miércoles, 14 de junio de 2017

Vieja Europa


No es fácil decir cuándo comenzó todo. Mucho menos fácil es decir cuándo nos empezamos a acostumbrar. Cuando trabajaba como columnista de noticias internacionales, hace como 10 años, más de una vez me detenía a pensar por qué importaba más una vida europea que una africana, del Medio Oriente o de China, cómo los muertos en una catástrofe natural en Filipinas tenían que ser más de 10 veces más que los muertos en un terremoto en Italia para llegar a las noticias.

Por aquel entonces, las cifras de muertes en atentados en Afganistán e Irak llegaban en cables de agencias internacionales como quien cuenta estrellas en el cielo o baldosas en la vereda, sin importarte nunca cuántos son en realidad, cuando empiezan o cuando terminan.

El mismo efecto de los muertos de hambre en el África de los 90´, de los muertos por catástrofes en el lejano oriente, por las bombas en el Medio Oriente o los ahogados en el Mediterráneo, es el efecto que comienzan a tener ahora los muertos en atentados en Europa.

Nunca pensé que esto iba a llegar a Europa, la cuna de la civilización occidental, en parte siempre responsable por el hambre en África, el cambio climático, las bombas en Medio Oriente y las muertes en el Mediterráneo. Pero a eso hemos llegado.

Las muertes en Charlie Hebdo ya parecen lejanas y sólo una perla en un collar que va desde Berlín a Londres pasando por Bruselas y la capital francesa. Nos vamos acostumbrando de a poco a que las muertes y los atentados terroristas nos golpeen en la seguridad del mundo desarrollado y en el corazón del turismo.

No son los desesperados que intentan salvar su vida arriesgándose en una balsa en el Mediterráneo los culpables de esto. Son europeos, en su amplia mayoría, nacidos en Europa, los que toman los cuchillos y las camionetas y salen a matar a cuantos puedan. Hijos y nietos de inmigrantes que nunca se sintieron como en casa, las más terribles evidencias de una civilización no tan civilizada como aparenta.

La tensión a la que se somete Europa no es puramente económica, como lo fue a partir del 2008, sino sobre todo política. Las principales naciones del viejo continente están dirigidas por partidos de centro derecha: Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia. Pero a pesar del Brexit y de la xenofobia, de una manera u otra el sistema político ha logrado hasta el momento contener a las fuerzas de ultraderecha que podrían llevar al viejo continente a tomarse de la mano con la histeria de Trump y volar el mundo en mil pedazos (en sentido figurado o literal, a gusto del lector).

No me caracterizo por el optimismo. No creo que Europa, supuestamente el rincón del mundo más civilizado y culto, esté a la altura de las circunstancias. Pero existen señales levemente positivas para el que las quiera ver: está Podemos instalado como principal fuerza de oposición en España, está Jean-Luc Mélenchon con una quinta parte de los votos franceses, está el fracaso en las elecciones de Theresa May en Inglaterra, está SYRIZA en Grecia y la izquierda unida sacando adelante a Portugal. ¿Es suficiente? No, no lo es. Y cuando el miedo campea, las decisiones nunca suelen ser acertadas. 

jueves, 13 de abril de 2017

Qué nos está pasando

En los últimos años, los gobiernos progresistas de la región están dando serias señales de agotamiento. 








La corrupción tomó a los gobiernos de Brasil, Argentina y Venezuela casi tanto como había tomado a los gobiernos neoliberales de los 90. Además, se ha avanzado en muchos casos hacia una desconexión con movimientos sociales y en algunos casos se ha dado lugar a acciones por demás autoritaritas (represión a movimientos campesinos, poblaciones indígenas, o barrios pobres).

Para ser más claros: no se puede defender la falta de seriedad institucional del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Tampoco poner las manos en el fuego por Cristina Fernández y sus negocios turísticos e inmobiliarios en el sur de Argentina. Defender la inexistencia de corrupción en las cúpulas del Partido de los Trabajadores en Brasil es un despropósito. Podemos decir claramente que las declaraciones sobre la homosexualidad y las hormonas en los pollos de Evo Morales son de una ignorancia inimaginable para un jefe de Estado del siglo XXI. Y podemos condenar la represión de poblaciones indígenas por parte de las fuerzas del orden del gobierno de Rafael Correa en Ecuador.

¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?
Esa parece ser hoy la mayor interrogante.

Estados Unidos está desplegando una política exterior intervencionista desde hace años que busca recuperar el peso perdido después del NO al ALCA, con la OEA como principal espacio multilateral de acción y el avance (muchas veces a prepo) de gobiernos neoliberales alienados con los principales grupos de poder locales.

Tener dudas de esto es como dudar que la institucionalidad venezolana esté dañada. De nada vale apuntar sólo para un lado.

Que Washington haya alentado los golpes blandos que voltearon gobiernos en Brasil, Paraguay y Honduras y que lo intentaron en Ecuador, Bolivia y Venezuela no debe ser sorpresa para nadie. Son las reglas de un juego que a veces el progresismo latinoamericano parece ni siquiera saber que está jugando. En el subcontinente, los hijos de los que siempre fueron ricos, están volviendo al poder (al poder político, porque el económico nunca lo perdieron del todo, no seamos ingenuos).

Vuelvo una vez más a la pregunta que debe estar desvelando a cualquier pensador de izquierda. ¿Dónde pararse para no justificar lo éticamente no justificable y al mismo tiempo no hacerle el juego a las derechas que sólo traen más pobreza, exclusión y destrucción del ambiente?

Lo primero debería ser disputar la construcción del relato y dejar de subestimarla.

Nos importa más saber las alternativas de juicios armados contra Cristina Fernández que las cifras de desempleo, costo de vida y pobreza que revientan en Argentina.

Nos interesa Venezuela, pero no nos interesa Paraguay o México, democracias mucho más dañadas y vulneradas.



No le damos relevancia a que la derecha ecuatoriana no reconozca al gobierno electo por voluntad popular legítimamente, tampoco le dimos relevancia al hecho de que el diputado que orquestó el juicio político contra Dilma está hoy preso por corrupción, ni que Temer corra riesgo de ser enjuiciado mientras le hace los mandados a Estados Unidos. No nos interesa lo que sucedió en Curuguaty ni los paramilitares fascistas de Álvaro Uribe en Colombia. No hablamos de la lista interminable de intentonas golpistas de la oposición venezolana, ni las acciones empresariales directamente montadas para generar desabastecimiento, descontento y finalmente desestabilización y mucho menos de la compra de votos por parte de los diputados electos en el Estado de Amazonas. No nos preguntamos dónde están las miles de personas que salieron a las calles en Brasil para reclamar supuestamente por el fin de la corrupción (gracias Globo) o en Argentina para reclamar por el fin de la grieta (gracias Clarín).

La agenda de la derecha, dueña de los viejos medios de comunicación y alineada con Washington  nos obliga entonces a hablar del crecimiento sostenido de la economía paraguaya, de lo que dice un personaje tan desacreditado como Luis Almagro, del palabrerío cruzado entre Maduro y Vázquez, de la mesa de Mirtha Legrand con Macri y su hermosa esposa llena de slogans. 

Pero la construcción de un nuevo relato no basta. Hay que tener siempre muy presente que el kirchnerismo nació con Néstor y Cristina, Alianza PAIS con Correa, el chavismo con Chávez, el PT nunca tuvo peso hasta Lula y el MAS no existía antes de Evo Morales. Los caciques no alcanzan. Hay que hacer partido, hay que hacer fuerza política y sobre todo, hay que hacer conciencia.  En esto, los sectores sociales, que en mayor o menor medida se han visto favorecidos durante lo que va de este siglo, tienen mucho por hacer. Hacer para evitar grandes retrocesos en los terrenos ganados (que rápidamente ya se están perdiendo) y fundamentalmente para construir nuevas formas de democracia que realmente los representen. 

viernes, 3 de marzo de 2017

Ella



El feminismo, y en particular la lucha por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, es tal vez una de las mayores luchas que podamos llevar a cabo contra el sistema capitalista.

No recuerdo otro momento en el que la shitstorm sobre la violencia hacia las mujeres se haya sostenido durante tanto tiempo en las redes sociales. Tal vez esta relevancia la da el terrible número de víctimas que murieron en tan poco tiempo que va del 2017, tal vez sea el trabajo de hormiga que vienen impulsando distintos colectivos feministas en el país y en la región, tal vez sean los comentarios desafortunados de varias figuras públicas o tal vez sea la influencia eterna argentina. 

Probablemente sean todas esas cosas juntas y más. Lo que importa es que no pasa un día en que no abrimos el Facebook o prendemos la tele y alguien está hablando sobre violencia de género, derechos de la mujer o algún tema relacionado directamente con la lucha feminista.

En Uruguay tendemos a pedirle al Estado la solución. Esta vez, como las otras veces (diversidad sexual, aborto, marihuana, educación) el Estado no tiene la solución. No al menos la solución total. No la tiene el Estado y mucho menos la clase política o el sistema judicial, tan imperfectos como la sociedad a la que representan y para la que supuestamente trabajan.

Combatir la desigualdad histórica entre el hombre y la mujer, o mejor dicho, la explotación de la mujer por el hombre, es luchar contra el capitalismo de frente y sin excusas. De otra forma, no creo que sea una verdadera lucha. Podemos (y seguramente debamos hacerlo) manifestarnos en la calle una y otra vez reclamando conciencia, decisiones y compromisos hasta que una fuerza política con cierta sensibilidad de izquierda como el Frente Amplio tome acciones, pero tenemos que entender que esas acciones no son el fin de nada y seguramente sean rengas.

Podemos luchar hasta que el MIDES nos dedique un mes entero de su comunicación, se nos asigne un color o varios y se nos promueva a hablar del problema al menos una vez al año, o podemos ir por más y buscar hacerle una zancadilla al sistema igualando a las mujeres con los hombres no sólo en el papel, sino en los hechos y sobre todo en nuestras cabezas.

¿Cómo? Me encantaría tener la respuesta. Puedo adivinar que necesitamos esforzarnos mucho más, auto educarnos y educar a los otros con nuevos mensajes en forma y en contenido, dejar de explotarnos a nosotros mismos y comenzar a trabajar en las micro violencias que terminan llevándonos a partir una maceta en la cabeza de la mujer que alguna vez creímos amar.

La lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer es una lucha contra el sistema, o no es.  De nada nos sirve, como colectivo, que el hombre que mató a su mujer vaya preso más años en una cárcel de este país. Lo único que podemos hacer para honrar la muerte de esa mujer es llevar adelante una lucha contra el sistema que generó a ese hombre asesino, un sistema que, paradoja, no paramos de alimentar día a día.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Si nos da la gana

foto de la diaria

Fue hace 9 años, en diciembre del 2007. Hace menos de un año que trabajaba en Radio Carve, con 22 años recién cumplidos, tratando de entender aquello que llamaban periodismo, impregnado por la magia de la radio en aquel sótano de la calle Mercedes. Se empezaba temprano, se hacía sonar teléfonos antes del amanecer, se sacaba fotocopias. Internet era aún un mundo con más promesas que posibilidades, Facebook apenas llegaba a Uruguay y Twitter ni existía.


Éramos un equipo grande, suma de nuevos y experimentados. Siempre teníamos dos o tres movileros. Yo trabajaba en la base, el sótano, no me entusiasmaba trillar las calles con aquellos grabadores que siempre presentaban algún problema técnico de imprevisto. Pero ese día de diciembre los movileros (pasaron tantos que no recuerdo quiénes estaban en aquel momento) estaban en otras tareas. Tal vez era lunes y tenían que estar en Consejo de Ministros, tal vez estaban cubriendo los restos de un espectacular choque en la rambla o perdidos en los pasillos del Parlamento. No lo recuerdo, imposible hacerlo. Sí recuerdo el encargo: “vas vos”. De fondo, la cara cómplice de una compañera de generación que ya se estaba convirtiendo en amiga de la vida.


Iban a meter al Goyo Álvarez preso, y había que cubrirlo. Estaba nublado, y allí salí yo por las calles del centro de Montevideo, para cazar con mi viejo teléfono celular aquel momento histórico que tenía gusto a suceso del año. Lo llevarían, decía el rumor siempre bien chequeado por la productora, desde una dependencia del Ejército directo a la Cárcel Central. Yo estaba nervioso, no tanto por la suerte de uno de los mayores hijos de puta de la historia reciente del Uruguay, sino porque era mi primer móvil, en vivo y el tema no era chiquito.


No era un adolescente. Transpiraba como uno, pero a quién le importa. Ya había hecho los deberes en mis años en el Zorrilla, leyendo sobre la triste historia del país, sabía quién era aquel hombre tan poco hombre, sabía bastante bien qué papel había jugado en toda la mierda de los años más oscuros. Era un asesino, además de un dictador. También había hecho los deberes del periodista. Sabía que no estaba allí para robarle unas palabras, ni siquiera para recoger las declaraciones de alguien más. Era sólo una crónica visual.Tenía que ser los ojos de la radio, de los espectadores, contarles lo más claramente lo que estaba sucediendo. Recuerdo que los nervios me hicieron usar la palabra barullo, debe haber sido la única vez en la vida que la usé. Fuera de eso todo salió bastante bien.


El viejo salió acompañado de otros militares, con las manos esposadas y escolta de policías. Había alguna persona gritando algo. También había otro grupo grande de periodistas que no me conocían, haciendo más o menos lo mismo que yo. Estaba esposado, y yo contento de poder contarle eso a la radio, porque sabía que del otro lado podrían estar mis viejos escuchandome. Después, por suerte, tuvimos varias tapas de la diaria y otros medios con fotos más reales del viejo malo con las esposas puestas.


Volví a la radio, recibí alguna felicitación, un viejo periodista de prensa me dijo aún no tenés idea de lo que acaba de pasar. Me escapé al rincón del sótano que me pertenecía, y esperé tranquilo a que se cargara el back up de lo emitido ese día, para buscar mi móvil, cortarlo, escucharlo y copiarlo en mi reproductor de mp3 para destrozarlo durante toda la tarde.

El Goyo estaba preso. Eso, en aquellos primeros años de gobierno del Frente Amplio, era lo más parecido a una victoria, a una justicia. Me tocaba arrancar una carrera contando de milicos presos, llevados ante la justicia. Era muy consciente de mi privilegio. Pero el tiempo fue pasando para todos. Para el periodismo, para el Frente Amplio, para los torturadores, para los sobrevivientes, para los que nunca les importó nada. Pasó la cárcel exclusiva para los mayores hijos de puta, pasó el silencio perpetuo, los jueces alejados de sus casos, pasó el país de cornudos y cornudas que le dijeron que no a la búsqueda de la verdad. Todo eso pasó mientras yo me convertía en el hombre que soy hoy y en el periodista que llevo dentro. El viejo se va a morir, hoy, ayer o mañana, va a dejar de respirar. Lo van a seguir muchos otros, lo vamos a seguir todos. Los desaparecidos van a seguir desaparecidos, la justicia va a seguir siendo injusta. En ese país estamos creciendo. La muerte no transforma, la transformación solo la hacemos los vivos, si nos da la gana.