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martes, 12 de noviembre de 2019

América del Sur sangra

América del Sur está pasando en estos días por una situación de cambio y tensiones que creíamos haber dejado atrás. Son tan vertiginosos los cambios que seguramente cuando logre publicar este artículo algunas cosas pueden haber variado bastante. 




Un brevísimo repaso: Argentina espera con esperanza un cambio de gobierno que venga a transformar la terrible situación económica y social en la que el país se ha sumergido, con más de 15 millones de personas en la pobreza, una deuda asumida ante el FMI que es imposible de pagar en los términos en que fue acordada, el desempleo y la inflación disparados y un gobierno cómplice de la fuga de miles de millones de dólares asumidos por todos los argentinos como deuda. El nuevo gobierno, a menos de un mes de asumir, se plantea desafíos aún mayores a los que tuvo Néstor Kirchner cuando llegó a la presidencia en 2003.

Brasil está dirigido por la ultraderecha encarnada en Jair Bolsonaro, ahora sospechado junto a su familia de estar involucrado en la muerte de la militante social Marielle Franco. Diversas filtraciones también señalan lo que ya todos sabíamos: su ministro de Justicia, el juez Sergio Moro está detrás de una trama judicial de corrupción para alejar a Lula de la carrera por la presidencia en 2018 y encerrarlo sin pruebas. Sin algunos de sus iniciales aliados (la red de medios O Globo, algunos sectores empresariales) y con Lula libre por decisión judicial, sólo podemos esperar la polarización, el aumento en la vulneración de derechos por parte del Estado y un Bolsonaro cada vez más fuera de control.

Bolivia atraviesa un golpe de Estado desde el domingo pasado. Un proceso electoral dudoso desembocó en una toma violenta del poder por parte de las fuerzas policiales y milicias armadas de la oposición que hasta hoy reprimen y aterrorizan a las poblaciones más sumergidas que apoyan al presidente Evo Morales. Hemos visto renuncias a punta de pistola, torturas, ataques armados y un ejército cómplice de los golpistas. No bastó con que el presidente haya convocado a nuevas elecciones y anunciado una transformación total del Tribunal Electoral con observación de la OEA (enemiga de Morales). Los golpistas ya habían anunciado que querían deshacerse del líder indígena que gobierna el país y eso es lo que están haciendo. Más allá de que la vida del líder político no corra riesgo en su asilo mexicano, podemos esperar noticias terribles en las próximas horas, especialmente en lo que refiere a la suerte a la que han sido echados los más humildes.

Chile vive una manifestación popular desde hace semanas en reclamo por la renuncia del actual gobierno y el inicio de una reforma constitucional que siente las bases para terminar con una desigualdad de las más terribles de todo el continente (que es a su vez el continente con mayores desigualdades). Decenas de muertos, una represión feroz de los militares y apenas un amague del presidente Piñera de comenzar un proceso de reforma constitucional que parece más un espejismo que otra cosa. De renunciar, ni hablamos.
Colombia sigue sumida en la violencia interna, con un gobierno que ha puesto en jaque la paz alcanzada con las FARC y su inclusión en la vida política del país. Además, la derecha militarista que dirige el país continúa en una guerra sucia con el narco y con otros grupos paramilitares menores, al tiempo que mantiene su injerencia desestabilizadora sobre su vecina Venezuela. Hace días nomás se conoció la muerte de 8 niños a manos de un bombardeo del Ejército, pero todo sigue como si nada. Daños colaterales le dicen.
Ecuador cuenta con un presidente electo que traicionó el pacto social que incluye el programa de gobierno y la plataforma que lo llevó al poder y que giró a un modelo neoliberal que, al igual que en Argentina, estuvo acompañado de un aumento exponencial en el costo de vida y un intento (aquí aún sin éxito) de recurrir al FMI. Esto provocó un fuerte estallido social que hizo al gobierno dar marcha atrás por el momento e intentar una vía de diálogo que aún no ha dado fruto. Los sectores sociales que promovieron la protesta ya anuncian nuevas medidas de fracasar el diálogo con el gobierno. Perú cuenta con un Parlamento suspendido en funciones por un presidente que asumió tras la renuncia del presidente electo por acusaciones de corrupción. O sea, una crisis disparada por el alto grado de corrupción del sistema político de Perú, que llevó a una crisis política y a otra institucional. Un presidente en funciones que no fue elegido por la población (aunque cuenta con un fuerte respaldo popular por el momento) y un país aquejado por la desigualdad social terminan de conformar un cuadro de mucha incertidumbre y alta volatilidad. Venezuela sigue inmersa entre un gobierno de corte dictatorial y una oposición profundamente antidemocrática. El enfrentamiento directo entre ambos ya ha provocado una crisis migratoria, un vuelco del país hacia el caos y la pobreza y constantes violaciones a los derechos humanos tanto por parte del Estado como por milicias opositoras. Un caos que generó que una minoría de países y organizaciones que buscan la paz para ese país sudamericano encaren negociaciones a nivel internacional que permitan una salida relativamente pacífica a la crisis multidimensional que atraviesa el país. Y aquí estamos en Uruguay ante el mayor cruce de caminos de la historia reciente: o somos ese recinto de paz que siempre apoya la paz y que crece en medio del caos, ese pequeño y humilde milagro en el que nos hemos convertido silenciosamente en la última década trabajando fuerte para solucionar todo lo que nos queda por solucionar y haciendo frente, sin soluciones mágicas, a los nuevos desafíos que todos los días aparecen, o nos damos de frente con el resto del continente, nos sumamos al caos, primero económico, luego político y finalmente siempre social que tanto nos ha costado a todos (a todos) dejar un poco atrás. La sabiduría de los pueblos hace la diferencia en momentos claves como el que estamos atravesando en estos días. Por eso espero que seamos lo suficientemente sabios y que estemos a la altura de las circunstancias. 

sábado, 17 de agosto de 2019

Venezuela en el espejo


La democracia en Venezuela es un sueño que nadie sueña. El país que soñaron millones y millones de venezolanos es hoy un Estado fallido.

Hay un gobierno que ya no puede decirse democráticamente elegido. Hay una oposición dispuesta a cualquier cosa por llegar al poder. Hay intereses externos que juegan fuerte. La situación de Venezuela, como la de ningún otro país de este hemisferio, se ha metido en el debate electoral de cuanta elección haya habido en la última década. Desde España hasta Argentina, de Estados Unidos a nuestro pequeño país.

¿Por qué es tan importante este país? ¿Por qué nos deben importar las definiciones sobre el mismo de los dirigentes frenteamplistas? ¿Por qué interesa más saber si Venezuela es o no una dictadura para tal o cual candidato? Las respuestas están ahí para quien quiera hacerse las preguntas. Hay políticos que quieren y sienten que pueden sacar algún rédito político a partir de la miserable situación del país caribeño.

¿Esto significa que debemos dejar de preocuparnos tanto por Venezuela y mirar para otros lados? No. La Venezuela Chavista, líder en procesos (y victorias) democráticos, que disminuyó la pobreza y reactivó los procesos de cooperación en el continente a base de su petróleo fue degradando su naturaleza hasta ser hoy un país donde el Estado ejecuta y asina, donde comer es muchas veces un privilegio y vivir una suerte. La injerencia norteamericana y el odio de una clase dominante acumulado en derrota tras derrota electoral fueron empujando al país cada vez un poco más hacia el caos. Falta de alimentos, cortes de energía, circos de ayuda para nada humanitaria y violencia en las calles, siempre violencia en las calles, que mueran los pobres peleando por los ricos.

Ese espiral de violencias que nadie sabe en qué momento exacto comenzó pero que todos parecen querer que termine está hoy profundamente alimentado por países del arco neoliberal latinoamericano, fuertemente apoyados por Washington. También, vale decirlo, está alimentado por un gobierno inepto y que acorralado sólo sabe dañar más y más a su pueblo.

En Uruguay, ningún dirigente político ha osado siquiera insinuar que las medidas económicas o políticas de Venezuela pueden replicarse en el país. Lejos de eso, la orientación de la economía uruguaya y la venezolana han tomado caminos bien distintos. En ese crisol de desigualdades que es Latinoamérica, Uruguay y Venezuela se han despegado para ocupar ambos extremos de todas las listas y rankings. Uno líder en calidad democrática, transparencia, crecimiento, distribución y derechos. Otro convertido en el país más violento, con instituciones más dañadas, con una caída eterna del crecimiento demasiado atado al precio del petróleo.

El gobierno uruguayo, casi en solitario en esta región temporalmente plagada de gobiernos subordinados a Trump, ha logrado, con mucha flexibilidad y mucho equilibrio, insistir en la vía del diálogo para buscar una salida negociada, y sobre todo no violenta, a la situación de Venezuela. A contrapelo de lo que reclaman desde el Grupo de Lima (un club de países americanos alineados detrás o debajo de Estados Unidos), desde Washington o desde las gargantas afónicas de algunos dirigentes de la oposición local en plena campaña electoral, el gobierno, aliado con México, Noruega y un pequeño puñado de países sensatos, insiste con el diálogo, en el entendido de que la violencia sólo traerá más sangre, mucha más sangre para el pueblo venezolano.

El espejo de Venezuela no nos muestra un país como Venezuela. Han pasado 15 años de gobiernos frenteamplistas y ese cuco ya no tiene sentido. Ese espejo, tan oscuro hoy, sólo sirve para conseguir un pequeñísimo rédito a nivel local, un rédito bañado en sangre.

***



Más

El informe de la Oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos apunta a que en Venezuela el Estado es responsable de una enorme cantidad de ejecuciones, omisiones gravísimas en la garantía de los derechos a la vida, la salud o la seguridad personal, habla de cárceles similares al infierno, donde como siempre, las mujeres aún sufren más, habla de hambre en algunos puntos del país y de la dificultad para obtener alimentos prácticamente generalizada. Es un informe brutal por su claridad e impacto y está plenamente enfocado en la labor del Estado/gobierno.

Del otro lado, tenemos un gobierno paralelo y autoproclamado por el líder opositor Juan Guaidó, que responde directamente a Estados Unidos y de dudosa intención pacífica. Tenemos bandas armadas que han causado violencia y muerte en el país desde hace al menos dos décadas y un sector históricamente de clase muy alta que ha hecho lo legal y lo ilegal para tumbar a un gobierno que nunca quiso.

Todo esto, por si fuera poco, sobre un país llenito de petróleo. Mejor dicho: el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. La injerencia extranjera, quieran o no los venezolanos, está y estará a la orden del día.

martes, 27 de noviembre de 2018

Los miedos y la primavera

La primavera es la mejor época para notar diferencias y salir de la caja del mal humor y el pesimismo. Porque sí, mucho tiene que ver cómo uno elige ver las cosas, como uno elige leer las realidades que nos cuentan.




Hoy, a poco menos de un año de las elecciones, se nos plantean dos relatos principales. Podemos ver el país que camina al precipicio, acorralado por la inseguridad, con una economía estancada y que mantiene vagos. Podemos reclamar que bajen el costo del Estado con un pegotín en nuestro auto y pedir que se vayan todos en grupos de Whatsapp o en comentarios de Facebook al tiempo que exigimos cosas tan extrañas como un sólo Uruguay, o vivir sin miedo.

Podemos entender, como dice un precandidato de la oposición, que este gobierno es “un fracaso rotundo”, podemos pedir que salgan los militares a las calles como pide otro precandidato, podemos intentar convencernos de que la corrupción ha tapado al país como quiere hacernos creer la única precandidata condenada por la justicia por querer quedarse con dinero que no era suyo o podemos proponer innovadoras medidas como eliminar la tolerancia cero al alcohol cuando se conduce un vehículo. Las opciones son muchas, pero todas coinciden en querer mostrar un país que no funciona y que va hacia el abismo.

Podemos también dar una vuelta por la rambla, el parque, la costanera o la plaza este fin de semana o el que viene y mirar a la gente. La memoria no es lo nuestro y no existía Facebook en el 2002 o en 1978 como para que nos recuerde lo que estábamos haciendo, sintiendo o pensando en aquellos momentos. Pero hacer el esfuerzo de pensarnos 10 años atrás, tal vez más, y sentir si estamos o no mejor, preguntarnos cómo nos sentíamos y cómo nos sentimos, puede ayudarnos a ver lo mismo de otra manera.

Hay un montón de circunstancias personales que pueden hacerte inclinar la balanza para el lado del pasado o para el lado del hoy. En estos años hubo amores, corazones rotos, hijos nuevos, carreras que despegaron y carreras que nunca pudimos terminar, hubo amigos que se fueron y antiguos pelotudos que siguen dando vueltas, robos, asesinatos, goles, mundiales, casamientos, celebraciones, y bares, cada vez hay más bares. Pero a parte de todo eso, hay un todo, el nosotros, el Uruguay, el resto, la política, las nuevas leyes, los nuevos hábitos. Los miedos cambiaron también. Entender los nuevos miedos es clave, porque son los que muchas veces nos llevan a actuar de tal o cual manera, los que nos hacen votar a tal o cual candidato.

El año que viene, mal que nos pese, hay elecciones. Digo mal que nos pese no por no ser fan de la democracia, sino porque tenemos que soportar que un montón de gente nos diga lo bien y sobre todo lo supuestamente mal que estamos.

Aunque parezca contradictorio, leer y escuchar medios de prensa y políticos y militantes llenos de eslóganes y frases vacías no nos va a ayudar a ver de qué lado estamos, qué miedo nos mueve, cómo nos sentimos hoy, como leemos todo lo que pasó en estos últimos años y qué queremos que pase en los próximos. No es ahí. No es navegando entre comentarios de odio en redes sociales, no es en el templo ni en el comité. Allí se juegan otros partidos. Allí te van a hablar de corrupción como si fuera un tema central, te van a intentar dar manija para que te violentes aún más, te van a llenar de promesas de humo.

El consejo es humilde y hasta puede ser caprichoso: aprovechá la primavera y salí a caminar por ahí el fin de semana. Mirá, sentí y pensá un poco. Tal vez encuentres la claridad que toda la campaña política que está por comenzar no te va a aportar.

domingo, 5 de agosto de 2018

Cuadernos por derechos



En menos de un año, todo cambió. Pasaron las elecciones legislativas de medio término y muy rápidamente el velo empezó a caer, casi como en la más obvia de las jugadas de manual.

Primero los despidos masivos y la flexibilización laboral, que no es otra cosa que el recorte de los derechos del trabajador. Luego vino la reforma previsional (recortes para los jubilados) y la salvaje represión. Nos acordamos de Santiago Maldonado, de Milagro Sala, pero esta vez la salvajada era en el microcentro de la capital porteña. No paró ahí, el 2018 comenzó con cierres de escuelas y conflicto con los docentes, como no podía ser de otra forma. De ahí pasamos a la disparada del dólar que dañó aún más el poder de compra tan menguado de los argentinos y para terminar con eso, la vuelta al FMI. Todo esto mientras nos vamos enterando de las offshore del presidente y sus amigos, todo esto mientras nos vamos enterando de cómo María Eugenia Vidal y sus amigos usurparon identidades de los más pobres para lavar dinero en la campaña política, todo esto mientras el presidente Macri anuncia sonriendo que los militares vuelven a las calles.

Pero las jugadas de manual se repiten y parece que una vez más alcanza con globos amarillos, esta vez en forma de cuadernos, testigos con crisis de conciencia, valijas que vacían países en una trama digna de las peores series policiales, pero que surte efecto hasta en los más inteligentes. Antes de que nos demos cuenta, los derechos perdidos, la miseria, el robo y la corrupción imperantes, la represión del Estado, todo, absolutamente todo queda tapado por una historia que ni un niño debería creerse, pero que contada por los grandes medios, una vez más nos hace ver que somos bastante más estúpidos de lo que creíamos.

Mientras tanto, allá está Dilma sin poder ser la presidenta que los brasileños querían que fuera, está Lula preso por un apartamento que nunca tuvo, está Bonadio creando historias para que Cristina Fernández caiga presa de una vez y no pueda participar más en ninguna elección.

Si el espejo enorme de Argentina y Brasil no nos sirve para dejar de hablar de cuadernos como si habláramos del último capítulo de Game of Thrones, si no empezamos a pensar en cuidar los derechos y la vida ganada, el año que viene vamos a pasarla muy mal.

En la otra orilla, mientras luchan por conquistar nuevos y necesarios derechos, los derechos ya conquistados se pierden todos los días. Vos seguís viendo por TN una ficción que ya sabés cómo va a terminar, pero te encanta. Al final, esto de pensar un poco no está haciendo efecto.

lunes, 19 de febrero de 2018

Nos vemos en las urnas


Alguien lo tenía que decir, y lo dijo el presidente. “Nos vemos en las urnas”.

Una frase suelta en un hecho bochornoso pero que tiene mucho de simbólico. Hasta acá llegamos con este juego de que los que protestan dicen ser “del campo” y los demás les creemos. Esto no se resuelve con medidas anunciadas desde el Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca, se resuelve en las urnas. Otra lectura de la frase: somos un país democrático, y vamos a resolver esta confrontación política en las urnas, cuando lleguemos a las elecciones (porque vamos a llegar a las elecciones).


Después de años de intentos tristemente fallidos, la oposición política empieza a mostrar cartas realmente interesantes, o mejor dicho, efectivas. Una movilización contra las políticas sociales y con reclamos generalmente irreales pero que se legitima a través “del campo” “el agro” y finalmente con la bandera nacional de fondo “un sólo país”; casos de acomodo que salpican al Frente Amplio y que caen en un discurso totalmente construido de “corrupción política”; varios hechos sucesivos realmente violentos entre los que destaca el terrible asesinato de la joven que trabajaba en el supermercado y que refuerzan la retórica de la “inseguridad”. Tres patas bien paradas sobre una economía que aún no vuelve a crecer con fuerza. Reducir el Estado, acabar con la corrupción imperante, terminar con la inseguridad. Nada nuevo bajo el sol, pero esta vez parece que funciona.

No entraré en detalles sobre cómo fue la caída del kirchnerismo o la entrada en desgracia del chavismo. Lo importante es que en ambos casos las principales herramientas para orquestar estas caídas fueron aportadas por el propio kirchnerismo y chavismo respectivamente. A no repetir errores.

En el contexto regional actual, tres palabras “Estado”, “Corrupción” e “Inseguridad” bastan para que se asocie el discurso con los gobiernos antes mencionados de Argentina y Venezuela. Y eso, con el siempre exquisito adobo de los medios tradicionales o conservadores, ya es suficiente. El discurso es, una vez más, clave para el destino de una sociedad. Y por primera vez en muchos años, a pesar de la total falta de carisma que profesan sus principales líderes, la oposición puede sentir que está asestando verdaderos golpes.

Mientras tanto el Frente Amplio, siempre con problemas a la hora de construir discurso, de disputar relato y de comunicar efectivamente, empieza a parecer un boxeador ciego golpeado en la oscuridad. Lamentablemente, probando soluciones cada vez más a la derecha.

Para algunos de nosotros, es fácil entender que si el Frente Amplio encuentra la solución a su ceguera moviéndose hacia la derecha, no importa si gana o pierde en las urnas ante la oposición política, para los que somos de izquierda, siempre será una derrota.

La imaginación vuelve a ser clave. También la resistencia. Al parecer este partido no se gana jugando a la defensiva.



martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas. 

jueves, 13 de abril de 2017

Qué nos está pasando

En los últimos años, los gobiernos progresistas de la región están dando serias señales de agotamiento. 








La corrupción tomó a los gobiernos de Brasil, Argentina y Venezuela casi tanto como había tomado a los gobiernos neoliberales de los 90. Además, se ha avanzado en muchos casos hacia una desconexión con movimientos sociales y en algunos casos se ha dado lugar a acciones por demás autoritaritas (represión a movimientos campesinos, poblaciones indígenas, o barrios pobres).

Para ser más claros: no se puede defender la falta de seriedad institucional del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Tampoco poner las manos en el fuego por Cristina Fernández y sus negocios turísticos e inmobiliarios en el sur de Argentina. Defender la inexistencia de corrupción en las cúpulas del Partido de los Trabajadores en Brasil es un despropósito. Podemos decir claramente que las declaraciones sobre la homosexualidad y las hormonas en los pollos de Evo Morales son de una ignorancia inimaginable para un jefe de Estado del siglo XXI. Y podemos condenar la represión de poblaciones indígenas por parte de las fuerzas del orden del gobierno de Rafael Correa en Ecuador.

¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?
Esa parece ser hoy la mayor interrogante.

Estados Unidos está desplegando una política exterior intervencionista desde hace años que busca recuperar el peso perdido después del NO al ALCA, con la OEA como principal espacio multilateral de acción y el avance (muchas veces a prepo) de gobiernos neoliberales alienados con los principales grupos de poder locales.

Tener dudas de esto es como dudar que la institucionalidad venezolana esté dañada. De nada vale apuntar sólo para un lado.

Que Washington haya alentado los golpes blandos que voltearon gobiernos en Brasil, Paraguay y Honduras y que lo intentaron en Ecuador, Bolivia y Venezuela no debe ser sorpresa para nadie. Son las reglas de un juego que a veces el progresismo latinoamericano parece ni siquiera saber que está jugando. En el subcontinente, los hijos de los que siempre fueron ricos, están volviendo al poder (al poder político, porque el económico nunca lo perdieron del todo, no seamos ingenuos).

Vuelvo una vez más a la pregunta que debe estar desvelando a cualquier pensador de izquierda. ¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?

Lo primero debería ser disputar la construcción del relato y dejar de subestimarla.

Nos importa más saber las alternativas de juicios armados contra Cristina Fernández que las cifras de desempleo, costo de vida y pobreza que revientan en Argentina.

Nos interesa Venezuela, pero no nos interesa Paraguay o México, democracias mucho más dañadas y vulneradas.



No le damos relevancia a que la derecha ecuatoriana no reconozca al gobierno electo por voluntad popular legítimamente, tampoco le dimos relevancia al hecho de que el diputado que orquestó el juicio político contra Dilma está hoy preso por corrupción, ni que Temer corra riesgo de ser enjuiciado mientras le hace los mandados a Estados Unidos. No nos interesa lo que sucedió en Curuguaty ni los paramilitares fascistas de Álvaro Uribe en Colombia. No hablamos de la lista interminable de intentonas golpistas de la oposición venezolana, ni las acciones empresariales directamente montadas para generar desabastecimiento, descontento y finalmente desestabilización y mucho menos de la compra de votos por parte de los diputados electos en el Estado de Amazonas. No nos preguntamos dónde están las miles de personas que salieron a las calles en Brasil para reclamar supuestamente por el fin de la corrupción (gracias Globo) o en Argentina para reclamar por el fin de la grieta (gracias Clarín).

La agenda de la derecha, dueña de los viejos medios de comunicación y alineada con Washington  nos obliga entonces a hablar del crecimiento sostenido de la economía paraguaya, de lo que dice un personaje tan desacreditado como Luis Almagro, del palabrerío cruzado entre Maduro y Vázquez, de la mesa de Mirtha Legrand con Macri y su hermosa esposa llena de slogans. 

Pero la construcción de un nuevo relato no basta. Hay que tener siempre muy presente que el kirchnerismo nació con Néstor y Cristina, Alianza PAIS con Correa, el chavismo con Chávez, el PT nunca tuvo peso hasta Lula y el MAS no existía antes de Evo Morales. Los caciques no alcanzan. Hay que hacer partido, hay que hacer fuerza política y sobre todo, hay que hacer conciencia.  En esto, los sectores sociales, que en mayor o menor medida se han visto favorecidos durante lo que va de este siglo, tienen mucho por hacer. Hacer para evitar grandes retrocesos en los terrenos ganados (que rápidamente ya se están perdiendo) y fundamentalmente para construir nuevas formas de democracia que realmente los representen. 

lunes, 19 de diciembre de 2016

Si nos da la gana

foto de la diaria

Fue hace 9 años, en diciembre del 2007. Hace menos de un año que trabajaba en Radio Carve, con 22 años recién cumplidos, tratando de entender aquello que llamaban periodismo, impregnado por la magia de la radio en aquel sótano de la calle Mercedes. Se empezaba temprano, se hacía sonar teléfonos antes del amanecer, se sacaba fotocopias. Internet era aún un mundo con más promesas que posibilidades, Facebook apenas llegaba a Uruguay y Twitter ni existía.


Éramos un equipo grande, suma de nuevos y experimentados. Siempre teníamos dos o tres movileros. Yo trabajaba en la base, el sótano, no me entusiasmaba trillar las calles con aquellos grabadores que siempre presentaban algún problema técnico de imprevisto. Pero ese día de diciembre los movileros (pasaron tantos que no recuerdo quiénes estaban en aquel momento) estaban en otras tareas. Tal vez era lunes y tenían que estar en Consejo de Ministros, tal vez estaban cubriendo los restos de un espectacular choque en la rambla o perdidos en los pasillos del Parlamento. No lo recuerdo, imposible hacerlo. Sí recuerdo el encargo: “vas vos”. De fondo, la cara cómplice de una compañera de generación que ya se estaba convirtiendo en amiga de la vida.


Iban a meter al Goyo Álvarez preso, y había que cubrirlo. Estaba nublado, y allí salí yo por las calles del centro de Montevideo, para cazar con mi viejo teléfono celular aquel momento histórico que tenía gusto a suceso del año. Lo llevarían, decía el rumor siempre bien chequeado por la productora, desde una dependencia del Ejército directo a la Cárcel Central. Yo estaba nervioso, no tanto por la suerte de uno de los mayores hijos de puta de la historia reciente del Uruguay, sino porque era mi primer móvil, en vivo y el tema no era chiquito.


No era un adolescente. Transpiraba como uno, pero a quién le importa. Ya había hecho los deberes en mis años en el Zorrilla, leyendo sobre la triste historia del país, sabía quién era aquel hombre tan poco hombre, sabía bastante bien qué papel había jugado en toda la mierda de los años más oscuros. Era un asesino, además de un dictador. También había hecho los deberes del periodista. Sabía que no estaba allí para robarle unas palabras, ni siquiera para recoger las declaraciones de alguien más. Era sólo una crónica visual.Tenía que ser los ojos de la radio, de los espectadores, contarles lo más claramente lo que estaba sucediendo. Recuerdo que los nervios me hicieron usar la palabra barullo, debe haber sido la única vez en la vida que la usé. Fuera de eso todo salió bastante bien.


El viejo salió acompañado de otros militares, con las manos esposadas y escolta de policías. Había alguna persona gritando algo. También había otro grupo grande de periodistas que no me conocían, haciendo más o menos lo mismo que yo. Estaba esposado, y yo contento de poder contarle eso a la radio, porque sabía que del otro lado podrían estar mis viejos escuchandome. Después, por suerte, tuvimos varias tapas de la diaria y otros medios con fotos más reales del viejo malo con las esposas puestas.


Volví a la radio, recibí alguna felicitación, un viejo periodista de prensa me dijo aún no tenés idea de lo que acaba de pasar. Me escapé al rincón del sótano que me pertenecía, y esperé tranquilo a que se cargara el back up de lo emitido ese día, para buscar mi móvil, cortarlo, escucharlo y copiarlo en mi reproductor de mp3 para destrozarlo durante toda la tarde.

El Goyo estaba preso. Eso, en aquellos primeros años de gobierno del Frente Amplio, era lo más parecido a una victoria, a una justicia. Me tocaba arrancar una carrera contando de milicos presos, llevados ante la justicia. Era muy consciente de mi privilegio. Pero el tiempo fue pasando para todos. Para el periodismo, para el Frente Amplio, para los torturadores, para los sobrevivientes, para los que nunca les importó nada. Pasó la cárcel exclusiva para los mayores hijos de puta, pasó el silencio perpetuo, los jueces alejados de sus casos, pasó el país de cornudos y cornudas que le dijeron que no a la búsqueda de la verdad. Todo eso pasó mientras yo me convertía en el hombre que soy hoy y en el periodista que llevo dentro. El viejo se va a morir, hoy, ayer o mañana, va a dejar de respirar. Lo van a seguir muchos otros, lo vamos a seguir todos. Los desaparecidos van a seguir desaparecidos, la justicia va a seguir siendo injusta. En ese país estamos creciendo. La muerte no transforma, la transformación solo la hacemos los vivos, si nos da la gana.

martes, 1 de noviembre de 2016

El día de los muertos

En los últimos días acumulé una serie de titulares bien llamativos. Pedidos de renuncia al Ministro del Interior, balas en un estadio, vecinos caceroleando en barrios ricos y reclamando “más seguridad”, un joven asesinado por un policía en la puerta de un boliche, otra mujer asesinada por la violencia machista, cifras que van y vienen sobre la cantidad de delitos cometidos, como si fueran la mejor forma de medir el avance de la violencia entre nosotros.





El año pasado fue tranquilo en Durazno, un departamento calmo en el centro del país. Hubo un homicidio en todo el año, y como debe ser, revolucionó a la prensa local y a los vecinos de Las Higueras, uno de los barrios más pobres de la capital departamental. Al parecer, un joven de 19 años mató a otro con un cuchillo y marchó a la cárcel. Fuera de ese hecho de sangre, fue un año tranquilo el que pasó para Durazno. Bueno, eso si no contamos a los 10 muertos en accidentes de tránsito y a las 16 personas que decidieron dejar de vivir durante el 2015 en aquél lugar del país.
Igual, seguimos mirando a la violencia con cara de pobre, drogadicto, vago y asesino. No estamos entendiendo nada.

Este año saqué la libreta y empecé a manejar. No descubro nada si les digo que la gente al volante, en motos y en bicicletas está en general un poco mal de la cabeza. Algo más de 500 muertos en un año, incluidos los pibes de las picadas en Durazno y otros 200 jóvenes de todo el país.

Sumo: 17 mujeres muertas en lo que va del año, asesinadas por su novio, ex novio, marido, vecino. Muertas por ser mujeres nomás.

Sumo: 35 personas muertas en las cárceles en lo que va del año. Ponemos gente al cuidado del Estado con la intención de rehabilitarlas y dejamos que se maten ahí dentro, donde no las vemos.

Concluyo: Nos estamos matando. En todos los rincones del país. No importa si tu hijo nace en Artigas o en Montevideo, son más altas las probabilidades de que se pegue un tiro a sí mismo a que alguien más le dispare y lo mate. Tan feo como suena, la tristeza y la falta de cariño van mucho más por dentro que por fuera.

Podemos quedarnos en los síntomas: un disparo en un estadio, un tiro en la cabeza por intentar evitar una rapiña, más de 640 uruguayos cortándose las venas, ahorcándose o rematándose de un tiro sólo en un año porque no pueden ver el valor de sus propias vidas, cientos muriendo en las calles y en las rutas, detrás y delante de un volante.

Podemos también pensar, porqué nos está pasando esto. Pensar porqué no nos queremos tanto. Parece que nuestra vida no nos vale nada. Tenemos conversaciones por Whatsapp mientras manejamos, a veces, hasta con unas copas arriba o con los nenes en el asiento de atrás. Arriesgamos nuestra vida ante un demente para rescatar una cartera o unos pocos pesos. Tenemos (nosotros, el gobierno y el Estado) en la última de nuestras prioridades un poco de salud mental.

Entiendo la impotencia, pero esta vez salir con cacerolas a la calle no les va a solucionar nada queridos vecinos. La ansiedad, el miedo y la angustia eterna del que nunca puede consumir lo suficiente son tremendos motores para la violencia.


Los muertos me duelen todos, todos los días.

domingo, 12 de junio de 2016

A la deriva

“Nuestros oficiales están capacitados para enseñar valores porque lo han hecho desde siempre. Con “valores” me refiero a las cosas elementales que tiene que sentir un uruguayo”.


Hay tantas cosas mal en esta frase del Comandante en Jefe del Ejército, General Guido Manini Ríos, pronunciada unos días atrás, que me costó mucho definir por dónde empezar a abordar el tema.

El Ministerio de Defensa y el Ejército Nacional participan activamente en lo que el gobierno ha dado a conocer como Diálogo Social, una iniciativa que reúne a unas 600 organizaciones públicas, privadas, sociales y comunitarias que proponen, debaten y acuerdan ideas en torno a varios ejes temáticos.

Una de las propuestas del Ejército Nacional presentada en la mesa que debate iniciativas sobre “Seguridad y Convivencia Ciudadana” (y no, vale aclarar, en la mesa que trata el tema “educación”) propone trabajar sobre los “ciudadanos de entre 18 y 30 años, aptos desde el punto de vista físico y médico que no estén estudiando ni trabajando”.

Primero: para el Ejército, el problema de exclusión de los jóvenes que no estudian ni trabajan es un problema de seguridad, no es un problema de educación. Desde ahí la propuesta empieza a ser cuestionable. Pero hay mucho más.

La propuesta del Ejército propone crear una “Fuerza de Voluntarios en Defensa y Protección Civil”, jóvenes que “serán considerados efectivos auxiliares del Ejército, con derecho a usar un uniforme y a percibir un viático equivalente al 50% del sueldo de un soldado”.

¿Qué se hará con esos jóvenes? Se propone formarlos “en valores civiles y democráticos así como en todo lo relacionado a su salud física y mental” al mismo tiempo que se los introduce en el mundo de algunos oficios. Los valores que el Ejército se propone inculcarle a estos jóvenes se basan en la Constitución, Leyes Sociales (vaya uno a saber a qué se refiere el Ejército con esto), Códigos, Historia Nacional, Respeto a los símbolos patrios y autoridades, costumbres y hábitos entre otras cosas.

El Ejército propone también intervenir en la educación en higiene y salud de éstos jóvenes. Pero no se asusten. El propio comandante en Jefe del Ejército explicó ante la Comisión de Defensa Nacional de la Cámara de Diputados (dónde presentó con mucho éxito esta propuesta) que cuando dice higiene “se agarró para el lado equivocado: pensaron que queríamos bañarlos. Lo que sucede es que para los militares, higiene refiere a la higiene bucal, sanitaria, enfermedades venéreas, drogas. Es la higiene en términos sanitarios”. Ok.

Manini Ríos explicaba en esa ocasión que la juventud “está un poco desnorteada, a la deriva, sin muchos caminos a seguir en la vida. Pensamos que el Ejército tiene posibilidades en ese sentido: tiene capacidad locativa, gente que puede contribuir a contenerlos, a formarlos en lo que denominamos un Centro de Formación Ciudadana”.



“Desde siempre, inculcamos valores a nuestros soldados a partir de nuestros oficiales. Lo que tenemos para ofrecer son nuestros oficiales; ahora bien, si se nos proporcionara profesores de educación física, sería lo ideal. Acá no estamos hablando de quién da la materia. Nosotros tenemos nuestros oficiales que tienen su formación de años respetando los símbolos patrios, el ideario artiguista y ese tipo de cosas que tienen muy internalizadas. Por lo menos con los reclutas que recibimos normalmente eso funciona muy bien” contaba Manini Ríos acompañado y apoyado por el subsecretario del Ministerio de Defensa, Jorge Menéndez y escuchado por muy entusiasmados diputados nacionales.

En su comparecencia ante los diputados, el Comandante en Jefe del Ejército fue interrogado dos veces sobre la posibilidad de que sea una formación que incluya la internación de los jóvenes y en las dos ocasiones evitó responder la pregunta. Sin embargo, la propuesta elevada al Diálogo Social lo dice claramente: “las actividades se desarrollarán de lunes a viernes de 8 a 16, pudiéndose establecer en determinados casos un régimen de internado”.

Para finalizar, Manini Ríos aseguró que “es fundamental la participación de distintos organismos del Estado. De lo contrario, no será sencillo implementarlo. Esto no puede funcionar si no se encara como una política de Estado”. Por lo pronto, ya cuentan con el apoyo del Ministerio de Defensa y de dos emocionados diputados del Partido Nacional.

 “Considero que se trata de una iniciativa muy positiva y muy responsable… quiero destacar y valorar la iniciativa y la preocupación en un tema acuciante para la sociedad en general” concluyó Gonzalo Novales al tiempo que Mario García dijo que “como integrante de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, saludamos este tipo de iniciativas que apuntan a incluir a un sector de la sociedad que lamentablemente hoy no encuentra respuestas en lo que estamos ofreciendo como Estado” y luego contó cómo extraña a los liceos militares.

El problema, o el mayor de los problemas, no es que el Ejército quiera ayudar ante una situación problemática, de hecho el Ejército ayuda actualmente en muchísimas situaciones en las que realiza un aporte invalorable (piense en tornados, inundaciones, crisis de la basura) y en otras situaciones tiene capacidad de hacerlo. El problema es que el Ejército sienta que debe participar y hasta liderar políticas de inclusión social y sobre todo de educación. Podrán ser grandes formadores en algunos oficios, pero cuando se trata de Historia Nacional (incluyendo el ideario artiguista), valores y educación sanitaria (por nombrar algunos puntos nada más) les queda aún mucho camino por recorrer.

El apoyo a esta medida de un Ministerio de Defensa que se piensa de izquierda, y el hasta ahora silencio cómplice de las muchas otras instituciones del Estado que participan en esa mesa de diálogo preocupa. ¿Se habrán dado por vencido en el CODICEN, el MEC, el MIDES y el propio Frente Amplio? ¿Será que no saben qué hacer con éstos jóvenes? ¿No tienen idea de cómo acercarse a ellos? ¿Vamos a dejar que el Ejército lidere una propuesta de inclusión para uno de los sectores más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad? Con sólo pensarlo, ya es señal de que los que estamos a la deriva, somos nosotros.

jueves, 21 de abril de 2016

Golpes



Una de las diez mayores economías del mundo con más de 200 millones de habitantes. Uno de los países (sino no es él país) con mayores riquezas en recursos naturales: una selva, un reservorio de agua, tierra fértil y venas llenas de petróleo y minerales.

Cuando asumió Lula, en 2003, uno de cada cuatro brasileños era pobre. La pobreza en Brasil, bajo los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cayó de más de 25% a casi 7%. Esto es: más de 25 millones de personas dejaron la pobreza atrás.

Pero todo el crecimiento económico y el combate a la pobreza no alcanzaron, nunca alcanzan. No se reformó la Constitución, no se reformó el Poder Judicial y no se reformó la realidad del poder mediático. Tampoco se combatió de forma eficaz la corrupción, que aprovechó las inmensas ganancias del Estado registradas en los últimos años. Vale aclarar que se trata de una corrupción sin partido político, o mejor dicho, con todos los partidos políticos, especialmente los que hoy claman para destituir a la presidenta, Dilma Rousseff, ella sí, al menos hasta ahora, libre de toda sospecha de corrupción.

No es nuevo esto. Ya pasó en 2009 en Honduras, ya pasó en 2012 en Paraguay. Se intentó en Ecuador, en Bolivia y en Venezuela. América Latina ha hecho historia en estos últimos 15 años con golpes e intentos de golpes “blandos”. ¿Pensamos que sacar a más de 50 millones de personas de la pobreza no le iba a molestar a nadie? Ahora, lo que sucede, es que el golpe se le da al mayor país de la región.

Ya no son tanques en la calle ni militares en el poder. Por ahora ya no son necesarios, o mejor dicho, efectivos. Ahora son llamadas de algunos poderosos empresarios a diputados corruptos, es un operativo mediático que lleve gente descontenta a la calle, son unos jueces comprados que sigan el juego y ya está casi todo pronto. La infamia de juicio político ya está casi en movimiento.

Tomar nota: Meterse con algunos intereses de las clases dominantes puede ser complicado, no hacerlo puede resultar fatal, para la democracia y para los gobiernos que buscan combatir la pobreza y sobre todo la desigualdad.

Claro que los partidos políticos que defienden los intereses de las clases dominantes, los siempre borrosos intereses empresariales y transnacionales, los medios casi monopólicos que pertenecen a esos intereses, los jueces cómplices, pueden hacer mucho ruido. Pueden hablar de grietas en la sociedad con la liviandad de alguien que nunca vivió o tuvo que ver con la crisis de 2002, pueden tildar de radical (y ojo con tener ideas radicales en un mundo que aplaude la moderación inmovilizadora) cualquier intento por reformar una constitución, aprobar una ley de medios o revisar el funcionamiento del Poder Judicial. Pueden voltear un gobierno, sin que casi te enteres.

En Brasil lo que sucede es claro. Hay un golpe de Estado en marcha. En una década en el gobierno, el PT no ha logrado (ni siquiera intentado) modificar la constitución, crear un marco normativo más justo en materia de medios, reformar o revisar el Poder Judicial o atacar a la corrupción en el ámbito público y en el privado. Sin eso, todas las victorias en el terreno de los derechos penden de un hilo.

Nosotros, aquí, en Uruguay, vemos lo que pasa casi como si estuviéramos viendo una más de las telenovelas de Globo. Lamentablemente, no estamos pensando en que lo que pasó allá, con otros colores y otros actores, puede pasar aquí mañana. Actuar en consecuencia, a esta altura, parece un sueño inalcanzable.

martes, 29 de marzo de 2016

Escándalo

Eso debería provocar lo sucedido en Semana de Turismo en el laboratorio del Grupo de Investigación Arqueológica Forense del Uruguay (GIAF).


Los hechos: alguien entró en un edificio de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, más específicamente en el laboratorio del GIAF, donde se trabaja en la búsqueda de restos de desaparecidos durante la última dictadura cívico militar. Además de entrar, robaron discos duros, borraron otros y marcaron con un círculo en un plano de la ciudad nueve ubicaciones que corresponden a las direcciones de los hogares de nueve investigadores del equipo.

La información surgió en el mediodía de un lunes y hoy ocupó un espacio en las tapas de los matutinos la diaria y El Observador. Es aún poco lo que se sabe, pero alcanza para sacar algunas conclusiones.

A mí cuando me dicen que lo que pasó ya pasó, que no hay que remover el pasado, me da (con la disculpa por el término) cagones. Lo que pasó en Semana de Turismo en Humanidades debería ser un escándalo de proporciones en un país que realmente estuviera buscando memoria, verdad y justicia. Pero no.

¿Cómo pueden irrumpir tranquilamente a un edificio en pleno centro de la ciudad, que supuestamente tiene alarma y reja? ¿Qué seguimiento le haremos como sociedad a este caso? ¿Qué seguimiento le hará la prensa? ¿Investigará la prensa este hecho? ¿Cómo van a responder las autoridades del Ministerio del Interior? ¿Y Eleuterio? ¿Cuándo se van a dar las conferencias de prensa? ¿Cuáles van a ser los refuerzos de seguridad a éstas y otras instalaciones vulnerables? ¿Cuándo vamos a apoyar a esos nueve señalados desde la oscuridad? ¿Para eso no salimos a la calle?

Lo primero que sentí cuando leí, casi sin creerlo, que habían marcado las casas de los investigadores, fue miedo. Luego impotencia. Miedo e impotencia. Tal vez sea eso lo que querían generar quienes entraron en aquel laboratorio. Lo mismo que se preocupaba en sembrar en muchos la dictadura cívico militar 40 años atrás.

Pero no, ni miedo ni impotencia podemos tener ante esta situación. No lo han tenido quienes vienen investigando hace años, buscando a los que faltan hace décadas, intentando contracorriente remover el pasado, tampoco podemos tenerlo nosotros.

Lo que pasó es una muestra, tal vez la más patente en los últimos años, de que los hijos de puta están ahí, nerviosos, preocupados por que no encontremos a los que nos faltan.  Es una prueba de que son reales, no son viejos fantasmas que solo habitan en cuentos prohibidos.

Quienes militan por los derechos humanos desde hace años pueden ver ingenuidad en estas líneas. Pero los demás, lamentablemente los más, los que miran siempre para el costado cuando incomoda, los que no marchan en silencio, los que no votan ni quieren pensar si votar o no en un plebiscito, ellos, seguramente están pensando que exagero, que el escándalo lo quiero inventar yo. Tan triste como eso.

domingo, 17 de enero de 2016

Porno



Le puse stop al video justo cuando en una misma habitación se habían juntado una travesti, un animal y el camarógrafo. Definitivamente lo que estaba por ver no me iba a gustar nada. Cerré el video, fui a la información del grupo, vi quiénes eran los participantes y me salí para no volver más.

No era el primer grupo de Whatsapp por el que había pasado en el que se compartían casi a diario contenidos que alguien podría llamar porno. Una sucesión de videos de culos, dedos, eyaculaciones, caras, personas evidentemente drogadas, videos caseros o con más producción, mujeres haciendo petes, mujeres teniendo sexo por adelante y por atrás, mujeres teniendo sexo entre ellas. Mujeres que cumplían con todos los cánones de belleza actual y mujeres que estaban muy pasadas de peso. Con y sin todos los dientes. Un asco que, sin embargo, alguien encuentra gracioso, entretenido y muchas veces hasta estimulante.

Seguramente, las personas que arman esos grupos de Whatsapp y osan incluirme no me conocen ni un poco, claro. Ni me dan gracia, ni me excitan. Asco. Comenté el fenómeno con una amiga y me dijo que no tenía idea de lo que estaba hablando. Lo comenté con otra y me dijo que sí, que su ex tenía un grupo con sus compañeros de cuadro en la liga universitaria y que siempre tenía videos de mierda, que nunca le dejaba verlos y se preocupaba de borrar a menudo. Lo comenté con mis amigos. Parece que no es tan raro. 

Compañeros de trabajo con la panza inflada justo arriba del cinturón, atléticos miembros de un mismo equipo de fútbol, repartidores de esos que pasan todo el día en un camión por las calles, adolescentes de algún colegio bien. Padres, novios, hermanos, hijos. Todos en un mismo grupo de Whatsapp, como haciéndose una paja (mental y de las otras) juntos, mirando el mismo video, riendo juntos, festejando como le rompen el culo a esta, como la traga la otra, como la dejan a aquella. Ríen, se miden a ver quién la tiene más grande. 

Les da vergüenza, por eso sólo lo hacen en determinados grupos de Whatsapp. Normalmente solo uno o dos de los participantes se encarga de proveer los videos. Los más pajeros y tal vez los más peligrosos. Se toman el trabajo de rastrear el video en internet, descargarlo y volverlo a cargar en su celular para compartirlo. Algo no está bien en esas cabecitas. Falta de sexo, falta de placer sexual, tendencias homoeróticas reprimidas; un psicólogo se podría hacer una fiesta (no por eso hay que dejar de consultarlo).

Después están los otros, los que reciben los videos, algunos comentan, otros arriesgan un tímido jaja y otros miran nada más en silencio, de tanto en tanto. Están los menos, que se avergüenzan tanto de pertenecer al grupo, pero la vergüenza de abandonarlo y darles la espalda a los otros pajeros es tan grande que se quedan y ni siquiera descargan el video. Estamos hablando de abogados, ingenieros, obreros, estudiantes, vagos. 

Estamos hablando de hombres que pueden indignarse si le mirás a la novia o les tocás el culo, pero que encuentran cierto placer en compartir un video de un baño de Santa Teresa o de una mujer drogada cabalgando arriba de un dildo.

No tenemos que esperar  a que maten a otra mujer para preocuparnos por el machismo, ni esperar a que aparezca otra chica trans en alguna cuneta para hablar de cuánto nos cuesta asimilar lo diferente.