domingo, 6 de agosto de 2017

Entre gigantes idiotas

Hay cierto aire de alivio y hasta triunfalismo en ciertos sectores del oficialismo uruguayo. Nos vemos como un oasis en el medio de una tierra llena de desastres. El avance de la derecha en la región no pudo con nosotros. Crecemos, mientras los vecinos sucumben. Hacemos un poco de alarde – siempre con la (falsa) humildad que nos caracteriza – sobre nuestra envidiable situación de estabilidad política y económica mientras el resto del continente se sacude.

Pero no estamos aquí para hablar de nosotros. Nuestra fragilidad es tal, que cualquier soplo de nuestros vecinos, por más que juremos que hemos ganado una independencia total, puede dejarnos otra vez en la miseria. Si algo hemos visto en los países vecinos, es que todas las construcciones que parecían sólidas y que tomaron más de una década para levantarse, no son casi nada ante la restauración del paradigma neoliberal.

Tomemos un instante para observar a los vecinos. Parece que estamos rodeados de dos gigantes idiotas, tal vez algo ebrios o bajo los efectos de algún calmante que los deja brutos, sin mayor habilidad para moverse o razonar. Son, de todas maneras, los dos gigantes del barrio, y por más que estén cortos de pensamiento o lucidez, siguen marcando el ritmo.

En Brasil las cosas no podrían ser más extrañas. ¿Han visto imágenes o videos sobre las sesiones de impeachment a la presidenta Dilma Rouseff? Es difícil creer que la que hace pocos años era la quinta o sexta mayor economía global esté en este lugar tan oscuro. El diputado que lideró el quiebre institucional está preso por años, hay videos y audios que muestran claramente cómo el actual presidente Michel Temer ordenó pagar sobornos y coimas, hay discursos fascistas gritados a viva voz en los micrófonos del congreso más triste del mundo y sin embargo, las cosas no parecen que vayan a cambiar.

Argentina ha vuelto a los noventa con una velocidad que asombra. Más de un millón de personas arrojadas a la pobreza en apenas un año (la mayoría de ellos son niños), un costo de vida que se ha disparado a las nubes y un presidente -en este caso, mal que le pese a los argentinos- elegido democráticamente, que no para de vender humo.

Las estrategias son y van a ser similares. Compren pop y siéntense a ver. Los intereses de las clases dominantes, siempre de la mano de Washington, apuntalados por un sistema judicial totalmente flechado y siempre decorado con hermosos colores, eslóganes y “noticias” por los grandes medios de comunicación.

En Argentina, el aparato publicitario de Macri funciona a la perfección hasta el momento. Hay todavía, a casi dos años de la asunción del nuevo presidente, muchos argentinos que creen que su actual situación es sólo un “sinceramiento de la economía”, un mal que hay que atravesar por culpa de los K para llegar al paraíso de la pizza y el champagne, de Miami y del desarrollo prometido. No importan los puestos de trabajo destruidos, no importa el sector informal, las reglas de juego que cambian y vulneran a los de abajo, no importa la cuenta del gas o de la energía. No importa todo eso. Se sienten parte del cambio, pero son parte de una simple campaña publicitaria, y cuando los focos se apaguen, nada bueno les espera. Mientras tanto pueden entretenerse comentando los últimos vestidos de Juliana Awada.

En Brasil, las cosas son acaso más oscuras. Aquí los millones bajo la línea de pobreza crecen día a día mientras el país es gobernado por un criminal. La potencia del continente se sigue sumergiendo en los recortes, la exclusión, el deterioro político y la represión violenta a cualquier tipo de manifestación contraria al gobierno.



Hay algunas cosas que tienen en común los dos gigantes idiotizados. Por ejemplo, eso que llaman “flexibilización laboral” y que básicamente significa que se cambian fuertemente las reglas de juego en el mundo del trabajo, para quitar derechos a los trabajadores y aumentar los beneficios de los empresarios. Despidos sin efectos secundarios, contratos basura, salarios deprimidos, mayores obligaciones para los trabajadores, mayor carga horaria, en fin, más explotación.

También tienen en común una estrategia bien planteada de avance de procesos judiciales que impidan un resurgimiento de los sectores políticos que sacaron a millones de argentinos y brasileros de la pobreza en los últimos 15 años. Pueden apostar que habrá coloridos procesos judiciales en contra de Lula Da Silva y Cristina Fernández, una y otra vez, hasta que ambos queden fuera de juego. Son hoy, los principales objetivos de la derecha restauradora.

Y luego está, como siempre, el bombo mediático. Mientras muestran a Lula esposado o cuentan el cuento de una ruta de maletines con dinero pergeñada por la maléfica Cristina, mientras llenan la pantalla de lucecitas de colores, roban lo que es de todos, recortan derechos, vulneran aún más a los más vulnerables, invisibilizan  a las manifestaciones, y a la protesta que no descansa pero se desinfla.

Hace muy poco leí con sorpresa que la suspensión de Venezuela del Mercosur era “una victoria política de Macri”. Así cuentan la historia. No reconocen que la suspensión de Venezuela del Mercosur es una victoria principalmente de Washington, que hoy juega con los gigantes idiotizados a piacere. Hay, realmente, muchos argentinos que creen que con su actual presidente la posición de su país en el concierto mundial ha mejorado. Desde afuera, lejos de las luces y la pirotecnia del PRO, no se entiende tal nivel de ceguera.

Mientras tanto, las grandes masas se dividen, se miran con odio. Las clases medias se aferran con uñas y dientes a los pequeños placeres de la compra en cuotas y le sueltan la mano a una masa cada vez más grande y cada vez más pobre, que ya les resulta demasiado pesada. Mejor no verlos. El slogan de los noventa que vuelve con vigor una vez más. En esa división, radica gran parte del éxito del discurso neoliberal de Macri y Temer, por más que vendan un discurso vacío de unión entre compatriotas.

En las calles los que protestan no son suficientes y cada vez se escucha menos de ellos en los medios. Las ollas populares reaparecen en los barrios pobres a los que no llega el noticiero. Y los gigantes, idiotizados, casi cual marionetas, se mueven torpes destruyendo lo que hace poco parecía ser un barrio pujante, pero que hoy se vuelve a parecer más a un patio trasero de alguna gran potencia.
   



martes, 1 de agosto de 2017

Venezuela sangra


Es difícil jugar al juego de Venezuela. Nos pasa a todos, los que estamos más a la izquierda y también, por qué no, los que están a la derecha. A los únicos que nos les parece costar jugar a este juego es a los que opinan porque tienen Twitter nomás o a los que, sin ningún interés en entender lo que está pasando en aquel país o sin ningún interés en el bienestar del pueblo venezolano, se limitan a llevar agua a sus molinos, sin importarles que esté manchada de sangre. Me refiero sí a los Lacalle Pou o a los Mariano Rajoy. A estos personajes no hay que dedicarles mucho tiempo, cualquier miedo, cualquier muerte puede servir para sumar un voto.

Pero para el resto, el juego es difícil. Hace ya mucho tiempo que la oposición venezolana y el oficialismo cruzaron líneas difíciles de sostener, de defender, aunque sea desde el discurso. Podemos caer en el simplismo de que el pueblo venezolano se encuentra encerrado entre dos males, dos demonios, dos iguales que batallan por el poder sin importarles la sangre inocente. Podemos, pero evitaremos caer en esa aparente solución que sólo indica que queremos dejar de hablar de Venezuela sin arriesgar una opinión: todos tienen la culpa, todos están locos, los que pierden son siempre los mismos, los de abajo.

¿Cuándo cruzaron la línea oficialismo y oposición? ¿Hasta dónde podía defenderse una actitud o un discurso y a partir de dónde no? ¿Cuándo dejó de ser una oposición democrática la venezolana? ¿Cuándo comenzó a ser autoritario el gobierno? Buenas preguntas para pensar este conflicto mientras cerramos las pestañas de El País de Madrid o cualquiera de los tantos y tan parecidos medios masivos de derecha que dominan el panorama periodístico de América Latina. Allí, no vamos a encontrar las respuestas.

Desde el inicio del ciclo chavista, en 1998, hasta hoy, el pueblo apoyó mediante el voto popular al gobierno en cinco elecciones presidenciales, cuatro elecciones parlamentarias y cuatro referéndums que pusieron en juego la presidencia y la Constitución. Creo que ningún otro país de la región se sometió a tantas instancias democráticas de voto popular en estos casi 20 años, con una transparencia y fiabilidad reconocida por aliados y detractores. También, cuando tuvo que perder en las urnas (un intento de reformar la Constitución de Chávez y las elecciones parlamentarias de 2015) se reconoció la derrota.  

Los problemas con el oficialismo venezolano parecen comenzar a sentirse en estos últimos dos años, con un desconocimiento total del Poder Legislativo de mayoría opositora y ahora, con una convocatoria a una Asamblea Constituyente con algunos vicios, o al menos con algunas diferencias sustanciales con procesos similares encarados anteriormente por el chavismo.

Enfrente tenemos a una oposición política que seguramente califique como la de menor nivel en todo el continente. Es, claramente, una oposición que defiende los intereses de la oligarquía venezolana. Mejor dicho, es la oligarquía venezolana. Creer que los destinos económicos de un país sudamericano dependen del gobierno de turno, es de una ingenuidad tal,  que no merece la pena ser discutido. Aún en un país como Venezuela, con un Estado fuerte a cargo del principal recurso (petróleo), las clases dominantes han venido desde hace años intentando afectar la economía interna, apoyados desde el exterior (al chavismo no le faltan enemigos), llegando a los límites del desabastecimiento interno, empujando a la pobreza a personas que recién la habían abandonado, con el único fin de crear caos, desesperación y por último, la caída de un gobierno.

No nos engañemos. Cuando las urnas no acompañan, hay otros métodos para desalojar del poder a cualquiera que moleste. Lugo, Dilma, los intentos en Ecuador, Venezuela y Bolivia, los procesos judiciales dirigidos contra Lula o Cristina Fernández, las campañas mediáticas constantes, las juegos del mercado, los apoyos desde Washington. Que no se lea mal, Dilma no es Cristina, Maduro no es Chávez y no hay dos casos iguales. Lejos estamos de meter todo en la misma bolsa. Pero no ver los puntos en común es de una ceguera sospechosa. 

Cada muerte en las calles de Venezuela es responsabilidad del gobierno, que no supo proteger la vida de las personas, pero también y sobre todo, es responsabilidad de una oposición terrible, que usa la sangre como uno más de los métodos de presión para derribar al gobierno. El pueblo venezolano tiene también sus responsabilidades en todo esto, es víctima y victimario. Ha concurrido una y otra vez a las urnas en forma masiva, pero también ha hecho barricadas, ha impedido la libre circulación, ha tomado las armas, ha salido a la calle a protestar. Uno podría creer en la autodeterminación de los pueblos, pero sobran pruebas de que la injerencia internacional en Venezuela es cada día mayor.

La tensión entre unos y otros ha llevado al límite a la institucionalidad, ha hecho de este juego -para los que miramos desde afuera- un juego muy peligroso, donde todos parecen ser culpables, pero sólo unos van a salir ganando. Adivinen quién. 

miércoles, 12 de julio de 2017

Mientras dormías la siesta



Hacía calor y se prestaba para la siesta de febrero. No lo olvido más, porque fue uno de los sustos más grandes de mi vida. Justo en ese momento extraño entre el mundo de los despiertos y el mundo de los sueños, en ese segundo nunca determinable en el que uno levanta la última barrera que lo mantiene despierto, a través de la cortina de la ventana de mi cuarto, justo encima de la cama en la que me disponía a babear la siesta de verano, aparece el rostro de un intruso. Sucio, alerta, silencioso. Pego un salto y un par de gritos abandonando en un segundo el tren de los sueños en el que me dirigía a disfrutar de la siesta y el ladrón, hábil trepador de muros y azoteas, retrocede y desaparece por los techos del centro de la manzana.

La solución, absoluta y fuera de discusiones en la discutida mesa familiar, fue instalar una reja en aquella ventana. No recuerdo ni siquiera haber intentado hacer cambiar de idea a mis padres, porque con la siesta de verano no se jode y el sentirse seguro es fundamental para vulnerarse al sueño. Pero sí recuerdo que, mientras instalaban esa reja, yo no paraba de preguntarme qué tenía que pasar en el mundo (y en el Uruguay sobre todo) para que algún día, en la mesa familiar, definiéramos que aquella reja ya no era necesaria. Había tanto de camino sin retorno en esa definición en pos de la seguridad, que yo, adolescente, no podía entender con la naturaleza que se estaba tomando.

Más de 10 años después, en una línea de Twitter, me encuentro con un mensaje del Ministerio del Interior que, orgulloso, anuncia que la zona metropolitana pasará de tener  1.855 cámaras de videovigilancia a contar con 5.980 cámaras en apenas un año. Y otra vez, me pregunto si algún futuro nos espera en el que esas cámaras, por acuerdo ciudadano, ya no se sientan más como una necesidad. Lógicamente no. Las cámaras, como las rejas, llegaron para quedarse.

No voy a entrar en el tema de con qué autoridad se llenan las calles de cámaras, ni qué procesos administrativos (y tal vez legislativos) se deberían dar antes de que esto suceda. No voy a ahondar en las garantías legales, tecnológicas y operativas que tenemos como ciudadanos sobre el uso que se les dará a las cámaras. Es un tema interesante, por no decir terrorífico, pero no central en esta reflexión puntual.

En lo que me detengo hoy es en ese supuesto sentimiento de seguridad, que hace que la privacidad poco nos importe. Ya le dimos nuestra información a Facebook y a Google, a Antel y cualquier partido político que tenga las ganas y el dinero para comprar un software y (con suerte) contratar a algún que otro especialista en análisis de datos. ¿Qué importa si también se los damos al Ministerio del Interior y al resto del Estado? Al parecer, para nosotros, nuestros datos valen menos que lo que valen para cualquiera de los actores antes mencionados y muchos otros más.

Las vulnerabilidades a las que nos estamos exponiendo son imposibles de imaginar. Los beneficios que podemos obtener al ceder nuestra información tampoco parecen tener límites. En esa tensión en la que estamos, generalmente sin siquiera ser conscientes, entre nuestra vida personal y el disfrute de lo más cómodo, más fácil o más “seguro”, parece que la privacidad siempre pierde la partida.

Nuestros Me Gusta en Facebook, nuestras conversaciones de Whatsapp y nuestras fotos de Instagram son propiedad de una misma empresa que usa esa información para vendernos más y mejor. Google sabe mejor que cualquier persona que esté en nuestra vida, por dónde anduvimos hoy a cada instante. El Ministerio del Interior sabe cuando estoy en casa y cuando salgo de ella, Antel sabe con quién hablo. En mayor o menor medida todas estas organizaciones tienen algún tipo de regulación sobre el uso que pueden hacer de nuestros datos personales. Pero a nosotros, los ciudadanos/usuarios/consumidores no nos importa.

Es más, publicamos información sin ningún filtro en las redes sociales, llenamos formularios voluntariamente para ganarnos una licuadora sin siquiera preguntarnos para qué quieren nuestros datos y pedimos a gritos más cámaras que nos filmen paso a paso. Estamos dispuestos a todo con tal de llevar una vida más cómoda y no podemos ver ni imaginar, por un segundo, qué puede salir mal. 


Nuestra vida va siendo registrada mientras dormimos aquella siesta de verano y esta vez una reja no va a poder evitar que nada malo suceda.   

miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas.