de Verónica Alonso, que impulsa la militarización de la seguridad de la mano de Jorge Larrañaga. Todo exactamente igual que Jair Bolsonaro. 
  • una idea creciente de que el sistema político no da respuestas a las necesidades de “la gente”, sin discriminar dentro del sistema político y sin aclarar nunca cuáles son las necesidades y quienes son (somos?) la gente.


No es necesario caer tan bajo. No es necesario entrar en esa larga noche que hoy atraviesa Brasil. Tenemos un espejo gigante bien cerca al norte, que nos muestra un futuro posible. Sólo tenemos que mirarlo.  

***



Más >> ¿Cómo llegó Brasil a Bolsonaro?

El juicio político que destituyó a Dilma Rousseff nada tuvo que ver con acusaciones de corrupción. Sin embargo, Eduardo Cunha, líder en el parlamento del circo llamado Impeachment, cumple hoy una condena de 24 años de prisión por corrupción.

Quien sucedió a Dilma luego del juicio político inventado fue Michel Temer, quien además de empujar al país al precipicio de la pobreza, se encuentra hoy tras las rejas, también investigado por corrupción.

El principal candidato a ganar las elecciones en Brasil, el líder progresista Lula Da Silva fue privado de participar en las elecciones y encarcelado bajo una falsa causa de corrupción (aparentemente el presidente de Brasil era tan fácil de comprar que apenas alcanzaba con un apartamento que nunca fue de él).

Las elecciones fueron ganadas por un candidato que apostó a las Fake News, a la desinformación, al uso ilegal de datos personales y a la represión y el discurso anti política. Su nombre, Jair Bolsonaro. Su ministro de Justicia, Sergio Moro, casualmente el mismo juez que metió preso a Lula, ahora confirmado, sin pruebas y con intenciones.

domingo, 19 de agosto de 2018

La rambla de Montevideo está a la venta


Sí. Los más desconfiados siempre supieron que este momento llegaría, “todo y todos tienen su precio” aseguran. Los más ilusos no lo podemos creer y sorprendidos por la velocidad con la que se suceden los hechos, queremos hacer algo.

Pero primero, la historia (la voy a hacer cortita para no aburrir, el tema es mucho más simple de lo que parece). Como ciudadano, no había escuchado hablar de este tema y ahora, a unos 15 días de la votación definitiva en la Cámara de Diputados, me entero que esta iniciativa que promueve la enajenación (palabra engañosa que significa venta o cesión total de derechos) de dos predios de la rambla de Montevideo a un privado ya viene siendo impulsada por el gobierno, sin ningún ámbito participativo creado, desde hace un buen tiempo.

El Poder Ejecutivo envía al parlamento un proyecto de Ley hecho a la medida de un empresario, en el que solicita a este cuerpo enajenar (vender o ceder) por primera vez terrenos que pertenecen a la rambla de Montevideo, considerada patrimonio y espacio público.

Para hacer una terminal de pasajeros fluvio marítima no es necesario enajenar nada, pero parece que el privado que la quiere hacer, además quiere hacer un hotel cinco estrellas, un shopping y un gran estacionamiento, y para eso sí es necesario más terreno y tener la propiedad sobre el mismo.

Allí fueron, en diciembre del año pasado, los senadores y senadoras del Frente Amplio y del Partido Nacional y votaron a favor de entregar estos terrenos a un privado. ¿Sorprende? Sí, claro, pero en aquel entonces la noticia pasó pertinentemente desapercibida. Ninguno de los senadores y las senadoras del Frente Amplio que votaron a favor de vender o regalar a un privado predios de la rambla fundamentó su voto o explicó públicamente por qué apoyó esta iniciativa.    

¿Raro? Sí. Pero el trámite siguió. Luego se quiso lograr que la aprobación de la Cámara de Diputados fuera incluida en la Rendición de Cuentas, junto con miles de temas más, pero alguien con un poco de cordura propuso separar el debate y así llegamos hasta hoy, o mejor dicho, a la primera semana de setiembre, cuando se espera que la cámara baja termine de votar esta ley.

¿Por qué enajenar estos predios? La rambla está plagada de concesiones que se dan y se quitan sin poner en cuestión la propiedad de la tierra, que junto al mar y en Montevideo, es de todas y todos. Pero aquí el gobierno quiere hacer una excepción y quiere hacerlo sin discutir, disfrazando este proyecto de Ley en un debate sobre la ubicación de una terminal de barcos de pasajeros.

Lo que pasan por alto, lo que no está discutido en ningún acta o versión taquigráfica del Parlamento, es si está bien o no vender un pedazo de la rambla. El espacio público que mayor inclusión genera, que aporta más a la convivencia, que más define al habitante de Montevideo, abre aquí sus puertas a la privatización y a la venta, creando un antecedente que traerá sin dudas muchos casos más.

El debate sobre el patrimonio y el cuestionable trabajo de la Comisión Nacional que debe velar por el mismo, el debate sobre el impacto ambiental, el debate sobre el proyecto arquitectónico, el debate sobre el estado actual de esa porción de rambla que quieren vender.  Todos esos debates vienen después, son ínfimos o al menos muy secundarios ante el verdadero problema: la privatización de un espacio históricamente público y que define a la ciudad y sobre todo a su gente. ¿Qué vendrá después? No podemos votar un proyecto particular sin pensar en sus repercusiones.

¿Qué podemos hacer? No mucho, cuando la fuerza política que dice defender los intereses del pueblo se torna contra él, la desesperanza gana terreno. Sin embargo, los vecinos de la zona se han estado movilizando, han solicitado entrevistas con el presidente del Frente Amplio y con algunos legisladores y están juntando firmas en papel para presentar ante la fuerza política. Además, nosotros estamos impulsando la suma de voluntades online e intentando llevar este debate al ámbito público, donde creemos que siempre debería haber estado.




La velocidad con la que se suceden los hechos no nos exime de nuestras responsabilidades como ciudadanos y ciudadanas. Desde Pensá Un Poco creemos que vale el intento. Sabemos que desde algunos grupos del Frente Amplio se han planteado reparos a esta iniciativa privatizadora, pero también sospechamos que, si el Frente Amplio da libertad de voto a los representantes del oficialismo, con unos pocos votos y con el apoyo permanente a la privatización del Partido Nacional, la ley será aprobada y seremos testigos de cómo nuestra querida rambla empieza a cambiar. Será un gran momento histórico, de esos bien tristes.

domingo, 5 de agosto de 2018

Cuadernos por derechos



En menos de un año, todo cambió. Pasaron las elecciones legislativas de medio término y muy rápidamente el velo empezó a caer, casi como en la más obvia de las jugadas de manual.

Primero los despidos masivos y la flexibilización laboral, que no es otra cosa que el recorte de los derechos del trabajador. Luego vino la reforma previsional (recortes para los jubilados) y la salvaje represión. Nos acordamos de Santiago Maldonado, de Milagro Sala, pero esta vez la salvajada era en el microcentro de la capital porteña. No paró ahí, el 2018 comenzó con cierres de escuelas y conflicto con los docentes, como no podía ser de otra forma. De ahí pasamos a la disparada del dólar que dañó aún más el poder de compra tan menguado de los argentinos y para terminar con eso, la vuelta al FMI. Todo esto mientras nos vamos enterando de las offshore del presidente y sus amigos, todo esto mientras nos vamos enterando de cómo María Eugenia Vidal y sus amigos usurparon identidades de los más pobres para lavar dinero en la campaña política, todo esto mientras el presidente Macri anuncia sonriendo que los militares vuelven a las calles.

Pero las jugadas de manual se repiten y parece que una vez más alcanza con globos amarillos, esta vez en forma de cuadernos, testigos con crisis de conciencia, valijas que vacían países en una trama digna de las peores series policiales, pero que surte efecto hasta en los más inteligentes. Antes de que nos demos cuenta, los derechos perdidos, la miseria, el robo y la corrupción imperantes, la represión del Estado, todo, absolutamente todo queda tapado por una historia que ni un niño debería creerse, pero que contada por los grandes medios, una vez más nos hace ver que somos bastante más estúpidos de lo que creíamos.

Mientras tanto, allá está Dilma sin poder ser la presidenta que los brasileños querían que fuera, está Lula preso por un apartamento que nunca tuvo, está Bonadio creando historias para que Cristina Fernández caiga presa de una vez y no pueda participar más en ninguna elección.

Si el espejo enorme de Argentina y Brasil no nos sirve para dejar de hablar de cuadernos como si habláramos del último capítulo de Game of Thrones, si no empezamos a pensar en cuidar los derechos y la vida ganada, el año que viene vamos a pasarla muy mal.

En la otra orilla, mientras luchan por conquistar nuevos y necesarios derechos, los derechos ya conquistados se pierden todos los días. Vos seguís viendo por TN una ficción que ya sabés cómo va a terminar, pero te encanta. Al final, esto de pensar un poco no está haciendo efecto.

martes, 31 de julio de 2018

La prensa y la empresa



Una prensa fuerte, independiente de los grandes poderes y formada, es un pilar fundamental para una democracia saludable. No parece haber nadie que discuta esto. Hace pocas semanas, el periodista y director del Semanario Voces, Alfredo García explicaba por qué su empresa se sumaba a “un comunicado de la mayoría de los medios de prensa de alcance nacional planteando la crisis que los diarios y semanarios uruguayos están viviendo” y proponiendo “que el Estado y los principales actores de la prensa desarrollen en conjunto un esquema de medidas que sirvan para apoyar a este sector…”.

Según García, “el papel de la prensa no es sólo informar, es formar ciudadanía y desarrollar lectores críticos que no se conforman con una sola versión de los hechos ni una opinión político-ideológica. Soy de los que cree en que una república sin partidos políticos y sin prensa escrita es renga. Soy de los que sostengo que una sociedad sin una enorme diversidad de medios es tuerta. Soy de los que reafirma la vigencia de la prensa escrita como generador insoslayable de contenidos, aunque después se vean, lean o escuchen en cualquier otro soporte mediático. Por todo eso es que VOCES se integró a ese llamado de alerta de la semana pasada, porque estamos a tiempo que Uruguay cuide nuestra prensa y no se vuelva una democracia muda”.

En otra columna, esta vez del diario El País, Antonio Mercader sentencia que “el gobierno debería reflexionar sobre este tema dado que un país sin una prensa sustentable, libre y plural tiene su futuro amenazado”.

Está claro que ninguno de los medios firmantes del comunicado (Brecha, Búsqueda, El Observador, La República, El País, Caras y Caretas, Crónicas y Voces) ha descubierto una buena manera de transitar el camino del mundo de papel al digital y que tampoco han podido desarrollar modelos de negocio realmente sostenibles (someter su existencia a una suscripción, como hace la diaria por ejemplo, sería la muerte para muchos de estos medios por su poca cantidad de lectores).

Pero este artículo no busca abordar la coyuntura del negocio y la situación de las empresas, aquí lo que me interesa es cuestionar es el verdadero aporte de éstos medios a la vida democrática del país y a la formación de ciudadanía.

Miremos a los costados. Un ejercicio que nos ha servido (al menos hasta ahora) para zafar relativamente del nuevo embate neoliberal en la región que ya genera más pobreza, más exclusión y más desigualdad. Miremos a nuestros vecinos: Argentina y Brasil. Es muy difícil que alguien pueda poner en cuestión que las grandes empresas detrás de sus grandes (en relación a su alcance y su tiraje, no a su calidad, por supuesto) diarios, Clarín y La Nación en Argentina y Folha y O Globo en Brasil han realizado un muy pobre trabajo formando ciudadanía y fortaleciendo democracia desde que finalizaron las dictaduras en ambos países. Por el contrario, uno podría decir que han aportado mucho a generar sociedades desinformadas, favoreciendo intereses particulares y promoviendo el debilitamiento democrático que desembocó en un quiebre institucional en Brasil y en un (nuevo) brote de desigualdad y exclusión en Argentina.

Analicemos detenidamente las portadas de estos diarios, sus sitios web, sus satélites en televisión y radio cualquier día y podremos verificar que su aporte a la generación de una ciudadanía con más herramientas para decidir, más informada y más democrática es nulo, o más aún, negativo.

¿Y qué pasa en Uruguay? Qué podemos decir de los medios que firman esta carta. Bueno, me cuesta mucho creer que por el sólo hecho de que tu empresa sea un diario, un medio de comunicación, ya estés contribuyendo a los fines máximos de la prensa: informar, revelar, construir ciudadanía, velar por la democracia. No, hace falta mucho más que eso.

Me tiento a discriminar entre el trabajo de unos y otros, a determinar por qué algunos de estos medios son considerados (por mí) fundamentales en el aporte periodístico al país y a la sociedad y otros no. Entiendo también que aquí cada uno tendrá su opinión y que no debe ser el Estado y mucho menos el gobierno quien diferencie a unos de los otros. Empiezo a imaginar cómo desde la ciudadanía podríamos promover el apoyo a unos y negar el apoyo a otros. No encuentro una solución que me parezca adecuada.

Si el gobierno de turno o el Estado se definen a apoyar con medidas, con subsidios o con lo que sea a este sector empresarial, sería bueno que lo haga con el fin de auxiliar a empresas que no están logrando hacerlo bien con sus cuentas, con el fin de cuidar puestos de trabajo. Pero el verso de que cualquiera de las empresas firmantes (tal vez a excepción de Brecha y Búsqueda) es indispensable para la construcción de ciudadanía y para la buena salud de la democracia es algo que deberíamos dejar de repetir. Ni uno, ni todos. La pluralidad de voces en la prensa es fundamental, pero para autollamarse “prensa” hay que hacer mucho más que imprimir un diario.






martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

miércoles, 12 de julio de 2017

Mientras dormías la siesta



Hacía calor y se prestaba para la siesta de febrero. No lo olvido más, porque fue uno de los sustos más grandes de mi vida. Justo en ese momento extraño entre el mundo de los despiertos y el mundo de los sueños, en ese segundo nunca determinable en el que uno levanta la última barrera que lo mantiene despierto, a través de la cortina de la ventana de mi cuarto, justo encima de la cama en la que me disponía a babear la siesta de verano, aparece el rostro de un intruso. Sucio, alerta, silencioso. Pego un salto y un par de gritos abandonando en un segundo el tren de los sueños en el que me dirigía a disfrutar de la siesta y el ladrón, hábil trepador de muros y azoteas, retrocede y desaparece por los techos del centro de la manzana.

La solución, absoluta y fuera de discusiones en la discutida mesa familiar, fue instalar una reja en aquella ventana. No recuerdo ni siquiera haber intentado hacer cambiar de idea a mis padres, porque con la siesta de verano no se jode y el sentirse seguro es fundamental para vulnerarse al sueño. Pero sí recuerdo que, mientras instalaban esa reja, yo no paraba de preguntarme qué tenía que pasar en el mundo (y en el Uruguay sobre todo) para que algún día, en la mesa familiar, definiéramos que aquella reja ya no era necesaria. Había tanto de camino sin retorno en esa definición en pos de la seguridad, que yo, adolescente, no podía entender con la naturaleza que se estaba tomando.

Más de 10 años después, en una línea de Twitter, me encuentro con un mensaje del Ministerio del Interior que, orgulloso, anuncia que la zona metropolitana pasará de tener  1.855 cámaras de videovigilancia a contar con 5.980 cámaras en apenas un año. Y otra vez, me pregunto si algún futuro nos espera en el que esas cámaras, por acuerdo ciudadano, ya no se sientan más como una necesidad. Lógicamente no. Las cámaras, como las rejas, llegaron para quedarse.

No voy a entrar en el tema de con qué autoridad se llenan las calles de cámaras, ni qué procesos administrativos (y tal vez legislativos) se deberían dar antes de que esto suceda. No voy a ahondar en las garantías legales, tecnológicas y operativas que tenemos como ciudadanos sobre el uso que se les dará a las cámaras. Es un tema interesante, por no decir terrorífico, pero no central en esta reflexión puntual.

En lo que me detengo hoy es en ese supuesto sentimiento de seguridad, que hace que la privacidad poco nos importe. Ya le dimos nuestra información a Facebook y a Google, a Antel y cualquier partido político que tenga las ganas y el dinero para comprar un software y (con suerte) contratar a algún que otro especialista en análisis de datos. ¿Qué importa si también se los damos al Ministerio del Interior y al resto del Estado? Al parecer, para nosotros, nuestros datos valen menos que lo que valen para cualquiera de los actores antes mencionados y muchos otros más.

Las vulnerabilidades a las que nos estamos exponiendo son imposibles de imaginar. Los beneficios que podemos obtener al ceder nuestra información tampoco parecen tener límites. En esa tensión en la que estamos, generalmente sin siquiera ser conscientes, entre nuestra vida personal y el disfrute de lo más cómodo, más fácil o más “seguro”, parece que la privacidad siempre pierde la partida.

Nuestros Me Gusta en Facebook, nuestras conversaciones de Whatsapp y nuestras fotos de Instagram son propiedad de una misma empresa que usa esa información para vendernos más y mejor. Google sabe mejor que cualquier persona que esté en nuestra vida, por dónde anduvimos hoy a cada instante. El Ministerio del Interior sabe cuando estoy en casa y cuando salgo de ella, Antel sabe con quién hablo. En mayor o menor medida todas estas organizaciones tienen algún tipo de regulación sobre el uso que pueden hacer de nuestros datos personales. Pero a nosotros, los ciudadanos/usuarios/consumidores no nos importa.

Es más, publicamos información sin ningún filtro en las redes sociales, llenamos formularios voluntariamente para ganarnos una licuadora sin siquiera preguntarnos para qué quieren nuestros datos y pedimos a gritos más cámaras que nos filmen paso a paso. Estamos dispuestos a todo con tal de llevar una vida más cómoda y no podemos ver ni imaginar, por un segundo, qué puede salir mal. 


Nuestra vida va siendo registrada mientras dormimos aquella siesta de verano y esta vez una reja no va a poder evitar que nada malo suceda.   

lunes, 19 de diciembre de 2016

Si nos da la gana

foto de la diaria

Fue hace 9 años, en diciembre del 2007. Hace menos de un año que trabajaba en Radio Carve, con 22 años recién cumplidos, tratando de entender aquello que llamaban periodismo, impregnado por la magia de la radio en aquel sótano de la calle Mercedes. Se empezaba temprano, se hacía sonar teléfonos antes del amanecer, se sacaba fotocopias. Internet era aún un mundo con más promesas que posibilidades, Facebook apenas llegaba a Uruguay y Twitter ni existía.


Éramos un equipo grande, suma de nuevos y experimentados. Siempre teníamos dos o tres movileros. Yo trabajaba en la base, el sótano, no me entusiasmaba trillar las calles con aquellos grabadores que siempre presentaban algún problema técnico de imprevisto. Pero ese día de diciembre los movileros (pasaron tantos que no recuerdo quiénes estaban en aquel momento) estaban en otras tareas. Tal vez era lunes y tenían que estar en Consejo de Ministros, tal vez estaban cubriendo los restos de un espectacular choque en la rambla o perdidos en los pasillos del Parlamento. No lo recuerdo, imposible hacerlo. Sí recuerdo el encargo: “vas vos”. De fondo, la cara cómplice de una compañera de generación que ya se estaba convirtiendo en amiga de la vida.


Iban a meter al Goyo Álvarez preso, y había que cubrirlo. Estaba nublado, y allí salí yo por las calles del centro de Montevideo, para cazar con mi viejo teléfono celular aquel momento histórico que tenía gusto a suceso del año. Lo llevarían, decía el rumor siempre bien chequeado por la productora, desde una dependencia del Ejército directo a la Cárcel Central. Yo estaba nervioso, no tanto por la suerte de uno de los mayores hijos de puta de la historia reciente del Uruguay, sino porque era mi primer móvil, en vivo y el tema no era chiquito.


No era un adolescente. Transpiraba como uno, pero a quién le importa. Ya había hecho los deberes en mis años en el Zorrilla, leyendo sobre la triste historia del país, sabía quién era aquel hombre tan poco hombre, sabía bastante bien qué papel había jugado en toda la mierda de los años más oscuros. Era un asesino, además de un dictador. También había hecho los deberes del periodista. Sabía que no estaba allí para robarle unas palabras, ni siquiera para recoger las declaraciones de alguien más. Era sólo una crónica visual.Tenía que ser los ojos de la radio, de los espectadores, contarles lo más claramente lo que estaba sucediendo. Recuerdo que los nervios me hicieron usar la palabra barullo, debe haber sido la única vez en la vida que la usé. Fuera de eso todo salió bastante bien.


El viejo salió acompañado de otros militares, con las manos esposadas y escolta de policías. Había alguna persona gritando algo. También había otro grupo grande de periodistas que no me conocían, haciendo más o menos lo mismo que yo. Estaba esposado, y yo contento de poder contarle eso a la radio, porque sabía que del otro lado podrían estar mis viejos escuchandome. Después, por suerte, tuvimos varias tapas de la diaria y otros medios con fotos más reales del viejo malo con las esposas puestas.


Volví a la radio, recibí alguna felicitación, un viejo periodista de prensa me dijo aún no tenés idea de lo que acaba de pasar. Me escapé al rincón del sótano que me pertenecía, y esperé tranquilo a que se cargara el back up de lo emitido ese día, para buscar mi móvil, cortarlo, escucharlo y copiarlo en mi reproductor de mp3 para destrozarlo durante toda la tarde.

El Goyo estaba preso. Eso, en aquellos primeros años de gobierno del Frente Amplio, era lo más parecido a una victoria, a una justicia. Me tocaba arrancar una carrera contando de milicos presos, llevados ante la justicia. Era muy consciente de mi privilegio. Pero el tiempo fue pasando para todos. Para el periodismo, para el Frente Amplio, para los torturadores, para los sobrevivientes, para los que nunca les importó nada. Pasó la cárcel exclusiva para los mayores hijos de puta, pasó el silencio perpetuo, los jueces alejados de sus casos, pasó el país de cornudos y cornudas que le dijeron que no a la búsqueda de la verdad. Todo eso pasó mientras yo me convertía en el hombre que soy hoy y en el periodista que llevo dentro. El viejo se va a morir, hoy, ayer o mañana, va a dejar de respirar. Lo van a seguir muchos otros, lo vamos a seguir todos. Los desaparecidos van a seguir desaparecidos, la justicia va a seguir siendo injusta. En ese país estamos creciendo. La muerte no transforma, la transformación solo la hacemos los vivos, si nos da la gana.

martes, 1 de noviembre de 2016

El día de los muertos

En los últimos días acumulé una serie de titulares bien llamativos. Pedidos de renuncia al Ministro del Interior, balas en un estadio, vecinos caceroleando en barrios ricos y reclamando “más seguridad”, un joven asesinado por un policía en la puerta de un boliche, otra mujer asesinada por la violencia machista, cifras que van y vienen sobre la cantidad de delitos cometidos, como si fueran la mejor forma de medir el avance de la violencia entre nosotros.





El año pasado fue tranquilo en Durazno, un departamento calmo en el centro del país. Hubo un homicidio en todo el año, y como debe ser, revolucionó a la prensa local y a los vecinos de Las Higueras, uno de los barrios más pobres de la capital departamental. Al parecer, un joven de 19 años mató a otro con un cuchillo y marchó a la cárcel. Fuera de ese hecho de sangre, fue un año tranquilo el que pasó para Durazno. Bueno, eso si no contamos a los 10 muertos en accidentes de tránsito y a las 16 personas que decidieron dejar de vivir durante el 2015 en aquél lugar del país.
Igual, seguimos mirando a la violencia con cara de pobre, drogadicto, vago y asesino. No estamos entendiendo nada.

Este año saqué la libreta y empecé a manejar. No descubro nada si les digo que la gente al volante, en motos y en bicicletas está en general un poco mal de la cabeza. Algo más de 500 muertos en un año, incluidos los pibes de las picadas en Durazno y otros 200 jóvenes de todo el país.

Sumo: 17 mujeres muertas en lo que va del año, asesinadas por su novio, ex novio, marido, vecino. Muertas por ser mujeres nomás.

Sumo: 35 personas muertas en las cárceles en lo que va del año. Ponemos gente al cuidado del Estado con la intención de rehabilitarlas y dejamos que se maten ahí dentro, donde no las vemos.

Concluyo: Nos estamos matando. En todos los rincones del país. No importa si tu hijo nace en Artigas o en Montevideo, son más altas las probabilidades de que se pegue un tiro a sí mismo a que alguien más le dispare y lo mate. Tan feo como suena, la tristeza y la falta de cariño van mucho más por dentro que por fuera.

Podemos quedarnos en los síntomas: un disparo en un estadio, un tiro en la cabeza por intentar evitar una rapiña, más de 640 uruguayos cortándose las venas, ahorcándose o rematándose de un tiro sólo en un año porque no pueden ver el valor de sus propias vidas, cientos muriendo en las calles y en las rutas, detrás y delante de un volante.

Podemos también pensar, porqué nos está pasando esto. Pensar porqué no nos queremos tanto. Parece que nuestra vida no nos vale nada. Tenemos conversaciones por Whatsapp mientras manejamos, a veces, hasta con unas copas arriba o con los nenes en el asiento de atrás. Arriesgamos nuestra vida ante un demente para rescatar una cartera o unos pocos pesos. Tenemos (nosotros, el gobierno y el Estado) en la última de nuestras prioridades un poco de salud mental.

Entiendo la impotencia, pero esta vez salir con cacerolas a la calle no les va a solucionar nada queridos vecinos. La ansiedad, el miedo y la angustia eterna del que nunca puede consumir lo suficiente son tremendos motores para la violencia.


Los muertos me duelen todos, todos los días.

domingo, 12 de junio de 2016

A la deriva

“Nuestros oficiales están capacitados para enseñar valores porque lo han hecho desde siempre. Con “valores” me refiero a las cosas elementales que tiene que sentir un uruguayo”.


Hay tantas cosas mal en esta frase del Comandante en Jefe del Ejército, General Guido Manini Ríos, pronunciada unos días atrás, que me costó mucho definir por dónde empezar a abordar el tema.

El Ministerio de Defensa y el Ejército Nacional participan activamente en lo que el gobierno ha dado a conocer como Diálogo Social, una iniciativa que reúne a unas 600 organizaciones públicas, privadas, sociales y comunitarias que proponen, debaten y acuerdan ideas en torno a varios ejes temáticos.

Una de las propuestas del Ejército Nacional presentada en la mesa que debate iniciativas sobre “Seguridad y Convivencia Ciudadana” (y no, vale aclarar, en la mesa que trata el tema “educación”) propone trabajar sobre los “ciudadanos de entre 18 y 30 años, aptos desde el punto de vista físico y médico que no estén estudiando ni trabajando”.

Primero: para el Ejército, el problema de exclusión de los jóvenes que no estudian ni trabajan es un problema de seguridad, no es un problema de educación. Desde ahí la propuesta empieza a ser cuestionable. Pero hay mucho más.

La propuesta del Ejército propone crear una “Fuerza de Voluntarios en Defensa y Protección Civil”, jóvenes que “serán considerados efectivos auxiliares del Ejército, con derecho a usar un uniforme y a percibir un viático equivalente al 50% del sueldo de un soldado”.

¿Qué se hará con esos jóvenes? Se propone formarlos “en valores civiles y democráticos así como en todo lo relacionado a su salud física y mental” al mismo tiempo que se los introduce en el mundo de algunos oficios. Los valores que el Ejército se propone inculcarle a estos jóvenes se basan en la Constitución, Leyes Sociales (vaya uno a saber a qué se refiere el Ejército con esto), Códigos, Historia Nacional, Respeto a los símbolos patrios y autoridades, costumbres y hábitos entre otras cosas.

El Ejército propone también intervenir en la educación en higiene y salud de éstos jóvenes. Pero no se asusten. El propio comandante en Jefe del Ejército explicó ante la Comisión de Defensa Nacional de la Cámara de Diputados (dónde presentó con mucho éxito esta propuesta) que cuando dice higiene “se agarró para el lado equivocado: pensaron que queríamos bañarlos. Lo que sucede es que para los militares, higiene refiere a la higiene bucal, sanitaria, enfermedades venéreas, drogas. Es la higiene en términos sanitarios”. Ok.

Manini Ríos explicaba en esa ocasión que la juventud “está un poco desnorteada, a la deriva, sin muchos caminos a seguir en la vida. Pensamos que el Ejército tiene posibilidades en ese sentido: tiene capacidad locativa, gente que puede contribuir a contenerlos, a formarlos en lo que denominamos un Centro de Formación Ciudadana”.



“Desde siempre, inculcamos valores a nuestros soldados a partir de nuestros oficiales. Lo que tenemos para ofrecer son nuestros oficiales; ahora bien, si se nos proporcionara profesores de educación física, sería lo ideal. Acá no estamos hablando de quién da la materia. Nosotros tenemos nuestros oficiales que tienen su formación de años respetando los símbolos patrios, el ideario artiguista y ese tipo de cosas que tienen muy internalizadas. Por lo menos con los reclutas que recibimos normalmente eso funciona muy bien” contaba Manini Ríos acompañado y apoyado por el subsecretario del Ministerio de Defensa, Jorge Menéndez y escuchado por muy entusiasmados diputados nacionales.

En su comparecencia ante los diputados, el Comandante en Jefe del Ejército fue interrogado dos veces sobre la posibilidad de que sea una formación que incluya la internación de los jóvenes y en las dos ocasiones evitó responder la pregunta. Sin embargo, la propuesta elevada al Diálogo Social lo dice claramente: “las actividades se desarrollarán de lunes a viernes de 8 a 16, pudiéndose establecer en determinados casos un régimen de internado”.

Para finalizar, Manini Ríos aseguró que “es fundamental la participación de distintos organismos del Estado. De lo contrario, no será sencillo implementarlo. Esto no puede funcionar si no se encara como una política de Estado”. Por lo pronto, ya cuentan con el apoyo del Ministerio de Defensa y de dos emocionados diputados del Partido Nacional.

 “Considero que se trata de una iniciativa muy positiva y muy responsable… quiero destacar y valorar la iniciativa y la preocupación en un tema acuciante para la sociedad en general” concluyó Gonzalo Novales al tiempo que Mario García dijo que “como integrante de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, saludamos este tipo de iniciativas que apuntan a incluir a un sector de la sociedad que lamentablemente hoy no encuentra respuestas en lo que estamos ofreciendo como Estado” y luego contó cómo extraña a los liceos militares.

El problema, o el mayor de los problemas, no es que el Ejército quiera ayudar ante una situación problemática, de hecho el Ejército ayuda actualmente en muchísimas situaciones en las que realiza un aporte invalorable (piense en tornados, inundaciones, crisis de la basura) y en otras situaciones tiene capacidad de hacerlo. El problema es que el Ejército sienta que debe participar y hasta liderar políticas de inclusión social y sobre todo de educación. Podrán ser grandes formadores en algunos oficios, pero cuando se trata de Historia Nacional (incluyendo el ideario artiguista), valores y educación sanitaria (por nombrar algunos puntos nada más) les queda aún mucho camino por recorrer.

El apoyo a esta medida de un Ministerio de Defensa que se piensa de izquierda, y el hasta ahora silencio cómplice de las muchas otras instituciones del Estado que participan en esa mesa de diálogo preocupa. ¿Se habrán dado por vencido en el CODICEN, el MEC, el MIDES y el propio Frente Amplio? ¿Será que no saben qué hacer con éstos jóvenes? ¿No tienen idea de cómo acercarse a ellos? ¿Vamos a dejar que el Ejército lidere una propuesta de inclusión para uno de los sectores más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad? Con sólo pensarlo, ya es señal de que los que estamos a la deriva, somos nosotros.

sábado, 14 de mayo de 2016

Estamos durmiendo


Y no pasó nada. No al parecer. Me levanté, llegando al mediodía me conecté a Internet y vi tal vez el último discurso como presidenta. Por la calle nadie llevaba ninguna señal de haberlo notado siquiera. Las bolsas de compras en la principal avenida, el tráfico fluido, la gente quejándose del frío y de la acumulación de días grises. En el trabajo tampoco, ni la más mínima palabra. De noche revisé los principales medios locales para confirmar que no era un sueño. Entre detalles de un importante partido de fútbol por la Copa Libertadores, envueltos en frialdad y sin arriesgarse a ser claros, los medios me confirmaron la noticia.

Pensé en los que estaban en la calle esperando gritar goles. Pensé en la oficina. Pensé en una madre que vi por la mañana arrastrando a su niña a la escuela. A ninguno le importaba nada. No había signos de tristeza, de batalla perdida, de injusticia. A lo sumo se preocuparon por el empate de locatario, por las cuentas que se acumulan y cada vez cuesta más pagarlas, por el frío que no da tregua.

Entré en las redes sociales para saber si alguien había acusado recibo. Era como un diálogo de sordos. Mientras unos sufrían por el mayor golpe a la democracia latinoamericana de los últimos 30 años, otros eufóricos hablaban de fútbol y los de siempre, publicaban fotos de gatitos o frases inspiracionales.

La batalla la perdimos todos. En Brasilia, en Buenos Aires y en Montevideo. Hay que revisar todo lo que se hizo mal en estos años, pero las responsabilidades no son de Lula o de Dilma, son de todos. Sí, tuyas y mías también. Por eso me duele.

Perdimos una democracia y yo no tenía nadie con quién abrazarme a llorar, porque nadie acusaba recibo del golpe.

La perdimos porque seguimos escuchando siempre las mismas voces prefabricadas de los poderosos, desde la radio y la TV, repitiendo una y otra vez boludeces para que no nos pongamos loquitos. La perdimos porque tenemos un canciller que tiene miedo de decir golpe de Estado, porque es más de ellos que nuestro.

Y mientras estamos mareados discutiendo si fue o no fue un Golpe, buscando botas de militares dónde en realidad hay solamente diputados corruptos, ellos ya nos están desarmando la alegría, ya nos están pegando en la dignidad, devolviendonos a la miseria.

En pocas horas volaron ministerios, programas sociales, herramientas para contener los embates de una economía que no le tiene piedad a los más pobres. Voló todo. A lo Macri diría yo.

Porque lo que pasó en Brasil no es indiferente a lo que pasó en Argentina. Y lo que va a pasar tampoco.

En Argentina ya no tienen tiempo de ver la telenovela de Lázaro Báez para comentarla al otro día con los vecinos. No tienen tiempo, porque están muy ocupados intentando sobrevivir en una economía que se hunde para bien de unos pocos. No tienen tiempo porque están una vez más buscando trabajo desesperados como hace 15 años. No tienen tiempo porque tienen que ir a hacer la fila para recibir un plato de comida en una olla popular.

Fueron 15 años de correr a los ricos. No los corrimos lo suficiente. Y los ricos volvieron. Volvieron y quieren recuperar el tiempo perdido, lo que les negamos en todos estos años, lo que dejaron de ganar, lo que no les dimos.

El problema es que estamos dormidos. La mujer que iba con la niña por la avenida, el compañero de oficina, el pibe que fue a ver el partido a la tribuna más barata, estamos todos del mismo lado. Del lado de los que pierden. Como ya están perdiendo los argentinos, como perdieron los brasileros.

No se cayó Internet. No cancelaron Showmatch. No levantaron la última novela de Globo. Nos dieron un golpe. Y ni siquiera nos dimos cuenta.

jueves, 21 de abril de 2016

Golpes



Una de las diez mayores economías del mundo con más de 200 millones de habitantes. Uno de los países (sino no es él país) con mayores riquezas en recursos naturales: una selva, un reservorio de agua, tierra fértil y venas llenas de petróleo y minerales.

Cuando asumió Lula, en 2003, uno de cada cuatro brasileños era pobre. La pobreza en Brasil, bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cayó de más de 25% a casi 7%. Esto es: más de 25 millones de personas dejaron la pobreza atrás.

Pero todo el crecimiento económico y el combate a la pobreza no alcanzaron, nunca alcanzan. No se reformó la Constitución, no se reformó el Poder Judicial y no se reformó la realidad del poder mediático. Tampoco se combatió de forma eficaz la corrupción, que aprovechó las inmensas ganancias del Estado registradas en los últimos años. Vale aclarar que se trata de una corrupción sin partido político, o mejor dicho, con todos los partidos políticos, especialmente los que hoy claman para destituir a la presidenta, Dilma Rousseff, ella sí, al menos hasta ahora, libre de toda sospecha de corrupción.

No es nuevo esto. Ya pasó en 2009 en Honduras, ya pasó en 2012 en Paraguay. Se intentó en Ecuador, en Bolivia y en Venezuela. América Latina ha hecho historia en estos últimos 15 años con golpes e intentos de golpes “blandos”. ¿Pensamos que sacar a más de 50 millones de personas de la pobreza no le iba a molestar a nadie? Ahora, lo que sucede, es que el golpe se le da al mayor país de la región.

Ya no son tanques en la calle ni militares en el poder. Por ahora ya no son necesarios, o mejor dicho, efectivos. Ahora son llamadas de algunos poderosos empresarios a diputados corruptos, es un operativo mediático que lleve gente descontenta a la calle, son unos jueces comprados que sigan el juego y ya está casi todo pronto. La infamia de juicio político ya está casi en movimiento.

Tomar nota: Meterse con algunos intereses de las clases dominantes puede ser complicado, no hacerlo puede resultar fatal, para la democracia y para los gobiernos que buscan combatir la pobreza y sobre todo la desigualdad.

Claro que los partidos políticos que defienden los intereses de las clases dominantes, los siempre borrosos intereses empresariales y transnacionales, los medios casi monopólicos que pertenecen a esos intereses, los jueces cómplices, pueden hacer mucho ruido. Pueden hablar de grietas en la sociedad con la liviandad de alguien que nunca vivió o tuvo que ver con la crisis de 2002, pueden tildar de radical (y ojo con tener ideas radicales en un mundo que aplaude la moderación inmovilizadora) cualquier intento por reformar una constitución, aprobar una ley de medios o revisar el funcionamiento del Poder Judicial. Pueden voltear un gobierno, sin que casi te enteres.

En Brasil lo que sucede es claro. Hay un golpe de Estado en marcha. En una década en el gobierno, el PT no ha logrado (ni siquiera intentado) modificar la constitución, crear un marco normativo más justo en materia de medios, reformar o revisar el Poder Judicial o atacar a la corrupción en el ámbito público y en el privado. Sin eso, todas las victorias en el terreno de los derechos penden de un hilo.

Nosotros, aquí, en Uruguay, vemos lo que pasa casi como si estuviéramos viendo una más de las telenovelas de Globo. Lamentablemente, no estamos pensando en que lo que pasó allá, con otros colores y otros actores, puede pasar aquí mañana. Actuar en consecuencia, a esta altura, parece un sueño inalcanzable.

martes, 29 de marzo de 2016

Escándalo

Eso debería provocar lo sucedido en Semana de Turismo en el laboratorio del Grupo de Investigación Arqueológica Forense del Uruguay (GIAF).


Los hechos: alguien entró en un edificio de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, más específicamente en el laboratorio del GIAF, donde se trabaja en la búsqueda de restos de desaparecidos durante la última dictadura cívico militar. Además de entrar, robaron discos duros, borraron otros y marcaron con un círculo en un plano de la ciudad nueve ubicaciones que corresponden a las direcciones de los hogares de nueve investigadores del equipo.

La información surgió en el mediodía de un lunes y hoy ocupó un espacio en las tapas de los matutinos la diaria y El Observador. Es aún poco lo que se sabe, pero alcanza para sacar algunas conclusiones.

A mí cuando me dicen que lo que pasó ya pasó, que no hay que remover el pasado, me da (con la disculpa por el término) cagones. Lo que pasó en Semana de Turismo en Humanidades debería ser un escándalo de proporciones en un país que realmente estuviera buscando memoria, verdad y justicia. Pero no.

¿Cómo pueden irrumpir tranquilamente a un edificio en pleno centro de la ciudad, que supuestamente tiene alarma y reja? ¿Qué seguimiento le haremos como sociedad a este caso? ¿Qué seguimiento le hará la prensa? ¿Investigará la prensa este hecho? ¿Cómo van a responder las autoridades del Ministerio del Interior? ¿Y Eleuterio? ¿Cuándo se van a dar las conferencias de prensa? ¿Cuáles van a ser los refuerzos de seguridad a éstas y otras instalaciones vulnerables? ¿Cuándo vamos a apoyar a esos nueve señalados desde la oscuridad? ¿Para eso no salimos a la calle?

Lo primero que sentí cuando leí, casi sin creerlo, que habían marcado las casas de los investigadores, fue miedo. Luego impotencia. Miedo e impotencia. Tal vez sea eso lo que querían generar quienes entraron en aquel laboratorio. Lo mismo que se preocupaba en sembrar en muchos la dictadura cívico militar 40 años atrás.

Pero no, ni miedo ni impotencia podemos tener ante esta situación. No lo han tenido quienes vienen investigando hace años, buscando a los que faltan hace décadas, intentando contracorriente remover el pasado, tampoco podemos tenerlo nosotros.

Lo que pasó es una muestra, tal vez la más patente en los últimos años, de que los hijos de puta están ahí, nerviosos, preocupados por que no encontremos a los que nos faltan.  Es una prueba de que son reales, no son viejos fantasmas que solo habitan en cuentos prohibidos.

Quienes militan por los derechos humanos desde hace años pueden ver ingenuidad en estas líneas. Pero los demás, lamentablemente los más, los que miran siempre para el costado cuando incomoda, los que no marchan en silencio, los que no votan ni quieren pensar si votar o no en un plebiscito, ellos, seguramente están pensando que exagero, que el escándalo lo quiero inventar yo. Tan triste como eso.

domingo, 17 de enero de 2016

Porno



Le puse stop al video justo cuando en una misma habitación se habían juntado una travesti, un animal y el camarógrafo. Definitivamente lo que estaba por ver no me iba a gustar nada. Cerré el video, fui a la información del grupo, vi quiénes eran los participantes y me salí para no volver más.

No era el primer grupo de Whatsapp por el que había pasado en el que se compartían casi a diario contenidos que alguien podría llamar porno. Una sucesión de videos de culos, dedos, eyaculaciones, caras, personas evidentemente drogadas, videos caseros o con más producción, mujeres haciendo petes, mujeres teniendo sexo por adelante y por atrás, mujeres teniendo sexo entre ellas. Mujeres que cumplían con todos los cánones de belleza actual y mujeres que estaban muy pasadas de peso. Con y sin todos los dientes. Un asco que, sin embargo, alguien encuentra gracioso, entretenido y muchas veces hasta estimulante.

Seguramente, las personas que arman esos grupos de Whatsapp y osan incluirme no me conocen ni un poco, claro. Ni me dan gracia, ni me excitan. Asco. Comenté el fenómeno con una amiga y me dijo que no tenía idea de lo que estaba hablando. Lo comenté con otra y me dijo que sí, que su ex tenía un grupo con sus compañeros de cuadro en la liga universitaria y que siempre tenía videos de mierda, que nunca le dejaba verlos y se preocupaba de borrar a menudo. Lo comenté con mis amigos. Parece que no es tan raro. 

Compañeros de trabajo con la panza inflada justo arriba del cinturón, atléticos miembros de un mismo equipo de fútbol, repartidores de esos que pasan todo el día en un camión por las calles, adolescentes de algún colegio bien. Padres, novios, hermanos, hijos. Todos en un mismo grupo de Whatsapp, como haciéndose una paja (mental y de las otras) juntos, mirando el mismo video, riendo juntos, festejando como le rompen el culo a esta, como la traga la otra, como la dejan a aquella. Ríen, se miden a ver quién la tiene más grande. 

Les da vergüenza, por eso sólo lo hacen en determinados grupos de Whatsapp. Normalmente solo uno o dos de los participantes se encarga de proveer los videos. Los más pajeros y tal vez los más peligrosos. Se toman el trabajo de rastrear el video en internet, descargarlo y volverlo a cargar en su celular para compartirlo. Algo no está bien en esas cabecitas. Falta de sexo, falta de placer sexual, tendencias homoeróticas reprimidas; un psicólogo se podría hacer una fiesta (no por eso hay que dejar de consultarlo).

Después están los otros, los que reciben los videos, algunos comentan, otros arriesgan un tímido jaja y otros miran nada más en silencio, de tanto en tanto. Están los menos, que se avergüenzan tanto de pertenecer al grupo, pero la vergüenza de abandonarlo y darles la espalda a los otros pajeros es tan grande que se quedan y ni siquiera descargan el video. Estamos hablando de abogados, ingenieros, obreros, estudiantes, vagos. 

Estamos hablando de hombres que pueden indignarse si le mirás a la novia o les tocás el culo, pero que encuentran cierto placer en compartir un video de un baño de Santa Teresa o de una mujer drogada cabalgando arriba de un dildo.

No tenemos que esperar  a que maten a otra mujer para preocuparnos por el machismo, ni esperar a que aparezca otra chica trans en alguna cuneta para hablar de cuánto nos cuesta asimilar lo diferente.