lunes, 19 de diciembre de 2016

Si nos da la gana

foto de la diaria

Fue hace 9 años, en diciembre del 2007. Hace menos de un año que trabajaba en Radio Carve, con 22 años recién cumplidos, tratando de entender aquello que llamaban periodismo, impregnado por la magia de la radio en aquel sótano de la calle Mercedes. Se empezaba temprano, se hacía sonar teléfonos antes del amanecer, se sacaba fotocopias. Internet era aún un mundo con más promesas que posibilidades, Facebook apenas llegaba a Uruguay y Twitter ni existía.


Éramos un equipo grande, suma de nuevos y experimentados. Siempre teníamos dos o tres movileros. Yo trabajaba en la base, el sótano, no me entusiasmaba trillar las calles con aquellos grabadores que siempre presentaban algún problema técnico de imprevisto. Pero ese día de diciembre los movileros (pasaron tantos que no recuerdo quiénes estaban en aquel momento) estaban en otras tareas. Tal vez era lunes y tenían que estar en Consejo de Ministros, tal vez estaban cubriendo los restos de un espectacular choque en la rambla o perdidos en los pasillos del Parlamento. No lo recuerdo, imposible hacerlo. Sí recuerdo el encargo: “vas vos”. De fondo, la cara cómplice de una compañera de generación que ya se estaba convirtiendo en amiga de la vida.


Iban a meter al Goyo Álvarez preso, y había que cubrirlo. Estaba nublado, y allí salí yo por las calles del centro de Montevideo, para cazar con mi viejo teléfono celular aquel momento histórico que tenía gusto a suceso del año. Lo llevarían, decía el rumor siempre bien chequeado por la productora, desde una dependencia del Ejército directo a la Cárcel Central. Yo estaba nervioso, no tanto por la suerte de uno de los mayores hijos de puta de la historia reciente del Uruguay, sino porque era mi primer móvil, en vivo y el tema no era chiquito.


No era un adolescente. Transpiraba como uno, pero a quién le importa. Ya había hecho los deberes en mis años en el Zorrilla, leyendo sobre la triste historia del país, sabía quién era aquel hombre tan poco hombre, sabía bastante bien qué papel había jugado en toda la mierda de los años más oscuros. Era un asesino, además de un dictador. También había hecho los deberes del periodista. Sabía que no estaba allí para robarle unas palabras, ni siquiera para recoger las declaraciones de alguien más. Era sólo una crónica visual.Tenía que ser los ojos de la radio, de los espectadores, contarles lo más claramente lo que estaba sucediendo. Recuerdo que los nervios me hicieron usar la palabra barullo, debe haber sido la única vez en la vida que la usé. Fuera de eso todo salió bastante bien.


El viejo salió acompañado de otros militares, con las manos esposadas y escolta de policías. Había alguna persona gritando algo. También había otro grupo grande de periodistas que no me conocían, haciendo más o menos lo mismo que yo. Estaba esposado, y yo contento de poder contarle eso a la radio, porque sabía que del otro lado podrían estar mis viejos escuchandome. Después, por suerte, tuvimos varias tapas de la diaria y otros medios con fotos más reales del viejo malo con las esposas puestas.


Volví a la radio, recibí alguna felicitación, un viejo periodista de prensa me dijo aún no tenés idea de lo que acaba de pasar. Me escapé al rincón del sótano que me pertenecía, y esperé tranquilo a que se cargara el back up de lo emitido ese día, para buscar mi móvil, cortarlo, escucharlo y copiarlo en mi reproductor de mp3 para destrozarlo durante toda la tarde.

El Goyo estaba preso. Eso, en aquellos primeros años de gobierno del Frente Amplio, era lo más parecido a una victoria, a una justicia. Me tocaba arrancar una carrera contando de milicos presos, llevados ante la justicia. Era muy consciente de mi privilegio. Pero el tiempo fue pasando para todos. Para el periodismo, para el Frente Amplio, para los torturadores, para los sobrevivientes, para los que nunca les importó nada. Pasó la cárcel exclusiva para los mayores hijos de puta, pasó el silencio perpetuo, los jueces alejados de sus casos, pasó el país de cornudos y cornudas que le dijeron que no a la búsqueda de la verdad. Todo eso pasó mientras yo me convertía en el hombre que soy hoy y en el periodista que llevo dentro. El viejo se va a morir, hoy, ayer o mañana, va a dejar de respirar. Lo van a seguir muchos otros, lo vamos a seguir todos. Los desaparecidos van a seguir desaparecidos, la justicia va a seguir siendo injusta. En ese país estamos creciendo. La muerte no transforma, la transformación solo la hacemos los vivos, si nos da la gana.

martes, 1 de noviembre de 2016

El día de los muertos

En los últimos días acumulé una serie de titulares bien llamativos. Pedidos de renuncia al Ministro del Interior, balas en un estadio, vecinos caceroleando en barrios ricos y reclamando “más seguridad”, un joven asesinado por un policía en la puerta de un boliche, otra mujer asesinada por la violencia machista, cifras que van y vienen sobre la cantidad de delitos cometidos, como si fueran la mejor forma de medir el avance de la violencia entre nosotros.





El año pasado fue tranquilo en Durazno, un departamento calmo en el centro del país. Hubo un homicidio en todo el año, y como debe ser, revolucionó a la prensa local y a los vecinos de Las Higueras, uno de los barrios más pobres de la capital departamental. Al parecer, un joven de 19 años mató a otro con un cuchillo y marchó a la cárcel. Fuera de ese hecho de sangre, fue un año tranquilo el que pasó para Durazno. Bueno, eso si no contamos a los 10 muertos en accidentes de tránsito y a las 16 personas que decidieron dejar de vivir durante el 2015 en aquél lugar del país.
Igual, seguimos mirando a la violencia con cara de pobre, drogadicto, vago y asesino. No estamos entendiendo nada.

Este año saqué la libreta y empecé a manejar. No descubro nada si les digo que la gente al volante, en motos y en bicicletas está en general un poco mal de la cabeza. Algo más de 500 muertos en un año, incluidos los pibes de las picadas en Durazno y otros 200 jóvenes de todo el país.

Sumo: 17 mujeres muertas en lo que va del año, asesinadas por su novio, ex novio, marido, vecino. Muertas por ser mujeres nomás.

Sumo: 35 personas muertas en las cárceles en lo que va del año. Ponemos gente al cuidado del Estado con la intención de rehabilitarlas y dejamos que se maten ahí dentro, donde no las vemos.

Concluyo: Nos estamos matando. En todos los rincones del país. No importa si tu hijo nace en Artigas o en Montevideo, son más altas las probabilidades de que se pegue un tiro a sí mismo a que alguien más le dispare y lo mate. Tan feo como suena, la tristeza y la falta de cariño van mucho más por dentro que por fuera.

Podemos quedarnos en los síntomas: un disparo en un estadio, un tiro en la cabeza por intentar evitar una rapiña, más de 640 uruguayos cortándose las venas, ahorcándose o rematándose de un tiro sólo en un año porque no pueden ver el valor de sus propias vidas, cientos muriendo en las calles y en las rutas, detrás y delante de un volante.

Podemos también pensar, porqué nos está pasando esto. Pensar porqué no nos queremos tanto. Parece que nuestra vida no nos vale nada. Tenemos conversaciones por Whatsapp mientras manejamos, a veces, hasta con unas copas arriba o con los nenes en el asiento de atrás. Arriesgamos nuestra vida ante un demente para rescatar una cartera o unos pocos pesos. Tenemos (nosotros, el gobierno y el Estado) en la última de nuestras prioridades un poco de salud mental.

Entiendo la impotencia, pero esta vez salir con cacerolas a la calle no les va a solucionar nada queridos vecinos. La ansiedad, el miedo y la angustia eterna del que nunca puede consumir lo suficiente son tremendos motores para la violencia.


Los muertos me duelen todos, todos los días.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Otoño, invierno, invierno y otra vez primavera


A esta altura del año las cosas ya han perdido el orden, los proyectos han extraviado algunos objetivos en el camino, las fronteras se tornan borrosas y cualquiera podría arriesgar que la ciudad es un caos.

Tenemos a un hombre encerrado en el país que se está dejando morir. Tenemos a otros hombres encerrados tras las rejas que también se están quitando la vida a un ritmo aterrador. Mucho más aterrador que la última película de miedo. Tenemos ciclones que lo revuelven todo y hasta algún tornado en la mochila. Tenemos idas y vueltas en un parlamento que parece pasarse la pelota de la cámara alta a la baja y a la de televisión. Todo lo que parecía novedoso en marzo ya nos tiene podridos. Tenemos paros parciales y descontentos generales. Tenemos muchos dedos apuntando a los otros, nunca a nosotros mismos. Tenemos frío en los huesos y en la macroeconomía. Tenemos un Mercosur que da lástima y un vecino golpeador.  Seguimos teniendo locos en las calles, algunos duermen ahí y otros sólo están buscando pokemones. Tenemos la histeria vacía del que hace sin pensar. Estamos hartos de los plátanos volando y los termómetros siempre debajo de los 20 grados.

Pero la primavera está ahí. Salvo alguno de nosotros que tire la toalla en estas horas, el resto llegaremos al calor del sol una vez más, como náufragos que una vez al año llegan a tierra firme en una playa del este. A la vuelta de la esquina nos esperan los colores de la diversidad, de las fiestas de fin de año y luego del carnaval. Ya podemos guardarnos la amargura en el bolsillo hasta el año que viene. De un instante a otro podremos sacarnos los kilos de abrigo para salir a ganar la calle  mostrando la piel sin pudor, envalentonados por nuestra siempre discreta alegría.

Es hora de empezar a solucionar el caos que hemos generado durante los últimos meses mientras señalábamos con el dedo al gobierno, al sistema político y a todo lo que no sea nosotros mismos. Tenemos que empezar a juntar nuestra propia mierda y dejar de repartir bocinazos, insultos y críticas por las calles y las redes.


Tal vez guardar silencio sea una buena idea. Aprovechar la primera oportunidad que nos dé el sol para tirarnos bajo sus rayos, de manga corta, solos o bien acompañados. Relajarnos al máximo antes de confiarnos al piloto automático que nos llevará hasta el próximo marzo. Parece que, como dice una amiga, estamos mal barajados. Habrá que tirar el mazo bien al carajo y probar suerte con los dados.  Y sonreírnos mucho más.

domingo, 17 de julio de 2016

Los posibles Frentes Amplios

Lo que pase en estas elecciones determinará el futuro del Frente Amplio.


El mayor partido de izquierda del Uruguay y uno de los mayores ejemplos de formación política de izquierda del continente está, una vez más, ante una encrucijada. Mucho mayor es esta encrucijada que la simple elección entre uno u otro candidato.

El partido que concentra a un sinfín de fuerzas políticas en su interior está en el poder político desde hace más de 10 años y por primera vez surge con fuerza la pregunta: ¿es el Frente Amplio la herramienta de cambio para poder transformar la sociedad?

Históricamente un partido que ha sabido unir a actores de diferentes clases sociales bajo su bandera, que ha acercado a personas de contextos muy disímiles, y que sobre todo ha tenido su base y su mayor fundamento en ser una herramienta política que representa a las organizaciones sociales, a los trabajadores, a los menos favorecidos por un sistema al que siempre parecía querer cambiar, pero que ya no parece que se animará a hacerlo.

La fuerza política ha sufrido su estancia en el poder político. Agotó a sus líderes (nada podemos esperar de Vázquez, Astori o Mujica de cara al 2019) que han hecho su trabajo sin permitir o impulsar el surgimiento de nuevos líderes en generaciones menores. El partido se ha convertido en un administrador de gobierno, muchas veces sin ideas, muchas veces sin oídos para escuchar las ideas que las organizaciones sociales le gritaban en la cara.

Hoy las opciones son cuatro, que más bien son tres, porque la candidatura de José Bayardi carece de sentido a mi entender.

Por un lado hay un montón de militantes que hace décadas vienen construyendo el Frente Amplio y que han envejecido junto con él. Generalmente hay desilusión en ellos. Son los más alejados a las iniciativas tibias o contradictorias que los sucesivos gobiernos del Frente Amplio han desarrollado. Querían cambiar el mundo. Ese grupo de militantes tiene su expresión política en la figura de Roberto Conde y tiene las mismas ideas casi intactas que levantó en 1971 o 1985. También la misma forma de hacer política en un mundo que no se parece mucho a aquel.

Por otro lado, hay un candidato que es básicamente la expresión del Poder Ejecutivo. Es la opción de un presidente del FA que no incomode nunca a la Torre Ejecutiva y mucho menos al Ministerio de Economía. Es la continuidad de Mónica Xavier. Lo light por lo light. Javier Miranda usa el mismo jingle, la misma imagen y hasta el mismo hashtag que usaron Tabaré Vázquez y el Frente Liber Seregni menos de dos años atrás. Un Frente Amplio con “un espacio para las mujeres” y un “espacio para los jóvenes” pero sin mujeres y sin jóvenes sobre todo, haciendo cosas importantes. Es al final, un Frente Amplio que se maquilla lindo, se pone perfume rico, pero cierra bien los ojos y se tapa bien los oídos.

Está el camino del Frente Amplio del pasado, está el camino del Frente Amplio de hoy y está el camino del Frente Amplio del futuro. Alejandro Sánchez fue propuesto para la presidencia de la fuerza política por un grupo de personas de diferentes sectores, independientes, académicos, artistas y líderes sindicales que tienen una lectura parecida a la que expreso más arriba sobre la situación actual del FA. Creen que, a pesar del enojo, la desilusión y el conformismo, estas elecciones son claves para el futuro del Frente Amplio. Creen que en no mucho tiempo vamos a mirar para atrás y vamos a darnos cuenta que estas elecciones, pase lo que pase en ellas, fueron claves para el proyecto político de izquierda.

“Lo que pase en estas elecciones determinará el futuro del Frente Amplio”. No se me ocurrió a mí esta frase. La dijo Luis Gallo, ex senador por Asamblea Uruguay, en el lanzamiento de la campaña de Alejandro Sánchez, candidato que él cree “da las garantías de que el Frente Amplio va a tener una conducción transformadora”. Porque comparto en gran parte lo que piensa Gallo y lo que piensan las mujeres y hombres que firmaron esa carta impulsando la candidatura de Sánchez es que la apoyo desde mi humilde lugar. Un presidente del Frente Amplio de 36 años que habla de transparencia, paridad de género, y una fuerza política adaptada al siglo XXI sin perder el norte de la transformación social para mí no es poca cosa.

¿Es el Frente Amplio la herramienta de cambio para poder transformar la sociedad? Si queremos que lo sea, puede ser que éste sea nuestro último tren.