miércoles, 12 de julio de 2017

Mientras dormías la siesta



Hacía calor y se prestaba para la siesta de febrero. No lo olvido más, porque fue uno de los sustos más grandes de mi vida. Justo en ese momento extraño entre el mundo de los despiertos y el mundo de los sueños, en ese segundo nunca determinable en el que uno levanta la última barrera que lo mantiene despierto, a través de la cortina de la ventana de mi cuarto, justo encima de la cama en la que me disponía a babear la siesta de verano, aparece el rostro de un intruso. Sucio, alerta, silencioso. Pego un salto y un par de gritos abandonando en un segundo el tren de los sueños en el que me dirigía a disfrutar de la siesta y el ladrón, hábil trepador de muros y azoteas, retrocede y desaparece por los techos del centro de la manzana.

La solución, absoluta y fuera de discusiones en la discutida mesa familiar, fue instalar una reja en aquella ventana. No recuerdo ni siquiera haber intentado hacer cambiar de idea a mis padres, porque con la siesta de verano no se jode y el sentirse seguro es fundamental para vulnerarse al sueño. Pero sí recuerdo que, mientras instalaban esa reja, yo no paraba de preguntarme qué tenía que pasar en el mundo (y en el Uruguay sobre todo) para que algún día, en la mesa familiar, definiéramos que aquella reja ya no era necesaria. Había tanto de camino sin retorno en esa definición en pos de la seguridad, que yo, adolescente, no podía entender con la naturaleza que se estaba tomando.

Más de 10 años después, en una línea de Twitter, me encuentro con un mensaje del Ministerio del Interior que, orgulloso, anuncia que la zona metropolitana pasará de tener  1.855 cámaras de videovigilancia a contar con 5.980 cámaras en apenas un año. Y otra vez, me pregunto si algún futuro nos espera en el que esas cámaras, por acuerdo ciudadano, ya no se sientan más como una necesidad. Lógicamente no. Las cámaras, como las rejas, llegaron para quedarse.

No voy a entrar en el tema de con qué autoridad se llenan las calles de cámaras, ni qué procesos administrativos (y tal vez legislativos) se deberían dar antes de que esto suceda. No voy a ahondar en las garantías legales, tecnológicas y operativas que tenemos como ciudadanos sobre el uso que se les dará a las cámaras. Es un tema interesante, por no decir terrorífico, pero no central en esta reflexión puntual.

En lo que me detengo hoy es en ese supuesto sentimiento de seguridad, que hace que la privacidad poco nos importe. Ya le dimos nuestra información a Facebook y a Google, a Antel y cualquier partido político que tenga las ganas y el dinero para comprar un software y (con suerte) contratar a algún que otro especialista en análisis de datos. ¿Qué importa si también se los damos al Ministerio del Interior y al resto del Estado? Al parecer, para nosotros, nuestros datos valen menos que lo que valen para cualquiera de los actores antes mencionados y muchos otros más.

Las vulnerabilidades a las que nos estamos exponiendo son imposibles de imaginar. Los beneficios que podemos obtener al ceder nuestra información tampoco parecen tener límites. En esa tensión en la que estamos, generalmente sin siquiera ser conscientes, entre nuestra vida personal y el disfrute de lo más cómodo, más fácil o más “seguro”, parece que la privacidad siempre pierde la partida.

Nuestros Me Gusta en Facebook, nuestras conversaciones de Whatsapp y nuestras fotos de Instagram son propiedad de una misma empresa que usa esa información para vendernos más y mejor. Google sabe mejor que cualquier persona que esté en nuestra vida, por dónde anduvimos hoy a cada instante. El Ministerio del Interior sabe cuando estoy en casa y cuando salgo de ella, Antel sabe con quién hablo. En mayor o menor medida todas estas organizaciones tienen algún tipo de regulación sobre el uso que pueden hacer de nuestros datos personales. Pero a nosotros, los ciudadanos/usuarios/consumidores no nos importa.

Es más, publicamos información sin ningún filtro en las redes sociales, llenamos formularios voluntariamente para ganarnos una licuadora sin siquiera preguntarnos para qué quieren nuestros datos y pedimos a gritos más cámaras que nos filmen paso a paso. Estamos dispuestos a todo con tal de llevar una vida más cómoda y no podemos ver ni imaginar, por un segundo, qué puede salir mal. 


Nuestra vida va siendo registrada mientras dormimos aquella siesta de verano y esta vez una reja no va a poder evitar que nada malo suceda.   

miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas. 

jueves, 13 de abril de 2017

Qué nos está pasando

En los últimos años, los gobiernos progresistas de la región están dando serias señales de agotamiento. 








La corrupción tomó a los gobiernos de Brasil, Argentina y Venezuela casi tanto como había tomado a los gobiernos neoliberales de los 90. Además, se ha avanzado en muchos casos hacia una desconexión con movimientos sociales y en algunos casos se ha dado lugar a acciones por demás autoritaritas (represión a movimientos campesinos, poblaciones indígenas, o barrios pobres).

Para ser más claros: no se puede defender la falta de seriedad institucional del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Tampoco poner las manos en el fuego por Cristina Fernández y sus negocios turísticos e inmobiliarios en el sur de Argentina. Defender la inexistencia de corrupción en las cúpulas del Partido de los Trabajadores en Brasil es un despropósito. Podemos decir claramente que las declaraciones sobre la homosexualidad y las hormonas en los pollos de Evo Morales son de una ignorancia inimaginable para un jefe de Estado del siglo XXI. Y podemos condenar la represión de poblaciones indígenas por parte de las fuerzas del orden del gobierno de Rafael Correa en Ecuador.

¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?
Esa parece ser hoy la mayor interrogante.

Estados Unidos está desplegando una política exterior intervencionista desde hace años que busca recuperar el peso perdido después del NO al ALCA, con la OEA como principal espacio multilateral de acción y el avance (muchas veces a prepo) de gobiernos neoliberales alienados con los principales grupos de poder locales.

Tener dudas de esto es como dudar que la institucionalidad venezolana esté dañada. De nada vale apuntar sólo para un lado.

Que Washington haya alentado los golpes blandos que voltearon gobiernos en Brasil, Paraguay y Honduras y que lo intentaron en Ecuador, Bolivia y Venezuela no debe ser sorpresa para nadie. Son las reglas de un juego que a veces el progresismo latinoamericano parece ni siquiera saber que está jugando. En el subcontinente, los hijos de los que siempre fueron ricos, están volviendo al poder (al poder político, porque el económico nunca lo perdieron del todo, no seamos ingenuos).

Vuelvo una vez más a la pregunta que debe estar desvelando a cualquier pensador de izquierda. ¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?

Lo primero debería ser disputar la construcción del relato y dejar de subestimarla.

Nos importa más saber las alternativas de juicios armados contra Cristina Fernández que las cifras de desempleo, costo de vida y pobreza que revientan en Argentina.

Nos interesa Venezuela, pero no nos interesa Paraguay o México, democracias mucho más dañadas y vulneradas.



No le damos relevancia a que la derecha ecuatoriana no reconozca al gobierno electo por voluntad popular legítimamente, tampoco le dimos relevancia al hecho de que el diputado que orquestó el juicio político contra Dilma está hoy preso por corrupción, ni que Temer corra riesgo de ser enjuiciado mientras le hace los mandados a Estados Unidos. No nos interesa lo que sucedió en Curuguaty ni los paramilitares fascistas de Álvaro Uribe en Colombia. No hablamos de la lista interminable de intentonas golpistas de la oposición venezolana, ni las acciones empresariales directamente montadas para generar desabastecimiento, descontento y finalmente desestabilización y mucho menos de la compra de votos por parte de los diputados electos en el Estado de Amazonas. No nos preguntamos dónde están las miles de personas que salieron a las calles en Brasil para reclamar supuestamente por el fin de la corrupción (gracias Globo) o en Argentina para reclamar por el fin de la grieta (gracias Clarín).

La agenda de la derecha, dueña de los viejos medios de comunicación y alineada con Washington  nos obliga entonces a hablar del crecimiento sostenido de la economía paraguaya, de lo que dice un personaje tan desacreditado como Luis Almagro, del palabrerío cruzado entre Maduro y Vázquez, de la mesa de Mirtha Legrand con Macri y su hermosa esposa llena de slogans. 

Pero la construcción de un nuevo relato no basta. Hay que tener siempre muy presente que el kirchnerismo nació con Néstor y Cristina, Alianza PAIS con Correa, el chavismo con Chávez, el PT nunca tuvo peso hasta Lula y el MAS no existía antes de Evo Morales. Los caciques no alcanzan. Hay que hacer partido, hay que hacer fuerza política y sobre todo, hay que hacer conciencia.  En esto, los sectores sociales, que en mayor o menor medida se han visto favorecidos durante lo que va de este siglo, tienen mucho por hacer. Hacer para evitar grandes retrocesos en los terrenos ganados (que rápidamente ya se están perdiendo) y fundamentalmente para construir nuevas formas de democracia que realmente los representen. 

viernes, 3 de marzo de 2017

Ella



El feminismo, y en particular la lucha por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, es tal vez una de las mayores luchas que podamos llevar a cabo contra el sistema capitalista.

No recuerdo otro momento en el que la shitstorm sobre la violencia hacia las mujeres se haya sostenido durante tanto tiempo en las redes sociales. Tal vez esta relevancia la da el terrible número de víctimas que murieron en tan poco tiempo que va del 2017, tal vez sea el trabajo de hormiga que vienen impulsando distintos colectivos feministas en el país y en la región, tal vez sean los comentarios desafortunados de varias figuras públicas o tal vez sea la influencia eterna argentina. 

Probablemente sean todas esas cosas juntas y más. Lo que importa es que no pasa un día en que no abrimos el Facebook o prendemos la tele y alguien está hablando sobre violencia de género, derechos de la mujer o algún tema relacionado directamente con la lucha feminista.

En Uruguay tendemos a pedirle al Estado la solución. Esta vez, como las otras veces (diversidad sexual, aborto, marihuana, educación) el Estado no tiene la solución. No al menos la solución total. No la tiene el Estado y mucho menos la clase política o el sistema judicial, tan imperfectos como la sociedad a la que representan y para la que supuestamente trabajan.

Combatir la desigualdad histórica entre el hombre y la mujer, o mejor dicho, la explotación de la mujer por el hombre, es luchar contra el capitalismo de frente y sin excusas. De otra forma, no creo que sea una verdadera lucha. Podemos (y seguramente debamos hacerlo) manifestarnos en la calle una y otra vez reclamando conciencia, decisiones y compromisos hasta que una fuerza política con cierta sensibilidad de izquierda como el Frente Amplio tome acciones, pero tenemos que entender que esas acciones no son el fin de nada y seguramente sean rengas.

Podemos luchar hasta que el MIDES nos dedique un mes entero de su comunicación, se nos asigne un color o varios y se nos promueva a hablar del problema al menos una vez al año, o podemos ir por más y buscar hacerle una zancadilla al sistema igualando a las mujeres con los hombres no sólo en el papel, sino en los hechos y sobre todo en nuestras cabezas.

¿Cómo? Me encantaría tener la respuesta. Puedo adivinar que necesitamos esforzarnos mucho más, auto educarnos y educar a los otros con nuevos mensajes en forma y en contenido, dejar de explotarnos a nosotros mismos y comenzar a trabajar en las micro violencias que terminan llevándonos a partir una maceta en la cabeza de la mujer que alguna vez creímos amar.

La lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer es una lucha contra el sistema, o no es.  De nada nos sirve, como colectivo, que el hombre que mató a su mujer vaya preso más años en una cárcel de este país. Lo único que podemos hacer para honrar la muerte de esa mujer es llevar adelante una lucha contra el sistema que generó a ese hombre asesino, un sistema que, paradoja, no paramos de alimentar día a día.